¿QUÉ ES ESO DE LA IDENTIDAD MASCULINA?

AUTOR: José Angel Lozoya Gómez

La identidad, entendida como un modo personal de identificarnos y diferenciarnos de los y las demás, es un concepto teórico que puede ayudar a conocernos, pero cuando hablamos de identidad masculina nos estamos refiriendo inevitablemente al concepto de identidad de genero, es decir, a las características adjudicadas a la masculinidad, en un momento histórico, o geográfico, y en un contexto cultural y social determinado.

Lo masculino no es ninguna esencia, el hombre nace y el varón se hace. Las características que solemos identificar como masculinas no son innatas, sino consecuencia de un proceso de socialización que pretende relaciones de dominación entre los sexos. La identidad o mejor dicho, la condición masculina es por tanto un producto social, un resultado que podemos modificar en uso de nuestra libertad, si deseamos una sociedad en la que ningún sexo oprima al otro.

Las diferencias biológicas entre la mujer y el hombre son naturales y no modificables, y aunque no las conozcamos en toda su extensión, porque serian necesarias unas condiciones de libertad inexistentes para que pudieran expresarse, los trabajos de John Money y Anke Ehrhardt demostraron que del mismo sustrato biológico, se pueden producir diferencias muy marcadas en lo qué respecta a la masculinidad y la feminidad, a partir de etiquetar a un niño como chico o chica y educarlo en consecuencia. Al menos desde entonces parece haber consenso en que las diferencias observables entre mujeres y hombres se deben fundamentalmente a la socialización, que es la encargada de fomentar o reprimir las actitudes e intereses que se considera adecuados a cada sexo.

No conozco ningún defecto o virtud, de comportamiento o carácter, que lo sea sólo en un sexo. Tampoco sé de ninguna corriente de pensamiento, que al defender la existencia de diferencias no resalte estas y minimice las semejanzas, y como consecuencia vea la necesidad de educar de forma diferente a niñas y niños, enfrentándonos a la tendencia de las dicotomías a la jerarquización, es decir, al peligro de reproducir relaciones de poder entre los sexos.

COMO SE CONSTRUYE LA SUBJETIVIDAD DEL GENERO MASCULINO.(Apuntes inconclusos).

Los hombres son una parte de la humanidad pero han venido presentándose como modelo de toda ella, evitando de esta forma la necesidad de que ellos o su poder se vean cuestionados. Esta situación explica porqué para muchos, ser hombre sea ser importante, y para todos suponga privilegios, aunque estar a la altura de las circunstancias conlleve unos costes personales y sociales tan grandes que obliguen a cuestionar si merecen la pena.
La importancia del sexo desde antes del nacimiento es patente en muchas culturas (china, India,…) y en los deseos de no pocos padres y madres. Cuando se interroga a alguien sobre si prefiere niño o niña, además, se le está preguntando implícitamente, por la disposición a asumir las diferencias que implica convivir con y criar a una u otra persona: cosas que habrá que reforzar, problemas que habrá que prevenir, etc.

En cuanto nacemos, o la ecografía permite conocer el sexo del feto, la familia empieza a hacer proyectos y dar pasos que tengan en cuenta esta circunstancia, que determina el nombre y condiciona casi todo lo que tenga que ver con él: la ropa, los colores, los juguetes, etc.

Desde que nace se trata de fomentarle unos comportamientos y reprimirle otros, al tiempo que se le transmiten ciertas convicciones de lo que significa ser varón. Esto es así incluso en el caso de los hijos de madres feministas y padres por la igualdad, porque el propósito de educar un niño no sexista, obliga a reforzar valores poco frecuentes entre sus iguales e inculcar una actitud critica frente a las manifestaciones más censurables del modelo masculino tradicional, que inevitablemente le llegaran en forma de exigencias a través de múltiples canales: la familia, la escuela, la televisión, sus iguales, etc.

El proceso de construcción de la subjetividad masculinidad se prolonga a lo largo de toda la vida (no termina nunca,) e intenta reducir las diferencias potenciales entre los hombres para ajustarlos a un modelo preexistente, que trata de aumentar las diferencias que podrían tener con las mujeres, a las que se unifica en torno a otro modelo. Aunque no se consigue evitar diferencias entre los hombres, ni el parecido de muchos a bastantes mujeres, la sociedad actúa como si lo hubiese conseguido.

El problema no reside en decirle a un niño que es biológicamente diferente de una niña, el conflicto radica en como hacerle ver, a pesar de lo que escucha y observa, que no tienen porque ser socialmente desiguales, ni son justas la cantidad de implicaciones que los roles tienen en el plano de los derechos y las obligaciones.

Se percibe que ser hombre es SER IMPORTANTE, porque al menos se es ante la pareja y la descendencia. Pero sobre todo llama la atención que «todos» tengamos sensación de transcendencia, como si estuviéramos en este mundo para cumplir una misión, no se sabe cual, que depende de nosotros y para la que debemos preservar el grado de autonomía necesario, sensación que contribuye a reforzar el temor a perdernos en la relación de pareja.

El AISLAMIENTO es otra de las claves de la educación masculina. Es una característica típica del poder y por tanto de los grupos que lo ejercen, que dicen sentirse incomprendidos y poco considerados para evitar atender a las criticas e intentar conservar el poder. Pero en el caso de los hombres, este recurso tiene como contrapartida hacer mas dolorosa cualquier angustia por el hecho de no poder compartirla. Todos -y todas- sabemos lo que alivia, el solo hecho de contar un problema. Pero es frecuente en los hombres, la sensación de no poder o no saber compartir: «los problemas gordos me los trago solo».

Educados para COMPETIR y triunfar se les presenta la confianza como peligrosa, (somos esclavos de lo qué decimos y dueños de lo que callamos). No es recomendable comentar las propias dudas sobre algo que pensamos hacer o defender a nuestros rivales (en el trabajo, la política,…) por que lo pueden usar para vencernos.
El VALOR se nos supone al tiempo que se nos exige reiteradamente demostrarlo.

Hay quien dice que ocultamos los SENTIMIENTOS y puede que algunos lo hagan para evitar comprometerse, pero mas bien parece que a fuerza de negarlos, de no reconocerlos ni expresarlos, como todo lo que no se utiliza se atrofian y acaban siendo como bonsáis, tan graciosos como pequeños.
Los niños nacen con capacidad para expresar sus emociones pero se les socializa fuera de ellas o se les enseña a expresar la ternura a través de la rudeza, (apretones de mano, palmadas en la espalda, exigencia,…).

Nos dijeron que los hombres no lloran y aprendimos a controlar las lagrimas (y el resto de los sentimientos) para lograr el reconocimiento, hasta el punto de pedir excusas cuando no lo conseguimos (perdón no pude controlarme,) aunque luego y en determinadas circunstancias, te echen en cara que no sepas hacerlo. Los privilegios cuestan caros y en el campo de los sentimientos, todo lo que ganamos en poder lo pagamos en represión emocional.

Hace poco discutíamos en el grupo de hombres de Sevilla, si nos parecíamos mas a caballeros dentro de una armadura oxidada, que nos impedía contactar emocionalmente con los y las demás o a Pinocho, un muñeco de madera luchando por humanizarse, al que le crece la nariz con cada mentira.

Orientados hacia una META que dé forma y sentido a sus esfuerzos. Los hombres son entrenados entre la exhortación y la humillación (ganador o perdedor) buscando que sean competitivos, controlados e independientes.
La necesidad de una meta les acompaña siempre, por eso se dice que padecen el síndrome de Ulises, el héroe mitológico que se pasó la vida intentando llegar a Itaca sin darse cuenta que la vida era el camino. Recuerdo una entrevista al primer astronauta hijo de españoles (Michael López Díaz Alegría,) cuando le preguntaron cual era su meta después de conseguir aquella por la que tanto había luchado, ser astronauta, se hizo un silencio tenso, hasta que encontró la respuesta, «buscar otra meta». En las relaciones de pareja no es extraño que cuando ella dice sí, empiecen los problemas, si no hay otra meta el interés del hombre decrece y con él, el deseo.

Diversos autores coinciden en señalar que la identidad masculina se construye por oposición, por un proceso de diferenciación de lo femenino, más que como resultado de un proceso de identificación con otros hombres. Ser hombre es no ser mujer ni homosexual (al que se imagina como afeminado).Es mas frecuente que se diga a los niños que eso es cosa de niñas, que eso no es cosa de hombres.
La identidad de género no determina LA ORIENTACIÓN DEL DESEO SEXUAL, ni la homosexualidad tiene porque significar que la identidad de género no esté perfectamente asumida e interiorizada. Pero es curioso como muchos padres y madres que piensan que la orientación del deseo es de origen biológico, sospechando que de todas formas la educación es muy importante, tratan de prevenir una posible homosexualidad a través de una educación muy masculina, llegando a condicionar el contacto afectivo corporal, sobre todo, entre el padre y el hijo, abundando los padres y madres que tratan a sus hijos con más brusquedad, o los acarician y miman menos que a sus hijas.

Sobre un tema tan de moda como la IMPORTANCIA DEL PADRE, Corsi nos recuerda que desde el campo de la psicología evolutiva, se tiende a analizar casi exclusivamente el vinculo materno filial, ignorando casi por completo la figura del padre, a quien le adjudican un papel regulador en momentos posteriores. Como el vinculo primario del varón es con su madre, el proceso de construcción de la identidad masculina pasaría por el eje de separación-diferenciación, de modo que para llegar a ser varón en un mundo androcéntrico y homofóbico tendrá que reprimir las identificaciones femeninas y demostrar que él no es una mujer ni un homosexual.

