Libro – EL HAREN PEDAGÓGICO / Violencia y diferencial sexual en la escuela

VIOLENCIA Y DIFERENCIA SEXUAL EN LA ESCUELA

Autoras: Graciela Hernández Morales y Concepción Jaramillo Guijarro
Publicado en el libro El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar. Ed. Graò, Barcelona. 2000

Los seres humanos somos seres sociales, lo que viene a significar que comprendemos el mundo, damos forma a nuestras ideas, nos expresamos y existimos gracias a las relaciones que establecemos con otras personas. Esta necesidad primaria de relación es un hecho relevante al que no siempre se le presta la suficiente atención. Sin embargo, profundizar en él es fundamental para entender qué son y por qué se producen manifestaciones violentas, así como para valorar aquellas prácticas que de un modo u otro las hacen impensables (Rivera, 1998).

La relación implica intercambio. Para que el intercambio sea posible es necesaria cierta disposición para escuchar y atender lo que otras u otros tienen por decir y aportar; así como cierta capacidad para expresar lo que se quiere, se es, se piensa y se siente.

Relacionarse implica también conflicto, porque en el intercambio se ponen en juego formas diversas de posicionarse ante las cosas y el mundo, las cuales, con mucha frecuencia, no son coincidentes. Los conflictos no conllevan necesariamente confrontación o enfrentamiento, sino que nos dan cuenta de la existencia de palabras, deseos y experiencias diversas que necesitan de mediación para que puedan ser dichas, escuchadas y reconocidas.

La búsqueda de mediaciones requiere partir de sí (Piussi y Bianchi, 1996), es decir, que cada cual hable desde su experiencia, se ponga en juego en primera persona (Rivera, 1994), y preste atención, desde ahí, a lo que el otro o la otra aportan. Significa también la voluntad de tender puentes con el fin de hacer comprensibles las diferencias, no para llegar a consensos o para que lo más conflictivo se calle, sino para que las relaciones se puedan dar sin miedos o cortapisas.

Detrás de cada manifestación de violencia hay siempre un conflicto provocado por las diferencias: diferentes opiniones, valores, aspecto, cultura, raza, origen, sexo, forma de estar, de vivir, etc. El conflicto provocado por las diferencias se convierte en violencia cuando hay personas que las interpretan, no como una riqueza, sino como una expresión de inferioridad de “lo otro”. El origen de la violencia es, pues, la incapacidad de reconocer al otro o a la otra. Este sentimiento lleva a vivir las diferencias como una amenaza, un estorbo o un motivo de inquietud y sus consecuencias van desde la ignorancia o negación de las otras personas, hasta la infravaloración o la exclusión mediante formas diversas, entre las cuales, la agresión física es la más extrema. (Jaramillo 1999).

Debido a algunos cambios sociales recientes (la llegada y el asentamiento de personas procedentes de otros países) y a los cambios de la propia escuela (el paso de la escuela segregada a la mixta, la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los 16 años, la integración en los centros de alumnas y alumnos con necesidades educativas especiales), en ella hoy conviven alumnos y alumnas entre los que hay una gran disparidad. A la diversidad de procedencias, culturas, situación económica, social y personal, hay que sumar la propia de un espacio social en el que conviven diferentes generaciones: personas adultas, niñas, niños y jóvenes.

Todas estas circunstancias hacen de la escuela un espacio que se caracteriza por la heterogeneidad de quienes lo habitan. Un espacio en el que se hace más necesario que nunca cuidar las relaciones con el fin de que las diferencias sean una riqueza, una ocasión para el intercambio y el aprendizaje mutuo y, por el contrario, no se vivan como algo que dificulta la labor del profesorado y, en general, la vida escolar.

Violencia sexuada

La interpretación jerárquica de las diferencias y la aceptación de la violencia como un método legítimo para resolver los conflictos que éstas provocan, tiene su origen en la dificultad de reconocer la primera de las diferencias que viene dada en el mundo, que es la diferencia sexual. Una parte importante de nuestra tradición cultural ha pretendido silenciar esta diferencia al reconocer sólo la existencia de un sujeto “neutro”, sin sexo, desde el que se ha definido la categoría de lo humano. Pero hoy sabemos que este sujeto no es asexuado porque esa definición de lo humano sólo ha contemplado la experiencia masculina del mundo. Un mundo que incluye también a las mujeres, pero no como personas que tienen su propia experiencia, sino como una parte de él que no tiene voz propia y que, por tanto, tiene que ser definida por otros. (Sau, 1986).

La incapacidad de reconocer a las mujeres como sujetos que pueden decirse y decir el mundo desde su experiencia, las ha situado en el lugar de “lo otro” inferior, complementario o subordinado y, en lecturas más recientes, igual. (Diótima, 1996). Desde ese neutro-maculino se ha construido un orden simbólico y social patriarcal que acepta la violencia como medio para resolver posibles conflictos provocados, ya no sólo por la diferencia sexual, sino por cualquier otro tipo de diferencias. Una violencia que se manifiesta de modos muy diversos que van desde la exclusión hasta la agresión física, pasando por todas y cada una de las formas de discriminación que conocemos.

Por eso, se puede afirmar que la violencia no es neutra sino que es sexuada, de sexo masculino (Instituto de la Mujer, 1998), porque en su origen está la incapacidad de reconocer la primera diferencia (el otro sexo). Esto no quiere decir que la violencia esté determinada biológicamente, pero si que está unida a la experiencia histórica de los hombres y a su manera de relacionarse con las diferencias.

Quien usa la violencia instrumentaliza las relaciones, usa a las personas para alcanzar determinados fines o logros, sin prestar atención a las necesidades ajenas, sin importarle demasiado el proceso para lograr lo que pretende. Entiende, además, que quien más tiene y más poder ostenta, más vale. Por eso, la violencia tiene que ver con el poder, en tanto que conlleva jerarquía y dominio. Para quien lo tiene es una forma de mantenerlo e incrementarlo, para quien no lo tiene es un modo de hacerse valer, hacerse escuchar y lograr cierto control sobre otras personas.

En definitiva, “ejercer violencia es imponer pensamientos o valores con la fuerza, es hacerse valer con el miedo, es no entrar a dialogar, es excluir e infravalorar todo lo que pone en cuestión el poder de quien la pone en marcha y la utiliza.” (Instituto de la Mujer, 1998).

La vinculación de la masculinidad con la violencia no forma parte sólo del pasado. Desde el punto de vista educativo, es preciso profundizar en las razones por las que niñas y niños, aún siendo socializados y educados en contextos familiares, escolares y sociales comunes, tienen actitudes y comportamientos significativamente distintos en su relación con las diferencias. (Miedzian, 1995)

En la vida escolar seguimos encontrando expresiones de violencia originadas por la dificultad de los niños de reconocer la diferencia sexual. A través de muchos mecanismos, y no sólo en la escuela, aprenden que la diferencia de los sexos no es realmente de los sexos, sino que las diferentes son las niñas, mientras que los “normales”son ellos. Con este aprendizaje, muchos creen que pueden hacer comentarios de todo tipo, incluida la burla, sobre el cuerpo de las niñas, o que pueden subirles la falda o tocarlas sin su permiso. Pero a muchas de estas situaciones se les resta importancia o se las interpreta como fruto de una curiosidad natural. De este modo se normalizan actitudes y comportamientos que significan violencia hacia ellas y, en general, hacia las mujeres.