Uno de los temas más discutidos, últimamente, es la importancia de que el niño (y la niña) crezcan con un padre presente qué les sirva de modelo de identificación, (qué haya más hombres entre el profesorado de preescolar y de educación primaria,…). Parece razonable que, aquí y ahora, es al menos mas cómodo tener ambos modelos como referentes, pero, coincidiremos en que es mejor no tener un padre presente que tener uno malo. Esto ultimo lo digo porque históricamente y hasta fechas muy recientes lo normal era tener a ese padre presente y no parece que sea casualidad, que la crisis del patriarcado haya coincidido con su alejamiento relativo. No obstante ahora se habla de la diferencia entre ser padre y hacer de padre, lo primero no tiene ningún mérito pero lo segundo implica la asunción de esa responsabilidad. También se habla de padre faltante frente a la idea de padre ausente, para aclarar que el padre presente no tiene porque incluir intercambio corporal y afectivo, ni el cumplimiento de la función de maternaje que es la que crea el vinculo que puede servir como modelo alternativo.

La COEDUCACIÓN se nos ha presentado desde la enseñanza como la formula para combatir el sexismo, pero lo masculino y sus valores sigue tomándose como ejemplo de normalidad, madurez, cordura y autonomía olvidando que los hombres tienen los problemas psicosociales de salud mas relevantes, relacionados con los estilos de vida, drogodependencias y violencias. En lugar de cuestionar el modelo masculino lo han convertido en «café para todos y todas». Una de las consecuencias mas llamativas es que se espera que para el año 2020 las expectativas de vida de las mujeres hayan retrocedido hasta igualarse a las de los hombres. Parece que seria más lógico caminar hacia un modelo «unisex» que tomando lo mejor de cada genero contribuyera a alargar la expectativas y la calidad de vida para todas y todos.

Aunque la ADAPTACIÓN DE LOS HOMBRES A LOS CAMBIOS impulsados por las mujeres, la hemos iniciado cada uno a nivel personal, presionados por las circunstancias y las mujeres con que nos hemos relacionado, desde mediados de los 70 en los países escandinavos y de los 80 en distintas ciudades españolas han ido apareciendo grupos de hombres que buscan compartir aquellas inquietudes que difícilmente surgen en las conversaciones entre varones, ni son fáciles de tener en presencia de las mujeres .En ellos se cuestiona la vigencia del modelo tradicional, se habla de los malestares masculinos o se analiza críticamente, (no en todos los grupos,) cómo contribuimos a reproducir relaciones de dominación.

En España, los primeros hombres que se plantearon, en voz alta, la necesidad de organizarse para el cambio, estaban vinculados afectivamente a mujeres feministas e interesados en el estudio de la sexualidad, y la primera vez que grupos de hombres han decidido pronunciarse públicamente contra el sexismo lo han hecho contra la violencia masculina en la pareja a raíz del asesinato de Ana Orantes. Lo primero es lógico tratándose de hombres que a pesar de todas las dificultades quieren compartir la vida intima con mujeres que exigen condiciones de igualdad y reciprocidad, lo segundo es la consecuencia de entender el amor como una buena amistad con momentos eróticos, en el que resulta inaguantable la contradicción masculina entre el placer y el cumplir, y lo ultimo porque era cómplice el silencio del colectivo masculino ante la forma mas sangrante de intentar evitar el derecho de las mujeres a la libertad.

BIBLIOGRAFIA:

• Corsi, Jorge,Violencia masculina en la pareja, Paidós, Barcelona,1995.

• Beauvoir, Simone de, El Segundo Sexo.

• Bonino, Luis, Deconstruyendo la «normalidad» masculina.(Apuntes para una «psicopatología» de género masculino.

• Fisher, Robert, El Caballero de la Armadura Oxidada,Obelisco. Barcelona. 1994.

• López, Teresa, «El hecho de ser mujer», El País, Madrid. 24-1-1999.

• Lozoya, José Angel, «Política de Alianzas: El Movimiento de Hombres y el Feminismo», Jornadas Feministas, Almuñecar (Granada), Julio 1999.

• Marques, Josep Vicent. y Osborne, Raquel, Sexualidad y Sexismo, UNED, Fundación Universidad Empresa, Madrid, 1991.

• Naifeh, Steven y White, Gregory, Por qué los hombres ocultan sus sentimientos, Javier Vergara, Buenos Aires, 1990.

• Parker, Mac. Los hombres el aislamiento y el sexo, Vermont, 1985.

• Sau, Victoria, Diccionario Ideológico Feminista, Icaria. Barcelona 1990.

• Valcárcel, Amelia, «La difícil de la libre existencia», El País, Madrid 24-1-1999.

• Valle del, Teresa y Sanz Carmela, Genero y Sexualidad,UNED Fundación Universidad u Empresa. Madrid 1991.

* Comunicación presentada en las Jornadas sobre MUJER Y SALUD, Jerez de la Frontera, febrero de 1999. José Ángel Lozoya Gómez es miembro del Colectivo de Salud SPECULUM. Tel. 954228294.

ENLACES SOBRE EL TEMA: Artículos sobre masculinidad en Edualter:

– José Ángel Lozoyola: ¿Qué es eso de la identidad masculina?

– José Ángel Lozoyola: Los hombres ante el cambio de las mujeres

– Laura E. Asturias: Construcción de la masculinidad

– Luis Bonino: El problema de la violencia masculina

– Luis Bonino: Los varones frente al cambio de las mujeres

– Daniel Cazés: El feminismo y los hombres

– George Marx: Interacción de hombres profeministas con mujeres feministas

– Oswaldo Montoya: Entre machos nos entendemos: la complicidad masculina

– Tod Sloan y Rubén Reyes: La deconstrucción masculina

– Ana Criquillón: La cuestión masculina: ¿otro problema femenino?

– Jennie Ruby: De tal palo, tal astilla: Cómo los niños se hacen hombres

Libro – EL HAREN PEDAGÓGICO / Violencia y diferencial sexual en la escuela

VIOLENCIA Y DIFERENCIA SEXUAL EN LA ESCUELA

Autoras: Graciela Hernández Morales y Concepción Jaramillo Guijarro
Publicado en el libro El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar. Ed. Graò, Barcelona. 2000

Los seres humanos somos seres sociales, lo que viene a significar que comprendemos el mundo, damos forma a nuestras ideas, nos expresamos y existimos gracias a las relaciones que establecemos con otras personas. Esta necesidad primaria de relación es un hecho relevante al que no siempre se le presta la suficiente atención. Sin embargo, profundizar en él es fundamental para entender qué son y por qué se producen manifestaciones violentas, así como para valorar aquellas prácticas que de un modo u otro las hacen impensables (Rivera, 1998).

La relación implica intercambio. Para que el intercambio sea posible es necesaria cierta disposición para escuchar y atender lo que otras u otros tienen por decir y aportar; así como cierta capacidad para expresar lo que se quiere, se es, se piensa y se siente.

Relacionarse implica también conflicto, porque en el intercambio se ponen en juego formas diversas de posicionarse ante las cosas y el mundo, las cuales, con mucha frecuencia, no son coincidentes. Los conflictos no conllevan necesariamente confrontación o enfrentamiento, sino que nos dan cuenta de la existencia de palabras, deseos y experiencias diversas que necesitan de mediación para que puedan ser dichas, escuchadas y reconocidas.

La búsqueda de mediaciones requiere partir de sí (Piussi y Bianchi, 1996), es decir, que cada cual hable desde su experiencia, se ponga en juego en primera persona (Rivera, 1994), y preste atención, desde ahí, a lo que el otro o la otra aportan. Significa también la voluntad de tender puentes con el fin de hacer comprensibles las diferencias, no para llegar a consensos o para que lo más conflictivo se calle, sino para que las relaciones se puedan dar sin miedos o cortapisas.

Detrás de cada manifestación de violencia hay siempre un conflicto provocado por las diferencias: diferentes opiniones, valores, aspecto, cultura, raza, origen, sexo, forma de estar, de vivir, etc. El conflicto provocado por las diferencias se convierte en violencia cuando hay personas que las interpretan, no como una riqueza, sino como una expresión de inferioridad de “lo otro”. El origen de la violencia es, pues, la incapacidad de reconocer al otro o a la otra. Este sentimiento lleva a vivir las diferencias como una amenaza, un estorbo o un motivo de inquietud y sus consecuencias van desde la ignorancia o negación de las otras personas, hasta la infravaloración o la exclusión mediante formas diversas, entre las cuales, la agresión física es la más extrema. (Jaramillo 1999).

Debido a algunos cambios sociales recientes (la llegada y el asentamiento de personas procedentes de otros países) y a los cambios de la propia escuela (el paso de la escuela segregada a la mixta, la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los 16 años, la integración en los centros de alumnas y alumnos con necesidades educativas especiales), en ella hoy conviven alumnos y alumnas entre los que hay una gran disparidad. A la diversidad de procedencias, culturas, situación económica, social y personal, hay que sumar la propia de un espacio social en el que conviven diferentes generaciones: personas adultas, niñas, niños y jóvenes.

Todas estas circunstancias hacen de la escuela un espacio que se caracteriza por la heterogeneidad de quienes lo habitan. Un espacio en el que se hace más necesario que nunca cuidar las relaciones con el fin de que las diferencias sean una riqueza, una ocasión para el intercambio y el aprendizaje mutuo y, por el contrario, no se vivan como algo que dificulta la labor del profesorado y, en general, la vida escolar.

Violencia sexuada

La interpretación jerárquica de las diferencias y la aceptación de la violencia como un método legítimo para resolver los conflictos que éstas provocan, tiene su origen en la dificultad de reconocer la primera de las diferencias que viene dada en el mundo, que es la diferencia sexual. Una parte importante de nuestra tradición cultural ha pretendido silenciar esta diferencia al reconocer sólo la existencia de un sujeto “neutro”, sin sexo, desde el que se ha definido la categoría de lo humano. Pero hoy sabemos que este sujeto no es asexuado porque esa definición de lo humano sólo ha contemplado la experiencia masculina del mundo. Un mundo que incluye también a las mujeres, pero no como personas que tienen su propia experiencia, sino como una parte de él que no tiene voz propia y que, por tanto, tiene que ser definida por otros. (Sau, 1986).

La incapacidad de reconocer a las mujeres como sujetos que pueden decirse y decir el mundo desde su experiencia, las ha situado en el lugar de “lo otro” inferior, complementario o subordinado y, en lecturas más recientes, igual. (Diótima, 1996). Desde ese neutro-maculino se ha construido un orden simbólico y social patriarcal que acepta la violencia como medio para resolver posibles conflictos provocados, ya no sólo por la diferencia sexual, sino por cualquier otro tipo de diferencias. Una violencia que se manifiesta de modos muy diversos que van desde la exclusión hasta la agresión física, pasando por todas y cada una de las formas de discriminación que conocemos.

Por eso, se puede afirmar que la violencia no es neutra sino que es sexuada, de sexo masculino (Instituto de la Mujer, 1998), porque en su origen está la incapacidad de reconocer la primera diferencia (el otro sexo). Esto no quiere decir que la violencia esté determinada biológicamente, pero si que está unida a la experiencia histórica de los hombres y a su manera de relacionarse con las diferencias.

Quien usa la violencia instrumentaliza las relaciones, usa a las personas para alcanzar determinados fines o logros, sin prestar atención a las necesidades ajenas, sin importarle demasiado el proceso para lograr lo que pretende. Entiende, además, que quien más tiene y más poder ostenta, más vale. Por eso, la violencia tiene que ver con el poder, en tanto que conlleva jerarquía y dominio. Para quien lo tiene es una forma de mantenerlo e incrementarlo, para quien no lo tiene es un modo de hacerse valer, hacerse escuchar y lograr cierto control sobre otras personas.

En definitiva, “ejercer violencia es imponer pensamientos o valores con la fuerza, es hacerse valer con el miedo, es no entrar a dialogar, es excluir e infravalorar todo lo que pone en cuestión el poder de quien la pone en marcha y la utiliza.” (Instituto de la Mujer, 1998).

La vinculación de la masculinidad con la violencia no forma parte sólo del pasado. Desde el punto de vista educativo, es preciso profundizar en las razones por las que niñas y niños, aún siendo socializados y educados en contextos familiares, escolares y sociales comunes, tienen actitudes y comportamientos significativamente distintos en su relación con las diferencias. (Miedzian, 1995)

En la vida escolar seguimos encontrando expresiones de violencia originadas por la dificultad de los niños de reconocer la diferencia sexual. A través de muchos mecanismos, y no sólo en la escuela, aprenden que la diferencia de los sexos no es realmente de los sexos, sino que las diferentes son las niñas, mientras que los “normales”son ellos. Con este aprendizaje, muchos creen que pueden hacer comentarios de todo tipo, incluida la burla, sobre el cuerpo de las niñas, o que pueden subirles la falda o tocarlas sin su permiso. Pero a muchas de estas situaciones se les resta importancia o se las interpreta como fruto de una curiosidad natural. De este modo se normalizan actitudes y comportamientos que significan violencia hacia ellas y, en general, hacia las mujeres.

A los niños se les enseña todavía a no llorar, a ocultar sus sentimientos, su miedo o la propia vulnerabilidad y como consecuencia de ello, aprenden a utilizar la fuerza como medio para resolver frustraciones o conflictos y a poner en un segundo plano los sentimientos, las necesidades ajenas y las relaciones con otras personas. Su socialización y educación aún no ha superado un modelo de masculinidad que incluye como uno de sus referentes principales el culto y la fascinación por la fuerza y la pretensión de omnipotencia. Aprenden así una forma de relacionarse con “lo diferente” que no sólo no se cuestiona, sino que, en muchas ocasiones, les otorga reconocimiento y visibilidad. En este orden de cosas, es cada vez más frecuente ver niñas y chicas recurriendo a la violencia para hacerse escuchar, para dejar de ser las víctimas y para buscar ese reconocimiento.

Sin embargo, esta forma de ver la realidad, aunque ha impregnado gran parte de nuestra cultura y ha tenido mucha fuerza simbólica, nunca ha abarcado al conjunto de la experiencia humana; de hecho podemos observar que existen formas diversas de ser hombre y de ser mujer, unas más libres que otras y en contextos de mayor o menor justicia social. Junto a esto, está cada vez más extendida la idea de que es innecesario el uso de la violencia para que los hombres sean considerados «hombres de verdad». (Bonino, 1999).

El lenguaje de los derechos

Para hacer frente a la violencia en todas sus formas, nuestra sociedad ha creado el lenguaje de los derechos, el cual ha permitido evitar muchas discriminaciones al considerar a todas las personas iguales ante la ley. Sin embargo, los derechos no garantizan por sí mismos que las personas se reconozcan, se valoren, se escuchen y se expresen. Por otra parte, junto a su extensión a un número cada vez mayor de personas, se ha producido cierta confusión entre dos realidades bien distintas: «la igualdad de derechos» con «todas las personas son iguales».

Desde esa misma lógica, se confunde con cierta asiduidad “la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres” con “hombres y mujeres son iguales”. Lo primero tiene que ver con la necesidad de justicia social y de reconocer que unos y otras están capacitados para realizar las mismas tareas y ocupar los mismos espacios. Pero, detrás de lo segundo se suelen esconder ideas difusas que no siempre se corresponden con lo real. (Mañeru et al., 1996)

Por ejemplo, la afirmación “hombres y mujeres son iguales” sirve para no reconocer abiertamente que la violencia es un patrimonio más masculino que femenino, o para que este hecho pase desapercibido o no se considere significativo. Incluso tratándose de formas de violencia que tienen como protagonistas siempre a hombres y cómo víctimas siempre a mujeres, pocas veces se habla de violencia masculina o de violencia contra las mujeres, tal y como sería de esperar. Lo que suele suceder, más bien, es un acercamiento a estas situaciones como si fueran neutrales, acuñando términos que evitan relacionarlas con uno u otro sexo.

Con cierta frecuencia, cuando se dice que “hombres y mujeres son iguales” se está diciendo realmente que las mujeres han de ser iguales a los hombres, han de asumir sus actitudes y valores para tener el mismo reconocimiento social. Todo ello contribuye, por un lado, a invisibilizar a las mujeres o a hacerlas visibles sólo en la medida en que son discriminadas, oprimidas o víctimas; y por otro, a mantener intacto ese referente neutro-masculino al que nos hemos referido antes. Esta no es una cuestión baladí, ya que se ha escrito mucha historia, se ha hecho mucha política y se han elaborado muchos criterios pedagógicos en función de esta premisa.

Cuando se analiza la violencia sin tener en cuenta la diferencia sexual, se deja en la insignificancia la experiencia histórica de las mujeres que nos habla, no sólo de aceptar, sino de reconocer “lo otro” diferente, utilizando para ello la relación y la mediación de la palabra. Una práctica de las relaciones que hace civilización porque es lo que nos permite vivir humanamente (Librería de Mujeres de Milán, 1996). A través de esta experiencia, muchas mujeres han aprendido la importancia de prestar atención y cuidar a las demás personas y también la necesidad de exteriorizar los sentimientos, de reconocer los miedos y limitaciones, aceptando lo que nos caracteriza como seres humanos (hombres y mujeres): la necesidad de ir al encuentro del otro o de la otra para entrar en relación de intercambio, no porque seamos seres incompletos, sino porque somos seres carentes. (Jourdan, 2000).

Esto muestra la necesidad de dar relevancia a la disparidad humana para facilitar que cada cual, sea mujer u hombre, hable desde su experiencia, porque éste es el único camino para reconocerse y expresar deseos propios, sin necesidad de acatar, sin más, las expectativas impuestas. Sin esta práctica, no es posible ver todas las dimensiones de cada conflicto. Para que éstos salgan a la luz de un modo no destructivo es necesario ir más allá de un “te escucho porque te respeto o porque tienes derecho a que se te escuche” para llegar a un “qué podemos hacer tú y yo, qué acuerdos y qué mediaciones necesitamos, para que nuestra disparidad no sea un obstáculo sino una fuente de aprendizaje, de reflexión, de transformación”. O sea, abrirlos y hacerlos circular en su raíz, en la relación.

Prácticas que previenen la violencia

En las primeras etapas de la educación obligatoria, en las que hay más maestras que maestros, se tiende a aplicar un modelo educativo que valora al alumno o a la alumna en su totalidad, intentando no separar ni jerarquizar los aprendizajes cognitivos e intelectuales de los afectivos, físicos y relacionales. De esta manera, se presta también más atención a la particularidad y por ello se acepta con más facilidad la diversidad que existe entre el alumnado, fomentando y potenciando las relaciones entre escolares que ayudan no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas. Porque al aceptar la particularidad, se acepta también que no hay un modelo de “normalidad” al que aspirar o parecerse y las diferencias no se jerarquizan.

Este modelo educativo tiende a ir perdiendo relevancia al llegar a la secundaria, etapa en la que se convierte en prioridad la transmisión de conocimientos académicos. El profesor o profesora deja de tener una función educadora para tener una función docente y el alumno o la alumna dejan de ser considerados en su totalidad y en su particularidad para valorar principalmente su interés, su motivación y su capacidad para el aprendizaje de las materias que se enseñan. En este modelo, la diversidad se convierte en un problema porque se espera del alumnado una respuesta única: que se interese por el estudio, y quienes no muestran este interés (generalmente más alumnos que alumnas) se convierten con mucha facilidad en “conflictivos”. Los aspectos relacionales de la enseñanza pasan así a formar parte del currículum oculto y en lugar de potenciar y fomentar el intercambio, la relación, la convivencia, se considera necesario regular la vida escolar a través de normas y reglas generales para mantener un cierto orden que garantice a los centros cumplir con la que se considera su misión principal: la transmisión de conocimientos.

Este tránsito de la educación a la enseñanza, del magisterio a la docencia, significa no sólo un cambio en los objetivos y contenidos, sino un cambio en las prácticas educativas que se desplazan desde la lógica de la autoridad, hacia la lógica del poder. La distinción entre poder y autoridad es muy útil, aunque a veces resulte difícil hacerla porque el simbólico del poder ha tendido a confundirlas.