A los niños se les enseña todavía a no llorar, a ocultar sus sentimientos, su miedo o la propia vulnerabilidad y como consecuencia de ello, aprenden a utilizar la fuerza como medio para resolver frustraciones o conflictos y a poner en un segundo plano los sentimientos, las necesidades ajenas y las relaciones con otras personas. Su socialización y educación aún no ha superado un modelo de masculinidad que incluye como uno de sus referentes principales el culto y la fascinación por la fuerza y la pretensión de omnipotencia. Aprenden así una forma de relacionarse con “lo diferente” que no sólo no se cuestiona, sino que, en muchas ocasiones, les otorga reconocimiento y visibilidad. En este orden de cosas, es cada vez más frecuente ver niñas y chicas recurriendo a la violencia para hacerse escuchar, para dejar de ser las víctimas y para buscar ese reconocimiento.

Sin embargo, esta forma de ver la realidad, aunque ha impregnado gran parte de nuestra cultura y ha tenido mucha fuerza simbólica, nunca ha abarcado al conjunto de la experiencia humana; de hecho podemos observar que existen formas diversas de ser hombre y de ser mujer, unas más libres que otras y en contextos de mayor o menor justicia social. Junto a esto, está cada vez más extendida la idea de que es innecesario el uso de la violencia para que los hombres sean considerados «hombres de verdad». (Bonino, 1999).

El lenguaje de los derechos

Para hacer frente a la violencia en todas sus formas, nuestra sociedad ha creado el lenguaje de los derechos, el cual ha permitido evitar muchas discriminaciones al considerar a todas las personas iguales ante la ley. Sin embargo, los derechos no garantizan por sí mismos que las personas se reconozcan, se valoren, se escuchen y se expresen. Por otra parte, junto a su extensión a un número cada vez mayor de personas, se ha producido cierta confusión entre dos realidades bien distintas: «la igualdad de derechos» con «todas las personas son iguales».

Desde esa misma lógica, se confunde con cierta asiduidad “la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres” con “hombres y mujeres son iguales”. Lo primero tiene que ver con la necesidad de justicia social y de reconocer que unos y otras están capacitados para realizar las mismas tareas y ocupar los mismos espacios. Pero, detrás de lo segundo se suelen esconder ideas difusas que no siempre se corresponden con lo real. (Mañeru et al., 1996)

Por ejemplo, la afirmación “hombres y mujeres son iguales” sirve para no reconocer abiertamente que la violencia es un patrimonio más masculino que femenino, o para que este hecho pase desapercibido o no se considere significativo. Incluso tratándose de formas de violencia que tienen como protagonistas siempre a hombres y cómo víctimas siempre a mujeres, pocas veces se habla de violencia masculina o de violencia contra las mujeres, tal y como sería de esperar. Lo que suele suceder, más bien, es un acercamiento a estas situaciones como si fueran neutrales, acuñando términos que evitan relacionarlas con uno u otro sexo.

Con cierta frecuencia, cuando se dice que “hombres y mujeres son iguales” se está diciendo realmente que las mujeres han de ser iguales a los hombres, han de asumir sus actitudes y valores para tener el mismo reconocimiento social. Todo ello contribuye, por un lado, a invisibilizar a las mujeres o a hacerlas visibles sólo en la medida en que son discriminadas, oprimidas o víctimas; y por otro, a mantener intacto ese referente neutro-masculino al que nos hemos referido antes. Esta no es una cuestión baladí, ya que se ha escrito mucha historia, se ha hecho mucha política y se han elaborado muchos criterios pedagógicos en función de esta premisa.

Cuando se analiza la violencia sin tener en cuenta la diferencia sexual, se deja en la insignificancia la experiencia histórica de las mujeres que nos habla, no sólo de aceptar, sino de reconocer “lo otro” diferente, utilizando para ello la relación y la mediación de la palabra. Una práctica de las relaciones que hace civilización porque es lo que nos permite vivir humanamente (Librería de Mujeres de Milán, 1996). A través de esta experiencia, muchas mujeres han aprendido la importancia de prestar atención y cuidar a las demás personas y también la necesidad de exteriorizar los sentimientos, de reconocer los miedos y limitaciones, aceptando lo que nos caracteriza como seres humanos (hombres y mujeres): la necesidad de ir al encuentro del otro o de la otra para entrar en relación de intercambio, no porque seamos seres incompletos, sino porque somos seres carentes. (Jourdan, 2000).

Esto muestra la necesidad de dar relevancia a la disparidad humana para facilitar que cada cual, sea mujer u hombre, hable desde su experiencia, porque éste es el único camino para reconocerse y expresar deseos propios, sin necesidad de acatar, sin más, las expectativas impuestas. Sin esta práctica, no es posible ver todas las dimensiones de cada conflicto. Para que éstos salgan a la luz de un modo no destructivo es necesario ir más allá de un “te escucho porque te respeto o porque tienes derecho a que se te escuche” para llegar a un “qué podemos hacer tú y yo, qué acuerdos y qué mediaciones necesitamos, para que nuestra disparidad no sea un obstáculo sino una fuente de aprendizaje, de reflexión, de transformación”. O sea, abrirlos y hacerlos circular en su raíz, en la relación.

Prácticas que previenen la violencia

En las primeras etapas de la educación obligatoria, en las que hay más maestras que maestros, se tiende a aplicar un modelo educativo que valora al alumno o a la alumna en su totalidad, intentando no separar ni jerarquizar los aprendizajes cognitivos e intelectuales de los afectivos, físicos y relacionales. De esta manera, se presta también más atención a la particularidad y por ello se acepta con más facilidad la diversidad que existe entre el alumnado, fomentando y potenciando las relaciones entre escolares que ayudan no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas. Porque al aceptar la particularidad, se acepta también que no hay un modelo de “normalidad” al que aspirar o parecerse y las diferencias no se jerarquizan.

Este modelo educativo tiende a ir perdiendo relevancia al llegar a la secundaria, etapa en la que se convierte en prioridad la transmisión de conocimientos académicos. El profesor o profesora deja de tener una función educadora para tener una función docente y el alumno o la alumna dejan de ser considerados en su totalidad y en su particularidad para valorar principalmente su interés, su motivación y su capacidad para el aprendizaje de las materias que se enseñan. En este modelo, la diversidad se convierte en un problema porque se espera del alumnado una respuesta única: que se interese por el estudio, y quienes no muestran este interés (generalmente más alumnos que alumnas) se convierten con mucha facilidad en “conflictivos”. Los aspectos relacionales de la enseñanza pasan así a formar parte del currículum oculto y en lugar de potenciar y fomentar el intercambio, la relación, la convivencia, se considera necesario regular la vida escolar a través de normas y reglas generales para mantener un cierto orden que garantice a los centros cumplir con la que se considera su misión principal: la transmisión de conocimientos.

Este tránsito de la educación a la enseñanza, del magisterio a la docencia, significa no sólo un cambio en los objetivos y contenidos, sino un cambio en las prácticas educativas que se desplazan desde la lógica de la autoridad, hacia la lógica del poder. La distinción entre poder y autoridad es muy útil, aunque a veces resulte difícil hacerla porque el simbólico del poder ha tendido a confundirlas.

En la educación, la autoridad hace referencia a la capacidad que el profesorado tiene de enseñar. Y esta capacidad depende de su competencia académica, pero sobre todo de su disponibilidad para ponerse en relación con las alumnas y los alumnos y de que ellas y ellos le reconozcan como una persona de la que pueden aprender. Es esta autoridad la que permite enseñar y aprender, mientras que el poder sirve para aprobar y suspender, pero no necesariamente supone un intercambio de conocimiento o un aprendizaje (Jourdan, 1998).

La práctica de la autoridad otorga más recursos para resolver los posibles problemas de la disparidad y está al alcance de todas las personas, tengan o no poder (no por casualidad fue reinventada por las mujeres). No se trata de una práctica nueva porque está y siempre ha estado principalmente en la experiencia de mujeres enseñantes. Pero como tantas otras experiencias de las mujeres de ahora y de la historia no han sido recogidas y tenidas en cuenta. Lo nuevo, por tanto, es hablar de ellas, darles nombre y reconocer el valor pedagógico y transformador que tienen (Mañeru, 1997).

La escuela es un espacio social y de relación en el que, además de otros contenidos escolares más o menos académicos, se aprenden fundamentalmente formas de estar, de comportarse y de relacionarse con las demás personas. Prevenir la violencia en la escuela contribuye a que la vida escolar sea fuente de bienestar para todas y todos. Además, también proporciona a las alumnas y a los alumnos una experiencia de relación que tiene una gran transcendencia en los demás espacios sociales en los que se desenvuelven en el presente y lo harán en el futuro.

El sentido común y la experiencia indican, que cuanto más en cuenta se tenga en la institución escolar la convivencia y las relaciones entre quienes la componen, más impensable será la violencia. Cuando analizamos situaciones de violencia en la escuela y en la vida social en general, nos damos cuenta que sólo podrían haberse evitado teniendo en cuenta las necesidades, los sentimientos, los deseos y las expectativas de las personas que las protagonizan. Y esto sólo puede hacerse a través de la escucha, la comunicación y el diálogo, es decir, mediante la relación que utiliza la palabra como mediación (y no la fuerza) y que tiene como fin el intercambio (y no la imposición). A continuación explicamos algunas de las dificultades que suelen presentarse en las relaciones que se dan en la comunidad escolar y algunas propuestas para mejorarlas.

Las relaciones con las familias

La presencia de padres y madres en la escuela es un hecho que, en determinadas circunstancias, permite al profesorado comprender mejor las necesidades, dificultades y estrategias a seguir con cada alumna o alumno. La propia LOGSE reconoce la importancia de la vinculación de las familias a la vida escolar y prevé fórmulas para que pueda darse.

Pero la ley no puede garantizar que la relación de madres y padres con la escuela se dé de forma fluida. A veces, para el profesorado, su presencia es más bien un estorbo, porque puede suponer más trabajo, o más dificultades. Así mismo, y quizás de modo contradictorio, su ausencia se considera falta de interés y un signo de despreocupación. Es como si no se supiera muy bien qué hacer con esa relación para que resulte provechosa.

Madres y padres, profesoras y profesores, cada cual con características propias, se dedican a la misma función social, la de educar y ayudar a crecer a niñas y niños. Esto, en lugar de ser considerado como una posibilidad real de intercambio, se vive a menudo de forma competitiva; y, entonces, la experiencia ajena no se ve como una fuente de aprendizajes y de nuevas preguntas que facilitan y estimulan el trabajo; es más, se la juzga desde una serie de criterios previos y ajenos a la propia relación.

No es extraño, por ejemplo, que cuando un profesor o profesora se coloca sólo como profesional de la enseñanza, considere que su formación avala su palabra y su saber, y que un padre o una madre sin la misma formación carece de la autoridad suficiente para poner en cuestión lo que se hace o se deja de hacer en el aula. Este planteamiento lleva a pensar que la participación de madres y padres debe consistir en recibir información y escuchar las recomendaciones que les da el profesorado. En esta concepción, las propuestas e iniciativas de las familias no tienen cabida y se quedan sin espacio para poner en juego en el ámbito escolar aquello que saben.

Del mismo modo, es más o menos común, que padres y madres consideren que su participación en la escuela ha de consistir básicamente en presionar para que se eduque adecuadamente a sus hijos e hijas. Detrás de esta actitud suele haber desconfianza o temor ante los modos de hacer de la escuela, lo que se traduce a veces en exigencias y en una necesidad de supervisar el trabajo del profesorado. Desde ahí se tiende a hacer juicios teniendo más en cuenta lo que otros y otras comentan que lo que cada profesor y cada profesora tienen por decir.

Así mismo, tanto las familias como el profesorado no sienten reconocida socialmente su labor, a la vez que perciben cierto desbordamiento por un exceso de exigencias, ya que observan como gran parte de la sociedad les pide que resuelvan el conjunto de los problemas existentes. Pero esta situación no les lleva necesariamente a la complicidad, más bien al contrario, a veces, reproducen esta falta de reconocimiento. De este modo, las familias se convierten para las escuelas y viceversa, en una especie de chivo expiatorio, un lugar donde encontrar las causas de los problemas y al cual exigir que se pongan medidas efectivas que los resuelvan.

En definitiva, cuando todo esto ocurre, en el lugar de la escucha, del apoyo mutuo, de la búsqueda de estrategias conjuntas, se sobreponen las criticas, las exigencias, e incluso el silencio. Lo que produce, además, que se escondan los miedos, dificultades y en ocasiones aquello que se sabe. En ese contexto no es extraño que el interés por las notas o los contenidos académicos a impartir cobren protagonismo sobre otros aspectos educativos.

Junto a esto, es significativo el hecho de que son más madres que padres quienes acuden a los centros educativos, y quienes muestran mayor interés. Aunque los padres asumen cada vez más responsabilidades, siguen siendo ellas quienes de modo predominante se hacen cargo de esta función.

Con todo, se responsabiliza fundamentalmente a las madres de las conductas violentas o las malas notas del alumnado, incluso se las llega a culpabilizar por realizar otras actividades y desarrollar otros aspectos en sus vidas al margen de la maternidad. Este tipo de actitudes está vinculado en el fondo, con un modelo idealizado de madre que circula en la sociedad con mucha fuerza y que no se corresponde con lo que ellas, en lo concreto, viven y sienten. Por otra parte, la menor implicación, desinterés o ausencia paterna no se cuestiona con la misma fuerza y, en ocasiones, es incluso asumida y aceptada.

Este modo de valorar la figura materna y paterna minimiza las repercusiones negativas que tiene en chicos y chicas una relación deficitaria y, en ocasiones nula, con el padre; y no ayuda a que niños y niñas vean en sus madres una referencia positiva.

Es necesario, por lo tanto, desprenderse de prejuicios, interesarse por lo que cada madre o padre realmente aporta y necesita, y decir la verdad sobre lo que, como profesor o profesora, se hace, se sabe y se siente. Desde ahí es más fácil que la relación entre las familias y la escuela sea más real, abierta y fructífera.

Las relaciones entre el profesorado

En las relaciones entre el profesorado tampoco es fácil decir la verdad, o sea, aquello que realmente se siente, se sabe y se hace. Es común que en este tipo de interacciones se superpongan clasificaciones y baremos que vienen de fuera y que limitan la posibilidad de expresión y escucha, ya que no han sido elaboradas desde lo que cada cual realmente es, aporta y necesita.