En la educación, la autoridad hace referencia a la capacidad que el profesorado tiene de enseñar. Y esta capacidad depende de su competencia académica, pero sobre todo de su disponibilidad para ponerse en relación con las alumnas y los alumnos y de que ellas y ellos le reconozcan como una persona de la que pueden aprender. Es esta autoridad la que permite enseñar y aprender, mientras que el poder sirve para aprobar y suspender, pero no necesariamente supone un intercambio de conocimiento o un aprendizaje (Jourdan, 1998).

La práctica de la autoridad otorga más recursos para resolver los posibles problemas de la disparidad y está al alcance de todas las personas, tengan o no poder (no por casualidad fue reinventada por las mujeres). No se trata de una práctica nueva porque está y siempre ha estado principalmente en la experiencia de mujeres enseñantes. Pero como tantas otras experiencias de las mujeres de ahora y de la historia no han sido recogidas y tenidas en cuenta. Lo nuevo, por tanto, es hablar de ellas, darles nombre y reconocer el valor pedagógico y transformador que tienen (Mañeru, 1997).

La escuela es un espacio social y de relación en el que, además de otros contenidos escolares más o menos académicos, se aprenden fundamentalmente formas de estar, de comportarse y de relacionarse con las demás personas. Prevenir la violencia en la escuela contribuye a que la vida escolar sea fuente de bienestar para todas y todos. Además, también proporciona a las alumnas y a los alumnos una experiencia de relación que tiene una gran transcendencia en los demás espacios sociales en los que se desenvuelven en el presente y lo harán en el futuro.

El sentido común y la experiencia indican, que cuanto más en cuenta se tenga en la institución escolar la convivencia y las relaciones entre quienes la componen, más impensable será la violencia. Cuando analizamos situaciones de violencia en la escuela y en la vida social en general, nos damos cuenta que sólo podrían haberse evitado teniendo en cuenta las necesidades, los sentimientos, los deseos y las expectativas de las personas que las protagonizan. Y esto sólo puede hacerse a través de la escucha, la comunicación y el diálogo, es decir, mediante la relación que utiliza la palabra como mediación (y no la fuerza) y que tiene como fin el intercambio (y no la imposición). A continuación explicamos algunas de las dificultades que suelen presentarse en las relaciones que se dan en la comunidad escolar y algunas propuestas para mejorarlas.

Las relaciones con las familias

La presencia de padres y madres en la escuela es un hecho que, en determinadas circunstancias, permite al profesorado comprender mejor las necesidades, dificultades y estrategias a seguir con cada alumna o alumno. La propia LOGSE reconoce la importancia de la vinculación de las familias a la vida escolar y prevé fórmulas para que pueda darse.

Pero la ley no puede garantizar que la relación de madres y padres con la escuela se dé de forma fluida. A veces, para el profesorado, su presencia es más bien un estorbo, porque puede suponer más trabajo, o más dificultades. Así mismo, y quizás de modo contradictorio, su ausencia se considera falta de interés y un signo de despreocupación. Es como si no se supiera muy bien qué hacer con esa relación para que resulte provechosa.

Madres y padres, profesoras y profesores, cada cual con características propias, se dedican a la misma función social, la de educar y ayudar a crecer a niñas y niños. Esto, en lugar de ser considerado como una posibilidad real de intercambio, se vive a menudo de forma competitiva; y, entonces, la experiencia ajena no se ve como una fuente de aprendizajes y de nuevas preguntas que facilitan y estimulan el trabajo; es más, se la juzga desde una serie de criterios previos y ajenos a la propia relación.

No es extraño, por ejemplo, que cuando un profesor o profesora se coloca sólo como profesional de la enseñanza, considere que su formación avala su palabra y su saber, y que un padre o una madre sin la misma formación carece de la autoridad suficiente para poner en cuestión lo que se hace o se deja de hacer en el aula. Este planteamiento lleva a pensar que la participación de madres y padres debe consistir en recibir información y escuchar las recomendaciones que les da el profesorado. En esta concepción, las propuestas e iniciativas de las familias no tienen cabida y se quedan sin espacio para poner en juego en el ámbito escolar aquello que saben.

Del mismo modo, es más o menos común, que padres y madres consideren que su participación en la escuela ha de consistir básicamente en presionar para que se eduque adecuadamente a sus hijos e hijas. Detrás de esta actitud suele haber desconfianza o temor ante los modos de hacer de la escuela, lo que se traduce a veces en exigencias y en una necesidad de supervisar el trabajo del profesorado. Desde ahí se tiende a hacer juicios teniendo más en cuenta lo que otros y otras comentan que lo que cada profesor y cada profesora tienen por decir.

Así mismo, tanto las familias como el profesorado no sienten reconocida socialmente su labor, a la vez que perciben cierto desbordamiento por un exceso de exigencias, ya que observan como gran parte de la sociedad les pide que resuelvan el conjunto de los problemas existentes. Pero esta situación no les lleva necesariamente a la complicidad, más bien al contrario, a veces, reproducen esta falta de reconocimiento. De este modo, las familias se convierten para las escuelas y viceversa, en una especie de chivo expiatorio, un lugar donde encontrar las causas de los problemas y al cual exigir que se pongan medidas efectivas que los resuelvan.

En definitiva, cuando todo esto ocurre, en el lugar de la escucha, del apoyo mutuo, de la búsqueda de estrategias conjuntas, se sobreponen las criticas, las exigencias, e incluso el silencio. Lo que produce, además, que se escondan los miedos, dificultades y en ocasiones aquello que se sabe. En ese contexto no es extraño que el interés por las notas o los contenidos académicos a impartir cobren protagonismo sobre otros aspectos educativos.

Junto a esto, es significativo el hecho de que son más madres que padres quienes acuden a los centros educativos, y quienes muestran mayor interés. Aunque los padres asumen cada vez más responsabilidades, siguen siendo ellas quienes de modo predominante se hacen cargo de esta función.

Con todo, se responsabiliza fundamentalmente a las madres de las conductas violentas o las malas notas del alumnado, incluso se las llega a culpabilizar por realizar otras actividades y desarrollar otros aspectos en sus vidas al margen de la maternidad. Este tipo de actitudes está vinculado en el fondo, con un modelo idealizado de madre que circula en la sociedad con mucha fuerza y que no se corresponde con lo que ellas, en lo concreto, viven y sienten. Por otra parte, la menor implicación, desinterés o ausencia paterna no se cuestiona con la misma fuerza y, en ocasiones, es incluso asumida y aceptada.

Este modo de valorar la figura materna y paterna minimiza las repercusiones negativas que tiene en chicos y chicas una relación deficitaria y, en ocasiones nula, con el padre; y no ayuda a que niños y niñas vean en sus madres una referencia positiva.

Es necesario, por lo tanto, desprenderse de prejuicios, interesarse por lo que cada madre o padre realmente aporta y necesita, y decir la verdad sobre lo que, como profesor o profesora, se hace, se sabe y se siente. Desde ahí es más fácil que la relación entre las familias y la escuela sea más real, abierta y fructífera.

Las relaciones entre el profesorado

En las relaciones entre el profesorado tampoco es fácil decir la verdad, o sea, aquello que realmente se siente, se sabe y se hace. Es común que en este tipo de interacciones se superpongan clasificaciones y baremos que vienen de fuera y que limitan la posibilidad de expresión y escucha, ya que no han sido elaboradas desde lo que cada cual realmente es, aporta y necesita.

Estas clasificaciones se expresan, por ejemplo, en el distanciamiento entre quienes llevan muchos años trabajando en la enseñanza y quienes inician esta andadura; también cuando distinciones como tener o no tener una licenciatura, tener o no tener una plaza fija, se convierten en un obstáculo para la relación. Por otro lado, tampoco es raro que en muchos claustros se formen bandos encontrados que, con cierta frecuencia, están vinculados en positivo o en negativo con el equipo directivo.

Todas estas clasificaciones se dan cuando los prejuicios, el prestigio o el dominio, se ponen por delante del intercambio y de la búsqueda de mediaciones; lo que siempre implica ciertas dosis de violencia. Violencia que se pone de manifiesto de formas diversas. Por ejemplo, cuando se presta menos atención a quien tiene menos formación, menos experiencia o menos edad; cuando no se apoya a quienes manifiestan tener problemas en el aula, o cuando no se facilita la creación de espacios para intercambiar experiencias (que no información). Y todas estas situaciones se producen entre personas que ocupan la misma posición dentro de la estructura escolar, es decir, que tienen el mismo poder. Lo que viene a significar que la distribución igualitaria de poder no facilita la interacción desde otro lugar, desde la autoridad (Jourdan, 1998).

Situarse en el poder supone también defenderse, lo que lleva a esconder o disfrazar lo que pasa en un aula como una manera de evitar interferencias y juicios por parte de los otros y las otras. De este modo, lo que pasa en cada clase no sale a la luz, impidiendo que las demás personas puedan conocer nuevas prácticas y aprender de ello.

Estas actitudes no implican sólo dificultad para ver en el otro o la otra una fuente de aprendizaje, sino algo más elemental: que cada profesor y profesora reconozca y dé nombre a sus propias dificultades, deseos, aciertos o frustraciones. Esto contribuye a la burocratización del trabajo, ya que a falta de una medida que proviene de la propia relación, los papeles y las medidas impuestas desde fuera ganan protagonismo.

Por lo tanto, para reconocer aquello que ya se sabe (Piussi y Bianchi,1996), para poder aprender con lo que el otro o la otra aporta y para poder dar una medida sensata a la acción educativa, es vital una relación de intercambio y colaboración. Y para ello no es necesario que todo el claustro esté de acuerdo en todo, o que todo el claustro trabaje conjuntamente en todo; basta con poder establecer una relación significativa con, al menos, un compañero o compañera. Una relación que permita actuar con medida, o sea, atendiendo a aquello que realmente se tiene y es viable, dejando de lado la sensación de que nada se puede hacer, o de que nunca se hace lo suficiente. Esto da energía e incentiva la creatividad, diluye el cansancio y la sensación de impotencia cuando las cosas se hacen difíciles o insostenibles en el aula y, sobre todo, no da cabida a la violencia.