Estas clasificaciones se expresan, por ejemplo, en el distanciamiento entre quienes llevan muchos años trabajando en la enseñanza y quienes inician esta andadura; también cuando distinciones como tener o no tener una licenciatura, tener o no tener una plaza fija, se convierten en un obstáculo para la relación. Por otro lado, tampoco es raro que en muchos claustros se formen bandos encontrados que, con cierta frecuencia, están vinculados en positivo o en negativo con el equipo directivo.

Todas estas clasificaciones se dan cuando los prejuicios, el prestigio o el dominio, se ponen por delante del intercambio y de la búsqueda de mediaciones; lo que siempre implica ciertas dosis de violencia. Violencia que se pone de manifiesto de formas diversas. Por ejemplo, cuando se presta menos atención a quien tiene menos formación, menos experiencia o menos edad; cuando no se apoya a quienes manifiestan tener problemas en el aula, o cuando no se facilita la creación de espacios para intercambiar experiencias (que no información). Y todas estas situaciones se producen entre personas que ocupan la misma posición dentro de la estructura escolar, es decir, que tienen el mismo poder. Lo que viene a significar que la distribución igualitaria de poder no facilita la interacción desde otro lugar, desde la autoridad (Jourdan, 1998).

Situarse en el poder supone también defenderse, lo que lleva a esconder o disfrazar lo que pasa en un aula como una manera de evitar interferencias y juicios por parte de los otros y las otras. De este modo, lo que pasa en cada clase no sale a la luz, impidiendo que las demás personas puedan conocer nuevas prácticas y aprender de ello.

Estas actitudes no implican sólo dificultad para ver en el otro o la otra una fuente de aprendizaje, sino algo más elemental: que cada profesor y profesora reconozca y dé nombre a sus propias dificultades, deseos, aciertos o frustraciones. Esto contribuye a la burocratización del trabajo, ya que a falta de una medida que proviene de la propia relación, los papeles y las medidas impuestas desde fuera ganan protagonismo.

Por lo tanto, para reconocer aquello que ya se sabe (Piussi y Bianchi,1996), para poder aprender con lo que el otro o la otra aporta y para poder dar una medida sensata a la acción educativa, es vital una relación de intercambio y colaboración. Y para ello no es necesario que todo el claustro esté de acuerdo en todo, o que todo el claustro trabaje conjuntamente en todo; basta con poder establecer una relación significativa con, al menos, un compañero o compañera. Una relación que permita actuar con medida, o sea, atendiendo a aquello que realmente se tiene y es viable, dejando de lado la sensación de que nada se puede hacer, o de que nunca se hace lo suficiente. Esto da energía e incentiva la creatividad, diluye el cansancio y la sensación de impotencia cuando las cosas se hacen difíciles o insostenibles en el aula y, sobre todo, no da cabida a la violencia.

Las relaciones entre el alumnado

Entre escolares se dan conflictos cuyo origen no está en la escuela sino que viene del exterior, como por ejemplo no aceptar a determinadas chicas o chicos porque su aspecto, su imagen, su origen, su cultura, su religión, etc., son diferentes de los de la mayoría. Este tipo de conflictos suele tener mucho que ver con ciertas modalidades de liderazgo que reproducen estereotipos vinculados a la masculinidad: el valor de la fuerza física, de la rebeldía, de la agresividad, del dominio sobre otras u otros. Y que a su vez van unidos a una falta de reconocimiento de aquellas personas a las que se considera diferentes y a las que se define sólo por negación, interpretando sus comportamientos o sus formas de ser en términos de debilidad, sumisión, vulnerabilidad.

En otros tiempos, este tipo de liderazgo era sólo admitido en chicos, pero hoy está disponible para todo aquel o aquella que acepte estos criterios como suyos; por eso no es difícil observar chicas que también se apuntan a este modelo y chicos que aún perteneciendo a minorías culturales o de otro tipo, son aceptados como líderes en el momento en que adoptan esos patrones de comportamiento.

Este estilo de liderazgo es, sigue siendo, reforzado de un modo u otro no sólo en la escuela sino en otros contextos sociales. Las formas en que se manifiesta son muy variadas: por ejemplo cuando a los chicos se les valora más cuanto más fuertes y más grandes son; cuando en las actividades físicas o deportivas se prefiere a éstos y se excluye a las chicas o a los que no dan la talla; cuando las ganas de estudiar y los buenos resultados académicos no son motivo de reconocimiento porque se interpretan como signo de sumisión; cuando no se valora a las chicas en su conjunto sino sólo por su atractivo sexual para los chicos; cuando no ir “a la moda” o distinguirse de la mayoría en el aspecto físico es un motivo de crítica o de no aceptación; cuando expresar los sentimientos se convierte en muestra de debilidad … Este tipo de actitudes, cuando llevan al liderazgo y al reconocimiento, acaban por convertir en “normal” aquello que no sólo no lo es (en el sentido estadístico), sino que no es deseable. Además, con ello se contribuye a alimentar sentimientos de superioridad, que son el origen de toda violencia.

Las relaciones con el alumnado

Las relaciones entre el profesorado y el alumnado son de una gran disparidad natural e institucional y oscilan siempre entre la autoridad y el poder (Jourdan, Clara, 1998). De esta disparidad surgen muchos conflictos. Uno de ellos es que, con cierta frecuencia, y especialmente en la educación secundaria, el alumnado no reconoce la autoridad del profesorado. Este suele ser un conflicto originado más por alumnos que por alumnas y se dirige más frecuentemente hacia profesoras. En él influyen varios factores, por un lado, que la educación es obligatoria y que hay muchos alumnos (más que alumnas) que están en la escuela sin querer estar; por otro, que la labor educativa, sigue siendo una labor poco reconocida socialmente, una falta de valoración que el alumnado también reproduce.

Estos conflictos, si no se prevén y si no se actúa sobre ellos, acaban expresándose y viviéndose de forma violenta. Y sus manifestaciones son muy diversas: enfrentamientos con el profesorado, comportamientos que molestan, “boicoteo” de las clases, acciones agresivas contra las instalaciones, que, en muchas ocasiones, sólo se atienden cuando ya es demasiado tarde.

Cuando surge este tipo de problemas, en muchas ocasiones se atribuyen a un exceso de confianza con el alumnado, a un no saberse imponer, acusaciones de las que las profesoras saben mucho. De este modo, se proponen soluciones como ser “más duro”, hacerles saber “quien manda”, es decir, utilizar el poder que todo profesor o profesora tiene. Sin embargo, es un hecho que el poder no resuelve este tipo de problemas, al contrario, genera más violencia.

Así sucede, por ejemplo, cuando se valora al alumnado sólo por sus resultados académicos y las notas se viven como una manera de premiar o castigar. También cuando ante alumnos y alumnas “conflictivos” (que no tienen interés en las clases o en el estudio o que crean problemas de disciplina) se interviene sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento, imponiendo normas generales o recurriendo a sanciones (expulsiones, “sermones”, amenazas…. ).

Estas respuestas de la institución, en lugar de solucionar los problemas, suelen ser generadoras de violencia y acaban afectando, de un modo u otro, a toda la comunidad escolar. Por un lado, son vividas por quienes las sufren como muestras de exclusión o falta de atención a sus intereses o necesidades (es decir, más violencia). Por otro, al ser normas impuestas, suelen alimentar la voluntad de transgredirlas o sentimientos de rebeldía que se dirigen no sólo hacia el profesorado o la institución, sino hacia el alumnado que no es “conflictivo” y que se ve obligado a aceptar una dinámica de funcionamiento que no le tiene en cuenta. Además, estas respuestas son poco educativas, en el sentido de que muestran la incapacidad de tratar los conflictos derivados de la diversidad.

Y así se producen paradojas muy significativas, por ejemplo hablar en clase de la importancia de valores como el respeto a las diferencias, la convivencia, la cooperación, etc., sin atender a lo que ocurre en la propia clase, convirtiendo los valores en una teoría más por aprender y dando lugar a que en el discurso se acepten actitudes que luego no se practican.

Esta confianza en el poder a la hora de regular la convivencia, no presta atención a otros modos de estar, de comportarse y de relacionarse que también están presentes en la escuela y que la experiencia muestra que son mucho más eficaces: la mediación en los conflictos, la cooperación, la relación, la escucha.

La labor educativa se hace siempre en relación; la atención, el cuidado y la promoción de las relaciones que se dan en clase forma parte del trabajo de enseñar. Los conflictos que aparecen en estas relaciones competen al profesorado, dado su papel mediador en todo lo que acontece en el aula. Por eso es imprescindible diagnosticar la composición del grupo-clase y prever las posibles dificultades de motivación, de relación y de integración que pueden darse en ese grupo. No es suficiente partir sólo de diagnósticos individuales o de posibles dificultades de aprendizaje, sino que hay que observar con detalle las relaciones que se dan en el aula, con el fin de facilitarlas. Sólo a través de ellas, las alumnas y los alumnos aprenden no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas.

Las primeras etapas en la formación de un grupo-clase son cruciales para fomentar las relaciones y afrontar los posibles problemas que puedan aparecer. De esta manera, se actúa desde el principio y no sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento o de disciplina, porque entonces ya sólo parece posible recurrir a sanciones. Fomentado y practicando las relaciones el alumnado puede desarrollar estrategias, recursos propios y buscar mediaciones para expresar sus necesidades y deseos. Y para ello, también es necesario que el profesorado sepa y quiera escuchar.

Si las alumnas y los alumnos tienen los recursos necesarios y la posibilidad de expresar sus necesidades (que nunca serán homogéneas, siempre serán diversas), entonces es posible “contratar” o “acordar” las normas de funcionamiento y convivencia, normas que regulen los límites y lo que no es tolerable. Y para ello hay que partir siempre de cada clase concreta porque sus circunstancias y su realidad cambian en el tiempo y de un aula a otra. De esta manera se facilita la escucha y la atención a las diferencias y no se ocultan los conflictos, sino que se habla de ellos. Esta forma de actuar enseña a las alumnas y a los alumnos a responsabilizarse de lo que ocurre en una clase y seguramente a rechazar la violencia como solución aceptable.

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Película – KRÁMPACK

Esta película de Cesc Gay nos traslada a un verano en la costa y a las relaciones y peripecias de Dani y Nico, compañeros de instituto, durante ese verano.

Dani y Nico viven, sienten y descubren muchas cosas, entre ellas, las relaciones sexuales. Relaciones sexuales entre hombres y mujeres y entre hombres. En fin, relaciones sexuales entre personas. Y esa es una de las mayores perlas de la cinta, enfocar la temática de la homosexualidad desde esta óptica absolutamente natural y sensata.

Esta película es una película sobre la adolescencia ante la amistad, el amor, la sexualidad… Es una película profunda, emocionante y bonita pero además exhala frescura, calor, alegría y esas ganas, muchas ganas de vivir y descubrir que tienen muchos y muchas adolescentes.

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Así opinaron en su página (que os recomendamos encarecidamente) jóvenes del TEB – Casalnet 2005. Un muy interesante proyecto de página con gente joven en el barrio del Raval en Barcelona. ¡¡¡Enhorabuena por vuestro trabajo!!!

El pasado lunes vimos la película krampack y alguna gente le gusto y otros no.

Sinopsis: Este verano será diferente para
Dani. Su familia se ha ido y él aprovecha la casa de la playa para pasar unos
días con su mejor amigo. A pesar de la vigilancia de la asistenta, y de la
profesora particular, los dos adolescentes se meterán de lleno en el cálido
ambiente estival.

http://bloc.ravalnet.org/joves/

http://php.ravalnet.org/ravalnet/

CARTA DE UNA MADRE

Queridos todos:

Me voy. Volveré cuando sepáis dónde están guardadas las bolas de naftalina, cuando nuestra casa ya no tenga secretos para ninguno de vosotros, cuando seáis capaces de descifrar los códigos de los botones de la lavadora, cuando logréis reprimir el impulso de llamarme a gritos si se acaba la pasta de dientes o el papel higiénico. Volveré cuando estéis dispuestos a llevar conmigo la corona de reina de la casa. Cuando no me necesitéis más que para compartir.

Ya sé que me echaréis de menos, estoy segura. También yo a vosotros, pero sólo desapareciendo podré rellenar los huecos que vuestro cariño me produce… Sólo podré estar segura de que verdaderamente me queréis cuando no tengáis necesidad de mí para comer o para vestiros o para lavaros o para encontrar las tijeras. Ya no quiero ser la reina de la casa, estoy harta, me he cansado de tan gran responsabilidad y he caído en la cuenta de que si sigo jugando el papel de madre súper no lograré inculcaros más que una mentalidad de súbditos. Y yo os quiero libres y moderadamente suficientes y autónomos.

Ya sé que vuestro comportamiento conmigo no es más que un dejarse llevar por mi rutina; también por eso quiero poner tierra por medio. Si me quedo, seguiré poniéndoos todo al alcance de la mano, jugando mi papel de omnipresente para que me queráis más.

Sí, para que me queráis más. Me he dado cuanta de que todo lo que hago es para que me queráis más, y eso me parece tan peligroso para vosotros como para mí. Es una trampa para todos.

Palabra de honor que no me voy por cansancio, aunque sea una lata dormirse todas las noches pensando en la comida del día siguiente y hacer la compra a salto de mata cuando vienes del trabajo y, a la larga, pesa mucho la manía de ver siempre un velo de polvo en los muebles cuando me siento un rato en el sofá, y la perenne atracción hacia la bayeta y la cera. Pero no es sólo por eso. No. Tampoco me voy porque esté harta de poner la lavadora mientras me desabrocho el abrigo ni porque quiera estar más libre para hacer carrera en mi trabajo. No. Hace ya mucho tiempo que tuve que elegir una perpetua interinidad en mi profesión porque no podía compatibilizar una mayor dedicación mental al trabajo profesional con la lista de la compra. Me voy para enseñaros a compartir, pero sobre todo me voy para ver si aprendo a delegar.

Porque si lo consigo, no volveré nunca más a sentirme culpable cuando no saquéis notas brillantes o cuando se quemen las lentejas o cuando alguno no tenga camisa planchada que ponerse.

La culpa de que sea imprescindible en casa es sólo mía, así que desapareciendo yo por unos días, os daréis cuenta vosotros de que la monarquía doméstica es fácilmente derrocable y quizá yo pueda aprender la humildad necesaria para ser, cuando vuelva, una más entre la plebe.

Cuando encontréis la naftalina no dejéis de avisarme. Seguro que para entonces yo también habré aprendido a no ser tan excesivamente buena. Puede ser que ese día no nos queramos más, pero seguro que nos querremos mejor.