Las relaciones entre el alumnado

Entre escolares se dan conflictos cuyo origen no está en la escuela sino que viene del exterior, como por ejemplo no aceptar a determinadas chicas o chicos porque su aspecto, su imagen, su origen, su cultura, su religión, etc., son diferentes de los de la mayoría. Este tipo de conflictos suele tener mucho que ver con ciertas modalidades de liderazgo que reproducen estereotipos vinculados a la masculinidad: el valor de la fuerza física, de la rebeldía, de la agresividad, del dominio sobre otras u otros. Y que a su vez van unidos a una falta de reconocimiento de aquellas personas a las que se considera diferentes y a las que se define sólo por negación, interpretando sus comportamientos o sus formas de ser en términos de debilidad, sumisión, vulnerabilidad.

En otros tiempos, este tipo de liderazgo era sólo admitido en chicos, pero hoy está disponible para todo aquel o aquella que acepte estos criterios como suyos; por eso no es difícil observar chicas que también se apuntan a este modelo y chicos que aún perteneciendo a minorías culturales o de otro tipo, son aceptados como líderes en el momento en que adoptan esos patrones de comportamiento.

Este estilo de liderazgo es, sigue siendo, reforzado de un modo u otro no sólo en la escuela sino en otros contextos sociales. Las formas en que se manifiesta son muy variadas: por ejemplo cuando a los chicos se les valora más cuanto más fuertes y más grandes son; cuando en las actividades físicas o deportivas se prefiere a éstos y se excluye a las chicas o a los que no dan la talla; cuando las ganas de estudiar y los buenos resultados académicos no son motivo de reconocimiento porque se interpretan como signo de sumisión; cuando no se valora a las chicas en su conjunto sino sólo por su atractivo sexual para los chicos; cuando no ir “a la moda” o distinguirse de la mayoría en el aspecto físico es un motivo de crítica o de no aceptación; cuando expresar los sentimientos se convierte en muestra de debilidad … Este tipo de actitudes, cuando llevan al liderazgo y al reconocimiento, acaban por convertir en “normal” aquello que no sólo no lo es (en el sentido estadístico), sino que no es deseable. Además, con ello se contribuye a alimentar sentimientos de superioridad, que son el origen de toda violencia.

Las relaciones con el alumnado

Las relaciones entre el profesorado y el alumnado son de una gran disparidad natural e institucional y oscilan siempre entre la autoridad y el poder (Jourdan, Clara, 1998). De esta disparidad surgen muchos conflictos. Uno de ellos es que, con cierta frecuencia, y especialmente en la educación secundaria, el alumnado no reconoce la autoridad del profesorado. Este suele ser un conflicto originado más por alumnos que por alumnas y se dirige más frecuentemente hacia profesoras. En él influyen varios factores, por un lado, que la educación es obligatoria y que hay muchos alumnos (más que alumnas) que están en la escuela sin querer estar; por otro, que la labor educativa, sigue siendo una labor poco reconocida socialmente, una falta de valoración que el alumnado también reproduce.

Estos conflictos, si no se prevén y si no se actúa sobre ellos, acaban expresándose y viviéndose de forma violenta. Y sus manifestaciones son muy diversas: enfrentamientos con el profesorado, comportamientos que molestan, “boicoteo” de las clases, acciones agresivas contra las instalaciones, que, en muchas ocasiones, sólo se atienden cuando ya es demasiado tarde.

Cuando surge este tipo de problemas, en muchas ocasiones se atribuyen a un exceso de confianza con el alumnado, a un no saberse imponer, acusaciones de las que las profesoras saben mucho. De este modo, se proponen soluciones como ser “más duro”, hacerles saber “quien manda”, es decir, utilizar el poder que todo profesor o profesora tiene. Sin embargo, es un hecho que el poder no resuelve este tipo de problemas, al contrario, genera más violencia.

Así sucede, por ejemplo, cuando se valora al alumnado sólo por sus resultados académicos y las notas se viven como una manera de premiar o castigar. También cuando ante alumnos y alumnas “conflictivos” (que no tienen interés en las clases o en el estudio o que crean problemas de disciplina) se interviene sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento, imponiendo normas generales o recurriendo a sanciones (expulsiones, “sermones”, amenazas…. ).

Estas respuestas de la institución, en lugar de solucionar los problemas, suelen ser generadoras de violencia y acaban afectando, de un modo u otro, a toda la comunidad escolar. Por un lado, son vividas por quienes las sufren como muestras de exclusión o falta de atención a sus intereses o necesidades (es decir, más violencia). Por otro, al ser normas impuestas, suelen alimentar la voluntad de transgredirlas o sentimientos de rebeldía que se dirigen no sólo hacia el profesorado o la institución, sino hacia el alumnado que no es “conflictivo” y que se ve obligado a aceptar una dinámica de funcionamiento que no le tiene en cuenta. Además, estas respuestas son poco educativas, en el sentido de que muestran la incapacidad de tratar los conflictos derivados de la diversidad.

Y así se producen paradojas muy significativas, por ejemplo hablar en clase de la importancia de valores como el respeto a las diferencias, la convivencia, la cooperación, etc., sin atender a lo que ocurre en la propia clase, convirtiendo los valores en una teoría más por aprender y dando lugar a que en el discurso se acepten actitudes que luego no se practican.

Esta confianza en el poder a la hora de regular la convivencia, no presta atención a otros modos de estar, de comportarse y de relacionarse que también están presentes en la escuela y que la experiencia muestra que son mucho más eficaces: la mediación en los conflictos, la cooperación, la relación, la escucha.

La labor educativa se hace siempre en relación; la atención, el cuidado y la promoción de las relaciones que se dan en clase forma parte del trabajo de enseñar. Los conflictos que aparecen en estas relaciones competen al profesorado, dado su papel mediador en todo lo que acontece en el aula. Por eso es imprescindible diagnosticar la composición del grupo-clase y prever las posibles dificultades de motivación, de relación y de integración que pueden darse en ese grupo. No es suficiente partir sólo de diagnósticos individuales o de posibles dificultades de aprendizaje, sino que hay que observar con detalle las relaciones que se dan en el aula, con el fin de facilitarlas. Sólo a través de ellas, las alumnas y los alumnos aprenden no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas.

Las primeras etapas en la formación de un grupo-clase son cruciales para fomentar las relaciones y afrontar los posibles problemas que puedan aparecer. De esta manera, se actúa desde el principio y no sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento o de disciplina, porque entonces ya sólo parece posible recurrir a sanciones. Fomentado y practicando las relaciones el alumnado puede desarrollar estrategias, recursos propios y buscar mediaciones para expresar sus necesidades y deseos. Y para ello, también es necesario que el profesorado sepa y quiera escuchar.

Si las alumnas y los alumnos tienen los recursos necesarios y la posibilidad de expresar sus necesidades (que nunca serán homogéneas, siempre serán diversas), entonces es posible “contratar” o “acordar” las normas de funcionamiento y convivencia, normas que regulen los límites y lo que no es tolerable. Y para ello hay que partir siempre de cada clase concreta porque sus circunstancias y su realidad cambian en el tiempo y de un aula a otra. De esta manera se facilita la escucha y la atención a las diferencias y no se ocultan los conflictos, sino que se habla de ellos. Esta forma de actuar enseña a las alumnas y a los alumnos a responsabilizarse de lo que ocurre en una clase y seguramente a rechazar la violencia como solución aceptable.

BIBLIOGRAFÍA
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LIBRERÍA DE MUJERES DE MILÁN (1996): El Final del Patriarcado, Llibreria Proleg,
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1 miedzian, Miriam (1995): Chicos son, hombres serán, Ed. Horas y Horas. Valencia.

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SAU, Victoria (1986): Ser mujer: el fin de una imagen tradicional; Icaria, Barcelona.

CARTA DE UNA MADRE

Queridos todos:

Me voy. Volveré cuando sepáis dónde están guardadas las bolas de naftalina, cuando nuestra casa ya no tenga secretos para ninguno de vosotros, cuando seáis capaces de descifrar los códigos de los botones de la lavadora, cuando logréis reprimir el impulso de llamarme a gritos si se acaba la pasta de dientes o el papel higiénico. Volveré cuando estéis dispuestos a llevar conmigo la corona de reina de la casa. Cuando no me necesitéis más que para compartir.

Ya sé que me echaréis de menos, estoy segura. También yo a vosotros, pero sólo desapareciendo podré rellenar los huecos que vuestro cariño me produce… Sólo podré estar segura de que verdaderamente me queréis cuando no tengáis necesidad de mí para comer o para vestiros o para lavaros o para encontrar las tijeras. Ya no quiero ser la reina de la casa, estoy harta, me he cansado de tan gran responsabilidad y he caído en la cuenta de que si sigo jugando el papel de madre súper no lograré inculcaros más que una mentalidad de súbditos. Y yo os quiero libres y moderadamente suficientes y autónomos.

Ya sé que vuestro comportamiento conmigo no es más que un dejarse llevar por mi rutina; también por eso quiero poner tierra por medio. Si me quedo, seguiré poniéndoos todo al alcance de la mano, jugando mi papel de omnipresente para que me queráis más.

Sí, para que me queráis más. Me he dado cuanta de que todo lo que hago es para que me queráis más, y eso me parece tan peligroso para vosotros como para mí. Es una trampa para todos.

Palabra de honor que no me voy por cansancio, aunque sea una lata dormirse todas las noches pensando en la comida del día siguiente y hacer la compra a salto de mata cuando vienes del trabajo y, a la larga, pesa mucho la manía de ver siempre un velo de polvo en los muebles cuando me siento un rato en el sofá, y la perenne atracción hacia la bayeta y la cera. Pero no es sólo por eso. No. Tampoco me voy porque esté harta de poner la lavadora mientras me desabrocho el abrigo ni porque quiera estar más libre para hacer carrera en mi trabajo. No. Hace ya mucho tiempo que tuve que elegir una perpetua interinidad en mi profesión porque no podía compatibilizar una mayor dedicación mental al trabajo profesional con la lista de la compra. Me voy para enseñaros a compartir, pero sobre todo me voy para ver si aprendo a delegar.