Besos. Mamá.

C. de Santos – «Ser Humano»

FUENTE: CEIP San Walabonso

VISTO EN:
http://menendezypelayo.bitacoras.com

REFLEXIÓN SOBRE LA INUTILIDAD DE DAR PATADAS A UNA VERJA DELANTE DE LA SALA DE PROFESORES

Álvar es un alumno de 4º de ESO especializado en percusión. Una de sus aficiones favoritas es aporrear el pupitre logrando toda clase de ritmos, especialmente durante los primeros minutos de clase, hasta que el profesor le lanza una mirada asesina. Luego suele hundirse en la inactividad o en la charla continua, otra de sus aficiones. Hace unos días vimos a través de las ventanas de la sala de profesores a un tipo intentando saltar la valla que rodea el instituto. Era Álvar. Como no podía entrar, no se le ocurrió otra cosa que dar unas cuantas patadas contra el alambre, a ver si cedía, sin pensar que estaba actuando en directo para nosotros, los profes. Nunca habíamos visto un interés tan grande de un alumno por entrar en un centro educativo, lo que nos llenó de emoción. Pero, por otra parte, como dijo una compañera, quizá en lugar de premiar su insistencia habría que castigarle por intento de invasión. Al fin se impuso lo último, y se le expulsó del centro una corta temporada. Se nos pidió que le pusiéramos trabajos o actividades a realizar en su casa durante ese tiempo para que no confundiera un castigo con unas vacaciones. Cuando, como profesor suyo de Ética, me llegó el turno de imponerle alguna tarea, pensé en su continua charla en clase, en su molesta percusión compulsiva y en su abulia habitual, y decidí mandarle algo que parecía imposible: una reflexión de 70 líneas «sobre la inutilidad de dar patadas a una verja delante de la sala de profesores». Sonreí ante mis compañeros pensando que Álvar quedaría desbordado y sería totalmente incapaz de pasar de diez líneas, si es que hacía algo. Sin embargo, a los pocos días me entregó el siguiente trabajo, que a continuación transcribo. Como se verá, no puede no aprobar mi asignatura. Aún hoy ignoro cómo ha podido aprender ética, pero es un hecho que la ha aprendido. En mi vanidad, pienso que algo he tenido que ver. Él sabrá.

Luis Fernández-Castañeda

FUENTE:http://www.lacavernadeplaton.com/actividadesbis/patadas0304.htm

REFLEXIÓN SOBRE LA INUTILIDAD DE DAR PATADAS A UNA VERJA DELANTE DE LA SALA DE PROFESORES

La mañana empezó malamente. No sonó el despertador, y en medio de un sueño profundo y tranquilo escucho a mi madre: «rápido, que nos hemos quedado dormidos, levántate enseguida». Por supuesto no quedaba tiempo para desayunar. Así que después de gimnasia, a segunda hora, creo que no me sentí con ánimos de dar matemáticas; todavía no había desayunado, vaya, y nos saltamos la clase. ¿Qué tiene que ver con las patadas contra la verja? Cuando a la hora del recreo quisimos volver a entrar (yo había encargado un bollo en el bar del instituto), no se podía. No pensé en reglas, ni en dónde estaba la sala de profesores, sólo que si no recogía el bollo en el recreo me quedaría sin él.

Las patadas en la alambrada eran para ver qué fuerte era y si podía saltar por allí. Inútil, claro que era inútil, aunque no me hubieran llamado la atención; por allí no se podía saltar, la alambrada no se doblaba, mi desayuno se desvanecía. Decidí no darme por vencido, por fin encontré otro sitio donde entrar y recogí mi desayuno.

Que fue inútil que le diera las patadas, está claro. Y no sólo inútil, fue tonto. Tendría que haber previsto que eso llamaría la atención y que si luego entraba tendría problemas. Problemas en el cole (la expulsión, la primera en toda mi carrera escolar, no sin altibajos pero hasta ahora sin expulsiones), problemas en casa (he tenido que ir a trabajar con mi padre y encima hacer los deberes) y todo por una alambrada que se interponía entre mi bocadillo y yo. Encima hasta eso lo había liado yo saliendo del patio sin pensar en cómo volver a entrar. Además alguna otra vez había funcionado, pero entonces no era importante entrar durante el recreo porque no tenía hambre.

Simbólicamente podría pensar que dar una patada a algo es por un impulso agresivo o por una frustración. También sé que cualquier agresión normalmente provoca una defensa, aunque sea un colegio. Mi enfado con el colegio solamente ha provocado el «enfado» de éste conmigo. Es mejor adaptarse a las circunstancias (ser unos mandados), pero resulta que a los jóvenes nos cuesta mucho trabajo (también a algunos no tan jóvenes) actuar según unas órdenes dadas por personas de autoridad. Pero claro, se comprende que en cualquier sitio como un instituto donde hay mucha gente tiene que haber reglas, si no no habría convivencia.

Podemos hasta verlo en el ejemplo de la alambrada. Si todo alumno del instituto le diera una patada a la valla una vez al día, ésta no duraría ni tres, y esto sin contar con los profesores de la sala de profesores que tendrían que presenciarlo. Se tendrían que pasar el día regañando a los niños que dañan la propiedad escolar. Creo que hasta aquí pueden llegar mis reflexiones, ya me había dado cuenta antes de escribir esto que ese tipo de comportamiento no lleva a ninguna parte. Pero en esta vida se cometen fallos para aprender de ellos, si no cometiéramos errores no podríamos ni mejorar ni evolucionar. Visto así, mi comportamiento ante la valla delante de la sala de profesores ha sido un fallo del que puedo aprender. Si no hubiera sido delante de los profesores, no me hubieran llamado la atención y no hubiera podido aprender nada de este asunto.

Álvar Brune Schmitz

4ºA, IES. Mar de Alborán, Estepona, Málaga.

FUENTE: lacavernadeplaton.com

¡QUÉ BIEN VIVEN LOS MAESTROS!

Autor: Juan José Boyano, profesor de Historia del IES «Mar de Alborán» de Estepona (Málaga).

Los maestros constituyen una especie laboral cuyas excelencias nadie puede negar . Ni el más osado de los ciudadanos podría poner en duda que hoy, en nuestro país, decir maestro es decir buena vida. Intelectuales de tres al cuarto han querido cuestionar este principio básico de la sabiduría popular, pero han tenido que abandonar ante la evidencia de que los maestros, no sólo viven bien, sino que, a pesar de eso y por encima de eso, son culpables de muchos de los males de nuestra sociedad. Y a uno no le que queda más remedio que traer a la memoria, aunque con un sentido macabro, la frase bíblica: muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. Los maestros, seleccionados por un destino de privilegio divino, han llegado a donde están y… viven muy bien.

Son muchos los ejemplos con los que podríamos ilustrar este dogma de fe, pero para no extenderme demasiado, cojamos, al azar, un caso: el Instituto de Enseñanza Secundaria Mar de Alborán de Estepona (Málaga).