Porque si lo consigo, no volveré nunca más a sentirme culpable cuando no saquéis notas brillantes o cuando se quemen las lentejas o cuando alguno no tenga camisa planchada que ponerse.

La culpa de que sea imprescindible en casa es sólo mía, así que desapareciendo yo por unos días, os daréis cuenta vosotros de que la monarquía doméstica es fácilmente derrocable y quizá yo pueda aprender la humildad necesaria para ser, cuando vuelva, una más entre la plebe.

Cuando encontréis la naftalina no dejéis de avisarme. Seguro que para entonces yo también habré aprendido a no ser tan excesivamente buena. Puede ser que ese día no nos queramos más, pero seguro que nos querremos mejor.

Besos. Mamá.

C. de Santos – «Ser Humano»

FUENTE: CEIP San Walabonso

VISTO EN:
http://menendezypelayo.bitacoras.com

Libro – EL DIARIO AZUL DE CARLOTA

(El Aleph, 2006)

Sinopsis

¿Alguna vez has tenido un novio que te controle demasiado, que se enfade si sales con las amigas, que te envíe más de 25 sms durante el recreo y se ponga celoso si hablas con los chicos de tu clase? ¿Has tenido algún amigo que, sin decirte nada, haya sufrido alguna forma de violencia, ya sea física o psicológica, en el colegio? ¿Conoces a algún chico o chica víctima de la violencia en su casa?

Después de las aventuras amorosas con Flanagan y Koert, y con ganas de tomarse unas vacaciones sentimentales, Carlota decide empezar un diario sobre la violencia de género, un problema que hace siglos que existe pero que no se ha hecho visible hasta los últimos años. A partir de testimonios que va recogiendo, algunos muy cercanos, y de información que recibe, como siempre, de parte de su madre, su abuela y su tía Octavia, Carlota escribe este diario azul que tenéis entre manos, y que también habla de la violencia escolar y la violencia infantil, que funcionan con mecanismos similares a los de la violencia de género: a partir de ideas que la tradición da por buenas, algunas personas se creen superiores a otras, y abusan de ellas.

Enlaza con la página de su autora: Gemma Lienas

DESEQUILIBRIO EDUCACIÓN PÚBLICA-EMPRESA PRIVADA EN VALLADOLID (Concejo Educativo)

Publicado por Otros colectivos | 17 de marzo de 2006

Un sistema educativo, para cubrir el derecho que asiste a todas las personas a la educación, debe tener carácter público. Este término engloba los valores que aporta la educación Pública: democracia, participación, laicismo, atención a la diversidad del alumnado con un buen nivel de calidad, compensación educativa, inclusión.

A la Plataforma por la Escuela Pública de Valladolid le preocupa que esos valores no se puedan seguir desarrollando en la educación que reciben las personas de esta provincia.

Si la educación entra a formar parte de un simple sistema de mercado, todos estos valores quedarán marginados y aparecerá un mayor grado de exclusión. A la Plataforma por la Escuela Pública de Valladolid le preocupan algunos datos de la provincia que muestran el desequilibrio tan enorme existente, en esta provincia y en esta capital, entre la Red pública y la privada-concertada. Por ejemplo que:

– Se destine un elevado porcentaje del presupuesto a centros privados concertados, a pesar de que éstos sólo representan una pequeña parte respecto a los públicos.
– Dichos centros estén ubicados, preferentemente y salvando algunas excepciones, en lugares donde no existe población que presenta problemas educativos y que no tengan acceso a ellos (centro de la ciudad o lugares donde es necesario el transporte en el caso de la capital o núcleos de más población en el caso de la provincia).
– Como consecuencia sólo se escolarice en ellos a una pequeña parte de la población inmigrante o de etnia gitana o de alumnado con necesidad de adaptaciones o apoyos de algún tipo (teniendo en cuenta, además, que esa población se concentra dentro de algunos centros concertados específicos y no en su totalidad) .
– Se supriman unidades y ciclos de FP en centros públicos para concertarlos en privados con escasa demanda, despreciando así los recursos que la escuela pública tiene.

A pesar de las trabas que se han ido poniendo, la red de Escuelas Públicas mantiene un alto nivel de calidad, que hace, por ejemplo, que existan en Valladolid experiencias educativas reconocidas en muchos lugares del Estado. La Plataforma por la E.P. de Valladolid se siente preocupada de que la Red Pública no pueda desarrollarse como debiera para cumplir con la misión que tiene y que eso sea debido a las condiciones de falta de apoyo y financiación a la que la somete la Administración.

Le inquieta a esta Plataforma también que esas condiciones de menosprecio y desequilibrio de la Administración se mantengan e, incluso, puedan empeorarse en el futuro a la hora de la aplicación de una nueva ley que debiera servir para avanzar en los valores expuestos al inicio de este documento.

La Plataforma se alegra de que la Escuela Pública sea una opción cada día más consciente; de que reúna en ella a una mayoría de las familias que han decidido elegir la solidaridad y la calidad; de que se puedan compartir lenguas y culturas distintas que tanta riqueza aportan a este mundo globalizado; de que la tolerancia sea constitutiva de su ideario, al no estar sometida a una sola y excluyente ideología.

Enlace con el artículo en CONCEJO EDUCATIVO:

http://www.concejoeducativo.org/article.php?id_article=96

Enlace – COORDINADORA DE ONGs PARA EL DESARROLLO

De su página web -Apartado MATERIALES:

http://directorio-guia.congde.org/guiaderecursos/todos.php

TEMATICA

Globalización –
Interculturalidad –
Refugiados/as
Salud –
Programa multitemático –
Migración –
Comercio justo
Medio ambiente –
Educación para la paz –
Consumo responsable –
Género –
Infancia –
Acción humanitaria –
Derechos fundamentales –
Voluntariado –
Relaciones norte/sur –
Cooperación y desarrollo –
Educa. para el desarrollo –

DESTINATARIOS/AS

Infancia –
Adultos/as –
Ongd –
Jóvenes –
Público en general –
Profesorado

FORMATO

Juegos –
Unidades didácticas –
Cuadernos de trabajo –
Cuadernos –
Teatro y/o cuentos –
Publicaciónes –
Folletos –
Talleres y/o debates –
CD Audio –
Manuales –
Informes –
Videos –
Revistas –
Exposiciones –

POESÍA Y MUJER

Dos poemas. No para trabajar en clase. Disfrutad en la sala de profesores (e incluso de profesoras) y preguntad a la gente cuál prefiere. Suele abrir un interesante debate. Mujeres Autor: Santiago Gamboa * Es el único tema en el que soy radical e intolerante. En el que no escucho razones: las mujeres de mi generación son las mejores. Y punto. Hoy tienen treinta y pico, cuarenta, y son bellas, muy bellas, pero también serenas, comprensivas, sensatas, y sobre todo endiabladamente seductoras, a pesar de sus incipientes patas de gallo o de esa afectuosa celulitis que capitonea sus muslos y las hace tan humanas, tan reales. Hermosamente reales. Casi todas, hoy, están casadas o divorciadas, o divorciadas y vueltas a casar, con la idea de no equivocarse en el segundo intento, que a veces es un modo de acercarse al tercero, y al cuarto intento. Qué importa. Otras, aunque pocas, mantienen una pertinaz soltería y la protegen como una ciudad sitiada que, de cualquier modo, cada tanto abre sus puertas a algún visitante. ¡Qué bellas son, por Dios, las mujeres de mi generación! Nacidas bajo la era de Acuario, con el influjo de la música de los Beatles, de Bob Dylan, de Lou Reed, el mejor cine de Kubrick y el inicio del boom latinoamericano, son seres excepcionales. Herederas de la “revolución sexual” de la década del 60 y de las corrientes feministas que, sin embargo, recibieron pasadas por varios filtros, ellas supieron combinar libertad con coquetería, emancipación con pasión, reivindicación con seducción. Jamás vieron en el hombre a un enemigo, a pesar de que le cantaron unas cuantas verdades, pues emanciparse era algo más que poner al hombre a trapear el baño o a cambiar el rollo de papel higiénico. Decidieron pactar para vivir en pareja, esa forma de convivencia que tanto se critica pero que, con el tiempo, resulta ser la única posible, o la mejor al menos en este mundo y en esta vida. Son maravillosas y tienen estilo, aun cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan. Usaron faldas hindúes a los 18 años, se adornaron con collares precolombinos, se cubrieron con suéteres de lana y perdieron su parecido con María, la virgen, en una noche loca de viernes o de sábado después de bailar “El ratón”, de Cheo Feliciano, en La Teja Corrida o en Quiebracanto, con algún amigo que les habló de Kafka, de Gurdjieff y del cine de Bergman. Al fondo de sus mochilas arahuacas había paquetes de Pielroja, libros de Simone de Beauvoir y casetes de Víctor Jara. Y al dejarnos, cuando no les quedaba más remedio que dejarnos, nos dedicaban esa canción de Héctor Lavoe que es a la vez un clásico del periodismo y del despecho, y que se llama “Tu amor es un periódico de ayer”. Se vistieron de luto por la muerte de Julio Cortázar, hablaron con pasión de política y quisieron cambiar el mundo; bebieron ron cubano y aprendieron de memoria las canciones de Silvio y de Pablo; conocieron los sitios arqueológicos de San Agustín y Tierradentro (en esa época se podía ir sin temor a la guerrilla, qué nostalgia), fueron con sus novios a las playas del parque Tayrona, durmiendo en carpa y dejándose picar por los mosquitos, porque adoraban la libertad, algo que hoy le inculcan a sus hijos, lo que nos hace prever tiempos mejores y, sobre todo, juraron amarnos para toda la vida, algo que sin duda hicieron y que hoy siguen haciendo en su hermosa y seductora madurez. Supieron ser, a pesar de su belleza, reinas bien educadas, poco caprichosas o egoístas. Diosas con sangre humana. El tipo de mujer que, cuando uno le abre la puerta del carro para que suba, entra y se inclina sobre la silla del conductor y le abre a uno desde adentro. La que recibe a las cuatro de la mañana a un amigo que sufre, aunque sea su ex novio, porque son maravillosas y tienen estilo, aun cuando nos hacen sufrir, cuando nos engañan o nos dejan, pues su sangre no es tan helada como para no escucharnos en esa necesaria y salvadora última noche en la que están dispuestas a servirnos el octavo whisky y a poner por sexta vez esa melodía de Santana. Por eso, para los que nacimos en la década del 60, el día de la mujer es en realidad todos los días del año, cada uno de los días con sus noches y sus amaneceres, que son más bellos, como dice el bolero, cuando estás tú. ¡Qué bellas son, por Dios, las mujeres de mi generación! * Escritor colombiano, autor de Páginas de vuelta (1995), Perder es cuestión de método (1997), Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000), Los impostores (2002). Columnista de la Revista Cambio, de Colombia. Actualmente, reside en Italia. 000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000 Poema dedicado a una niña Escucha niña, cuando te alaben llamándote bella, o te humillen llamándote fea, no escuches a nadie. Sólo quieren encerrarte en el espejo de una soledad diferente. Tú debes vivir, no debes agradar, la belleza está en la vida. Cuando te leen Caperucita Roja, te quieren mostrar el miedo de escoger por tí misma el camino. Estáte atenta, niña, los verdaderos lobos son todos aquellos que matarán tu libertad. Cuando te leen Blanca Nieves es para convertirte en sirvienta, aunque sea de un hombre tonto y enano. Rebélate, niña !! es humillante servir si no es un gesto recíproco. Cuando te lean la Bella durmiente te están inyectando un potente veneno para frenar tus ideas, así, cuando seas mayor, un hombre sin muchos problemas será dueño de tu cerebro. No te duermas, niña !! Tu inteligencia les da miedo, por eso te llaman tonta. Pero , cuando te dicen que eres inteligente, no te fíes demasiado, niña, quieren quizás intentar que aceptes sus posturas interesadas. Cuando te dicen que eres dulce y buena, ponte en guardia, quieren decir que te tienen en el bolsillo y controlan los latidos de tu corazón. ¿ Eres dulce o te han domesticado ? Cuando te dicen que eres pulida y ordenada, pobre niña, estas ya enmohecida, han hecho de tí una estatuita que no se ensucia porque no se mueve. Cuando te enseñan a vivir triste, prueba la locura, niña. El dolor es una realidad que se debe afrontar cuando se presenta, no un valor sobre el cual edificar la vida. Sobre nuestras rentas infelices demasiados hombres han vivido de renta. La felicidad es el mayor desafío. ¿Quién cree ya que es una utopía? ( María Teresa D’Antea ) María Teresa d’Antea Y si queréis saber más sobre Pan y Rosas podéis abrir este enlace: PAN Y ROSAS ================================== Por último para las que estáis por «saliros de la fila» os dejo un enlace con : No me arrepiento de nada de Gioconda Belli http://salirsedelafila.wordpress.com/2009/02/08/no-me-arrepiento-de-nada/