Hace tres años tenía alrededor de 800 alumnos. La población estudiantil de la localidad crecía y era necesaria una respuesta rápida e inteligente. Los de arriba – ¿los dioses? pregunta mi hijo de 9 años cuando hablo del tema – tenían las cosas claras. Palabrería de mercadillo la de quienes, en nombre de la pedagogía, decían que la masificación es el primer motivo para la proliferación de conflictos.¿Hacer un nuevo instituto y crear dos unidades desmasificadas?. No. Hacer más grande el centro docente que existía incorporando un colegio de enseñanza primaria con 20 años de antigüedad. Por algo estamos donde estamos en el ranking mundial de asuntos de enseñanza.¿Dónde se ha visto que, en educación; los criterios psicopedagógicos estén por encima de los económicos y políticos?. Y todo ¿por qué?. Porque se pretendía que el maestro viviera mejor aún, con más compañeros con los que alternar y disfrutando de esa alegría que da la juventud revoloteando a su alrededor, en numero de 32 o 33 por aula. Eso se llama calidad de vida para el maestro y, por supuesto como segundo objetivo , calidad de servicio para los alumnos.

Pero no hay que establecer límites estrictos.En el curso 2004-2005 se observó con cierta inquietud que el centro de enseñanza existente era pequeño paras las demandas de felicidad del profesorado e inmediatamente los de arriba – ¡qué sabio es mi hijo! – se pusieron manos a la obra y proyectaron la ampliación del instituto existente.Con suerte nos acercaríamos alos 1300 alumnos sin contar los casi 100 profesores que veían como su bienestar crecía al mismo ritmo que crecían sus salarios. Glorioso: había que hacer un módulo más. ¿Cuándo se realizarían las obras?. En verano por supuesto, para no turbar la placentera quietud del maestro y la armónica relación con sus 33 alumnos por aula. Por avatares de un cruel destino que sólo los de arriba conocen, las obras comenzaron en pleno curso escolar. Aún así, el bienestar llegó a cotas indescriptibles: la tecnología de la construcción ( excavadoras, perforadoras, camiones, gruas sobre las cabezas)en delicada armonía con las clases de Matemáticas, Historia o Seguridad en el Trabajo.

Y la cafetería se hundió. Fue un imprevisto.¿Quién lo iba a sospechar estando como estaban todos en sus asuntos?¿Cómo es que el maestro que tanto sabe porque ha estudiado no lo advirtió?. Porque vive muy bien.Porque su bienestar le nubla los sentidos y, a veces, no atiende a sus responsabilidades; como cuando pretende enseñar una asignatura y se desentiende de educar a los 33 alunos que tiene por aula, argumentando – ignorante él – que esa es tarea de la familia. Son despistes, porque una cosa es vivir bien y otra muy distinta eludir las responsabilidad de su puesto de trabajo.

O tal vez, el maestro lo sabía todo y en un acto de debilidad, dejo pasar los acontecimientos para así tener más vacaciones, porque en esos días sin clase, como en tantos otros días, el maestro no hacía nada.

¿Para comienzos del curso 2005-2006, las obras terminadas?. Los de arriba – ¡qué sabios son los dioses! – planificaban por encima de nuestra ignorancia. Las obras continuaban, no había aulas para todos los alumnos, y algunas clases tendrían que trasladarse a la tarde. En 5 días los maestros que mejor viven de todos, que son los que mandan (el director y los jefes de estudios) tenían que hacer un horario partido para 1300 alumnos y casi 100 profesores. ¿Quién les iba a decir a ellos que iban a tener la oportunidad de estar hasta altas horas de la madrugada fuera de sus hogares, en una pura juerga?.Y, además, de añadido recibirían alabanzas, reconocimientos, honores y vítores por parte de compañeros – encantados todos con sus horarios -, alumnos – exultantes por acudir a clase hasta las 10 de la noche – y padres – que no podían entender con qué sobrenatural maestría habían conseguido en tan poco tiempo poner en marcha un nuevo curso – . Y esta vez, los de arriba quisieron quedarse en un segundo plano. Todos los honores para los maestros que, sin apenas proponérselo, ahora vivían todavía mejor porque podrían contemplar tanto los hermosos amaneceres, como las sobrecogedoras puestas de sol, acompañados de sus alumnos.

Las clases comenzaron cuando tenían que comenzar, porque para eso los de arriba son muy suyos y la normalidad debe anteponerse a la buena vida del maestro. La normalidad tiene muchas caras, pero, al fin y al cabo, normalidad es que los cables cuelguen de los techos o se arrastren a montones por los suelos; normalidad es que se tenga que hacer un pequeño receso en el relato de la Revolución Industrial porque en ese preciso momento el obrero de la construccion de turno ataca el alicatado de unos antiguos servicios a los que hay que reconvertir rápidamente en aula; normalidad es que el maestro y la maestra no tengan un aseo; normalidad es que no haya agua ni cafetería – se derrumbó ¿recuerdan? -. La normalidad tiene muchas caras. ¿Acaso no es normal que cuando todo está como está – estupéndamente, por supuesto – se tenga la suerte de recibir la dotación propia de la condición de centro TIC – Tecnologias de la Información y la Comunicación-¿. En un arrebato sólo comparable a la ceremonia de ofrenda floral que se celebraba en los lejanos meses de mayo de nuestra historia, deambulaban por los pasillos, mesas incontables, armarios mil, alumnos que no sabían donde estaba su servicio reconvertido en aula, cientos de ordenadores que luego no podían instalarse por falta de suministros (cables, enchufes, digo yo) y maestros disfrutando de esas pequeñas nuevas alegrías y sorpresas que cada día les deparaba.
Si eso no es vivir bien, que vengan los de arriba y lo vean.

Pero la monotonía se estaba adueñando de este Instituto proyectado para el bien vivir. Por manos del destino se consiguió superar ese pequeño escollo de aburrida normalidad y pronto llegaron novedades: tuberías rotas, humedades subterráneas, viguetas dañadas.Lo que haga falta para animar la fiesta que estaba decayendo.
Ahora hay que irse a otro Instituto en horario de tarde. Dicen que para poco tiempo, pero hay que confiar en que falle la proverbial seriedad de los responsables de la construcción y de las reparaciones, porque los maestros que mandan – que ahora tienen que tirar a la basura lo que hicieron en los 5 días de juerga hasta altas horas de la madrugada, y deben hacer un nuevo horario para 1300 alumnos y casi 100 profesores en tres días – y los que no mandan – que plantearon su asignatura para una enseñanza con ordenadores, y ahora no tienen ni taquilla propia donde guardar sus papeles -, todos ellos son felices. Y son felices porque viven bien.

Sólo falta que a nadie se le ocurra pedir responsabilidades, porque de ser así, todas ellas irían para los maestros que, pensando sólo en su bienestar, en sus vacaciones y en su sueldo de alto ejecutivo, han provocado estas pequeñas incomodidades en un alarde de ansiedad hedonista.Queden las cosas así.
Si alguien por la calle, se cruza con un maestro y le lanza una mirada cuanto menos desafiante, está en su derecho, todo hay que decirlo, porque los maestros y sólo los maestros son los que han desbaratado los sabios planes de los de arriba – los dioses de mi hijo – .Tal vez no era su intención, pero están acostumbrados a vivir bien.
De cualquier modo opino que los dioses deben estar locos para dejar que los maestros vivan tan bien.

FUENTE: lacavernadeplaton.com

Octubre de 2005.

Dinámica – 120 MILLONES DE NIÑxS INVISIBLES

120 millones de menores no están escolarizadXs

2/3 son niñas

Les pedimos que analicen los datos que les hemos dado desde perspectivas matemáticas.