 

Juego de Rol – LA HERMANA PEQUEÑA

Como siempre es bueno que para el juego de rol elijamos unas 8 personas lo que compensará los distintos tipos de actores y actrices que tenemos en la clase. En este caso al ser un rol familiar podemos completar fácilmente una familia estereotipada.

1.- Hermana pequeña

2.- Hermano mayor

3.- Madre

4.- Padre

5.- Abuela

6.- Abuelo

7.- Tía o tío que se encuentra de visita, normalmente afín a la parte
adolescente.

8.- Vecina o vecino muy cercano a la familia que pasa largos ratos en la casa familiar.

Vamos que si habéis leído Manolito Gafotas es lo más parecido a una familia tipo ”Carabanchel Alto” (justo al lado de mi barrio de Aluche en Madrid).

Como ya habremos realizado algún juego de rol en esta ocasión vamos a pedir que actúe absolutamente toda la clase. Para ello dividimos la clase en 4 grupos y adjudicamos los roles eligiendo papelitos que no se podrán cambiar. Tomamos nota de quién es quién y comienza el tiempo de preparación.

Podemos, si nos parece conveniente y suele serlo, escribir otros papelitos marcando los roles de cada miembro de la familia. No siempre funciona igual. Según nuestra experiencia unas veces nos alegramos de haberlo hecho y otras nos alegramos de no haberlo hecho. Dejamos a vuestra elección que decidáis si necesitan este pequeño empuje para que la actuación no sea opinión personal sino verdaderamente un rol claro que quieren interpretar.

Cuando están preparando el trabajo, si nos damos una vuelta por las grupos y preguntamos, veremos el grado de implicación de cada actor o actriz. Siempre estará la gente que no se atreve o no quiere decir nada. Incluso si este papel lo tiene un miembro importante no pasará nada. No se trata en ningún caso de forzar a nadie.

No más de 10 minutos es tiempo suficiente para la preparación. Sería bueno si pudiéramos tener dos actuaciones el primer día de este juego de rol. Tras cada actuación: evaluación. ¿Cómo nos hemos sentido actuando?. No debemos olvidar expresar nuestra visión positiva de toda la gente que ha participado y si cabe aún más de aquella gente que ha participado, aunque sea sólo un poquito, por primera vez.

¿Es la realidad tal y como la han interpretado? ¿Podríamos mejorar alguna cosa? ¿Qué nos ha podido faltar en este tipo de situación?

Llegados a este punto habréis notado que no hemos dicho nada más que el título del juego de rol. De eso se trata: ¿Cómo se ve a la hermana pequeña y adolescente? Eso es todo lo que diremos. Es la protagonista del juego. Ha de tener el papel principal y el debate familiar ha de ir en torno a los puntos que esa hermana plantee.

Si es necesario deberíamos dejar tiempo en una segunda sesión para que todos los grupos puedan actuar. Que nadie sienta que su preparación y su idea son excluídas porque en la próxima ocasión no se implicará para no volver a correr el mismo riesgo.

El «rendimiento escolar» o la trampa del elefante

Mª Ángeles Llorente Cortés – MRPs País Valencià

Publicado por otros colaboradores/as | 26 de noviembre de 2005
Deberíamos aclarar muy bien de qué estamos hablando cuándo hablamos de “rendimiento escolar”.

Cuando una se encuentra con estas dos palabras “Rendimento Escolar”, cuando menos le invade una cierta sensación de malestar . Sin duda sabemos muy bien lo que esconden detrás:

– Una concepción mercantilista del Sistema educativo frente a una concepción humanista de la Educación.

– Una percepción del alumnado del profesorado y del sistema educativo como productos en los que se invierte para que sea rentables.

– Una concepción del saber basada en aprendizajes conceptuales, memorísticos y sin relevancia alguna : la instrucción frente a la educación global de la persona.

– Una tendencia uniformizadora y terriblemente injusta que busca medir a todos/as( alumnado , profesorado, centros …) por el mismo rasero, sea cuál sea su nivel de partida.

– Una concepción que busca segregar a un amplio sector de alumnado , excluyendo cuanto antes del sistema a aquellos/as que, según ellos, han fracasado, suspendido o no quieren aprender lo que las editoriales han decidido que tienen que aprender.

– Una tendencia clara a culpabilizar al alumno/a porque no se esfuerza y al profesor/a porque es un vago, no se forma, no trabaja lo suficiente o no es lo bastante autoritario.

– Un intento, en definitiva, de utilizar el “rendimiento escolar” como índice para valorar la calidad de los sistemas educativos, sin tener en cuenta otros factores mucho más relevantes como la estructura del sistema, los contenidos excesivos, la excesiva fragmentación curricular, la consideración del profesorado, los sistemas de acceso, la formación docente , la tipología del alumnado, los recursos con los que se cuenta, la inversión en educación, la falta de democracia en los centros, etc.

Y es que deberíamos aclarar muy bien de qué estamos hablando cuándo hablamos de “rendimiento escolar”. Las personas que estamos a diario en la escuela, trabajando con los alumnos/as y con sus familias, y que ya hace años que practicamos una evaluación continua, formativa y orientadora no sólo del alumno/a , sino de todo el proceso, sabemos que una cosa son las calificaciones que obtiene el alumno/a y otra su rendimiento. Vemos a diario como alumnos/as con necesidades educativas especiales, con problemas de aprendizaje concretos, con problemas de desescolarización o escolarización tardia, con problemas familiares…, por mucho que esfuercen dificilmente alcanzarán lo que se llaman “niveles mínimos” en el periodo de su escolarización obligatoria. Estos niños/as tienen un rendimiento excelente en función de su situación de partida y de sus posiblidades, porque se esfuerzan con ahínco para mejorar ; pero claro, esto no ocupa, ni preocupa a los expertos, inspectores/as teóricos de la Administración o políticos incapaces que se dedican a medir el rendimiento de los niños y niñas como si de máquinas de coser fabricadas en serie se tratase.

Y es que algunas personas deberían aclararnos cómo se puede medir el nivel de socialización que los niños y las niñas adquieren en los Centros, cómo miden el amplio abanico de valores que se transmiten en la escuela, cómo miden el esfuerzo que cada niño/a ha realizado para saber lo que sabe (eso suponiendo que se pueda medir lo que alguien aprende con una prueba de 10 páginas manuscritas). También deberían aclararnos como miden el esfuerzo que desarrollan los maestros/as para atender a todos y cada uno de sus alumnos/as y conseguir que cada día sepan algo más, y formen su personalidad, y aprendar a resolver los conflictos de forma pacífica y se acostumbren a participar democráticamente respetando opiniones, guardando turnos de palabra, y aprendan matemátticas , y a leer y entender un texto y ciencias de la nautaleza y educación vial y así sucesivamente

¿Se ha preguntado alguien cómo podemos en las escuelas tratar con profundidad y relevancia todos los contenidos de cada una de las áreas que integran el currículum de la enseñanza obligatoria?. ¿A alguien le preocupa cómo podemos acercar a nuestros alumnos a los saberes relevantes con un curriculum parcelado en asignaturas inconexas entre sí que poco tienen que ver con los problemas que van a tener que resolver en el mundo real?.

Es curioso que todas las leyes educativas y muchísismos de los libros que los más eminentes pedagogos y estudiosos de la educación se propugnen objetivos educativos de gran calado para después despachar sobre si los han conseguido o no , haciendo pruebas a los niños/as sobre lectura escritura y operaciones básicas y cuatro contenidos socionaturales de carácter meramente memorístico. Y eso sí, para todos los centros las mismas pruebas , sean centros privados de élite, centros privados concertados que seleccionan a su alumnado o centros públicos abarrotados de población desfavorecida…..!A eso se le llama hacer una evaluación cualitativa, de calidad y justa!

Creo que ya es hora de hablar de qué problemas reales tenemos en los centros y de cómo podemos solucionarlos. Todos los maestros y maestras de este país estaremos encantados de colaborar en un análisis de la situación que permita mejorar el Sistema educativo (de hecho llevamos años haciéndolo). Estaremos encantados de buscar estrategias para mejorar nuestras prácticas y de que de una vez por todas empiecen a abordarse los males endémicos que lo aquejan. Hay que mejorar el Sistema Educativo, sin duda.

Para ello en primer lugar, es necesario hacer un buen diagnóstico, determinar cuáles son los problemas fundamentales, con rigor, con seriedad y con voluntad de solucionarlos. Intentraré enumerar algunos de ellos:

– La organización social es injusta y genera desigualdades. Los niños/as llegan a la escuela todos diversos/as y algunos/as desiguales. La escuela por si sóla no puede compensar las desigualdades que la sociedad genera. Es imposible que en el mismo tiempo dos alumnos/as con desigualdes fuertes alcancen niveles de conocimientos similares. Por tanto tendrá que ser la sociedad entera la que genere mecanismos para favorecer la escolarización temprana de los grupos más desfavorecidos, tendrá que ser la Administración Educativa la que proporcione a los Centros recursos humanos y materiales para acoger al alumnado inmigrante, de minorías étnicas , de grupos sociales desfavorecidos..etc. También se deberán programar otros espacios fuera del horario lectivo común para que determinados alumnos/as completen su formación.

– El profesorado debe recuperar la voz y la palabra en la escuela. Debe atreverse a seleccionar aquellos contenidos más adecuados para trabajar con su alumnado y debe planificar su manera de trabajo. Ha de potenciar en el alumnado el gusto por saber , por aprender, Ha de diversificar los materiales con los que trabaja y huir del libro de texto que uniformiza y no permite atender a la diversidad del alumnado. Para eso necesitamos formación , pero formación de la buena. Una formación que parta de nuestras necesidades y que realicemos con nuestros compañeros/as , en nuestos centros. Una formación que una teoría y práctica . Una formación que precisa de tiempos y de espacios, que en la actualidad nos han secuestrado. Y necesitamos medios : medios materiales y humanos .

– La dirección de los Centros Escolares no puede ser un modelo profesional excluyente de “Cuerpo de Directores”. Un centro para que ofrezca una enseñanza de calidad , tiene que ser un centro vivo , en el que se implique todo el profesorado, participen las familias y se dé protagonismo al alumnado. Para ello es necesario un Proyecto educativo común, del que todos/as se sientan parte y se corresponsabilicen en su desarrollo. Los que llevamos más de 25 años trabajando en centros públicos sabemos que un director/a puede pasar años sin introducir ni una sóla mejora en sus centro, viviendo en la inercia y en la rutina. La innovaciones metodológicas , los procesos de formación en Centros, los Proyectos de atención a la diversidad, las semanas culturales, y cualquier otra iniciativa que suponga una mejora real del sistema, requieren del compromiso de todo el profesorado , de la participación de las familias y de un clima que favorezca una implicación del propio alumnado en su proceso de aprendizaje. Y eso ningún director/a por muchos cursos de carácter tecnocrático, de inteligendia emocional o de marketing que haya cursado, podrá lograrlo, porque lo que un grupo de personas necesita para asumir la dirección de un Centro es ilusión , ganas , compromiso social , conocimiento de la realidad en la que se mueve y formación en la práctica cotidiana de coordinación y gestión de los centros. Sería mucho mejor potenciar las experiencias positivas de funcionamiento democrático que se están dando en muchos centros y contribuir a un análisis de las mismas, que permita extrapolar elementos transferibles a otras realidades. Promover el intercambio y facilitar la innovación serían dos condiciones cuando menos a tener en cuenta.

– El modelo social imperante basado en el consumismo salvaje, nos lleva a unas jornadas laborales larguísimas, que condicionan el tiempo que las familias pueden compartir con sus hijos/as para orientarles en su proceso educativo y para participar en las escuelas en actividades de formación sobre la educación de sus hijos/as. La familia tiene que recuperar el papel que le corresponde, no puede delegar sus funciones en la escuela. La sociedad debe hacer una reflexión responsable sobre los espacios y los tiempos escolares y sobre los espacios y los tiempos familiares. Un niño no debería permanecer en un Centro más de 8 horas diarias (Ese es el tiempo escolar de un niño/a que se queda en el comedor ) y eso ya es una barbaridad porque supone equiparar su jornada laboral a la de un adulto.

– Los medios de comunicación transmiten continuamente valores que la escuela debe combatir. Así, es frecuente que se centre el éxito en el aspecto físico más que en la capacidad intelectual, se exalta el negocio del deporte en lugar de promover su uso, vende comportamientos sociales basados en el griterío , el insulto y la descalificación permanente, se fomenta el consumo de productos basura ..etc. Y luego se pide a la escuela que eduque en salud, que prevenga la obesidad, que favorezca la tolerancia, que eduque en las buenas maneras…. En suma, en la escuela debemos combatir todo lo que fuera se empeñan en transmitir. Es una actitud tremendamente hipócrita que algún día convendrá plantearse con seriedad.

Es necesario propiciar en nuestra sociedad un debate serio sobre LA EDUCACIÓN, sobre cómo ésta contribuye a que cada una de las personas que conviven en ella sean conscientes de su propia historia de vida y aprendan estrategias para su emancipación. Una educación liberadora que ayude a las personas a comprenderse a sí mismas, a comprender a los demás y a participar activamente en la sociedad que les ha tocado vivir para mejorarla. Si queremos un mundo mejor para nuestros hijos/as tendremos que cambiar el discurso social dominante: frente a tanto individualismo , mejor la colaboración y la sociedad; frente a la competitividad salvaje, mejor derechos laborales e igualdad social; frente al libre mercado , mejor justicia social y solidaridad; frente el culto al cuerpo, mejor la persona y sus valores ; frente al entretenimiento vacio de contenido, mejor el placer de la cultura. Y como bien moral: frente a la pluralidad de centros, la pluralidad en los centros. Defendamos la educación como derecho humano y la escuela como servico público. La educación no es una mercancía, la escuela no debería ser un negocio.
Mª Ángeles Llorente Cortés.
Directora del C.P.Cervantes de Buñol (Valencia). .
Miembro de la federación de MRPs del País Valencià.

NOTA: Título sugerido por José Luis Espada i Sáez,profesor del C.P. Cervantes


Nota de EDUCARUECA:

Este artículo lo hemos encontrado en varios sitios.
Aquí os enlazamos dos, por si os interesan otros temas similares:

CRA ALTA RIBAGORZA

CONCEJO EDUCATIVO C y L

Libro – APRENDER A SER PERSONAS Y A CONVIVIR

Os recomendamos un libro que todavía no hemos leído. Cuando encontramos este texto nos sorprendió. Parecía escrito para describir EDUCARUECA. Utiliza en la presentación un lenguaje algo sexista pero suponemos que sólo es cosa de la editorial.

Si alguien nos puede contar algo más nos vendría fenomenal.

Gracias. Yolanda jb

APRENDER A SER PERSONAS Y A CONVIVIR. UN PROGRAMA PARA SECUNDARIA

Mª VICTORIA TRIANES – CARMEN FERNÁNDEZ FÍGARES

Resumen

La enseñanza secundaria obligatoria es, quizás, la etapa percibida con más problemas y desesperanza por parte del profesorado. Uno de estos problemas es, específicamente, la violencia en contextos escolares, que va incrementándose lenta pero inexorablemente en nuestros colegios e institutos en los últimos años. Dentro de esta problemática, el maltrato y la violencia contra compañeros -bullying- y las peleas entre compañeros -individualmente o en pandillas- son las categorías más frecuentes, aunque también aparecen comportamientos de vandalismo, mala educación y desplantes -cuando no enfrentamiento- hacia profesores e, incluso, episodios aislados de agresión. Frente a este estado de cosas, la intervención psicoeducativa, dirigida a mejorar las relaciones sociales y los climas de la clase y el centro, se ha mostrado como una eficaz arma de prevención de comportamientos violentos, así como un complemento enriquecedor de la educación, dirigido a formar personas socialmente hábiles, que aprendan comportamientos de trabajo en grupo, de voluntariado inducido, de mediación en conflictos, y otros orientados por valores de paz, cooperación y solidaridad. El programa que se presenta se enmarca en esta área de trabajo y contiene numerosas actividades diseñadas para conseguir objetivos que se articulan en cuatro módulos: potenciar la construcción personal en el alumno; mejorar la convivencia y cooperación en la clase; mejorar la convivencia en el centro y participar en la comunidad. Compagina unos sólidos marcos conceptuales con materiales prácticos que pueden ayudar al profesor tanto en el desarrollo de tutorías como en la docencia de las áreas transversales del currículum. Mª Victoria Trianes es profesora de la Universidad de Málaga, directora del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, autora de numerosos libros sobre esta temática. Carmen Fernández-Figarés es orientadora del IES «Victoria Kent» de Marbella. Ambas se dedican a la formación de profesores y al asesoramiento a grupos de trabajo en centros escolares, en conexión con la Administración educativa de Málaga, así como a dar a conocer estos materiales por todo el país.

ISBN 8433015621
Colección APRENDER A SER
Edición 1
Páginas 348 pág. 15X21
Precio sin IVA 14,42
PVP 15