¿Y ahora qué? Escuchamos muy brevemente, y sin entrar a debatir, alguna de las ideas que estos dos datos les han sugerido.

Dividimos la clase en dos grupos:

GRUPO 1: están escolarizadXs

GRUPO 2: no están escolarizadXs

El grupo 1 se divide en grupos de cuatro o cinco personas. Cada grupo busca el mayor número de pequeños movimientos que podemos hacer para que este dato cambie. Empezamos desde lo más elemental que puede ser llegar a casa y compartir el dato con nuestra madre, padre, vecina o quien encontremos a la hora de comprar el pan…

Cuantas más acciones encontremos en las que podemos intervenir directamente mayor seguridad tendremos de que algo se está moviendo para cambiar las cosas.

Podemos ir subiendo la edad y ver qué intervenciones pueden hacer las personas con unos pocos más años de los que tiene la gente que forma ese aula-grupo y así hasta que lleguemos a abuelos y abuelas.

El grupo 2 también se divide en grupos de cuatro o cinco personas: Van a recoger datos para elaborar un comunicado conjunto que explique el por qué de su situación y propuestas para salir de ella.

¿Sabe alguien por qué son muchas más las niñas no escolarizadas que los niños?

La esperanza de vida en la mayor parte de los países que viven esta situación se encuentra entre los 35 y los 45 años.

FUENTE de los datos: http://www.enredate.org/letras/

Recursos y materiales de UNICEF: https://www.unicef.es/educa/biblioteca

Libro – Por la Paz: ¡NO a la investigación militar! Sobre la militarización de la ciencia y algunas de sus alternativas

« Hoy, 15 de mayo, se celebra en todo el mundo el DIA INTERNACIONAL POR LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA. Desde EDUCARUECA queremos hacer un llamamiento en favor de la objeción de conciencia a la militarización de la ciencia que se está dando en prácticamente todas nuestras universidades.
»

VV.AA.

La investigación con finalidades militares implica directamente a un millón de científicos y científicas y recibe más del 30% de los fondos totales destinados a I+D en todo el mundo. En el Estado español, hemos iniciado el milenio convertidos en el segundo país que más porcentaje de su PIB dedica al desarrollo de nuevas armas, por detrás tan sólo de los EE. UU.

La Campaña «Por la Paz: ¡No a la investigación militar!» nace en 1999 para fomentar el compromiso de la ciencia con la paz y oponerse a esa discriminación aberrante que sufre en los Presupuestos Generales del Estado, año tras año, la investigación que es realmente útil para la ciudadanía y el planeta.

Esta publicación recoge los textos presentados en las II Jornadas realizadas por la Campaña los días 16 y 17 de Abril de 2005 en Zaragoza, con la intención de amplificar la divulgación del contenido de esas dos apretadas mañanas de conferencias y talleres. Esperamos que este libro sirva para fortalecer las razones que empujen a miles de ciudadanos y ciudadanas en todo el Estado español a apoyar a la campaña y hacer que más gente tome conciencia de la necesidad de actuar.

Porque, pese a los grandes avances logrados en sensibilización social para conseguir que el Estado desmantele su militarista política de investigación y la reoriente hacia objetivos pacíficos, los dos grandes partidos, que aúpan cíclicamente a sus líderes al palacio de la Moncloa en estos últimos años, han demostrado que están muy lejos aún de asumir la necesidad de «civilizar» la investigación.

P.V.P.: 7 € Pedidos

Este libro está editado bajo licencia Creative Commons. Puedes bajártelo de la página de Ediciones Bajo Cero: http://www.bajo-cero.org/ediciones/index.htm

INVITACIÓN A PENSAR LAS ÚLTIMAS GUERRAS

Portada del DVD. La imagen de Bush estáformada por soldados norteamericanos muertos en la guerra de Irak.

Pocos han tenido la suerte de toparse este año 2005 con un DVD titulado “HISTORIAS INDECENTES. DESDE EL 11-S A LA GUERRA DE IRAK”. Es magnífico. En él se encuentra, aparte de la película de Michel Moore sobre el atentado a las Torres Gemelas (Fahrenheit 9/11), dos reportajes en torno a la guerra de Irak (Irak, sensación de morir, e Irak, en el corazón de la guerra) presentados respectivamente por Miguel Rellán y Jon Sistiaga.

Incluye además una completa sección de Documentos sobre el 11-S, la guerra de Afganistán y la guerra de Irak, clasificados por versiones oficiales, artículos de opinión, material gráfico, y actividades didácticas. La selección de las fuentes es ponderada y muy útil para quien desee repensar la historia más reciente, pues a menudo las palabras pronunciadas aquellos días se escuchan de un modo muy distinto al cabo de los años. Con ello el lector gana en conciencia histórica y capacidad crítica. Pero lo que más destaca de este ingente trabajo es la serie de espléndidas recopilaciones de imágenes y textos con los que el autor nos va contando desde el atentado a las Torres Gemelas en 2001 hasta la última guerra de Irak. Como se dice al comienzo, “no es éste un trabajo de investigación que pretenda descubrir la verdad, sino una recopilación de datos y opiniones para que cada cual decida cuáles son las historias indecentes”. Sin embargo, una de las citas que cierran el DVD es aquélla de Rémy de Gourmont según la cual “lo verdaderamente terrible cuando se busca la verdad, es que se encuentra”. A quien decida pasar un buen rato al arrimo del fuego de este disco, dispuesto a sumergirse en sus imágenes, sus crónicas y sus sucesivos puntos de vista, es muy posible que se le pasen las horas sin sentirlo. Al final, se levantará con la sensación de que, si no la verdad, ha encontrado desde luego algo terrible, tan terrible que el título de “historias indecentes” resulta no sólo justificado, sino incluso suave. Ha sido el cebo con el que el autor de este trabajo consigue atraparnos con nuestro pleno consentimiento. Demuestra una consumada maestría en el manejo de los medios informáticos para fundir conceptos, imágenes, sonidos y textos en un conjunto que nunca se impone al lector, sino que le insinúa posibles caminos en el laberinto del mal, vías de investigación donde puede surgir quizá alguna luz.

El primer capítulo, por ejemplo, dedicado al 11-S, se divide en cinco partes: el relato de los hechos, la investigación oficial, dudas razonables, los protagonistas y, por último, imágenes. En cada uno de ellos hay multitud de enlaces donde el lector puede navegar a su gusto, pero nunca pierde la inmediatez de los hechos, el dolor por lo ocurrido, la tragedia personal. El autor consigue que el lector no olvide nunca que no se está tratando de frías consideraciones geopolíticas, sino de la vida de seres humanos de carne y hueso, tan concretos e individuales como los que ve en las fotos, de un realismo atroz sin caer jamás en el morbo.

Conforme avanza la navegación por el DVD, uno se siente más y más atrapado por lo que cuenta y, sobre todo, por la manera de contarlo. Todo ello revela una aguda conciencia crítica y la virtud de saber inducirla en los demás.¿Quién ha subvencionado tantas horas de trabajo? Nadie. ¿Quién se ha encargado de su difusión? Nadie. ¿Qué equipo ha hecho este magnífico trabajo? Una sola persona. Se llama Juan José Boyano, y enseña Historia en el semiderruido IES Mar de Alborán, en Estepona, Málaga. Mantiene un portal de historia en http://maralboran.ath.cx/xoops.

Un consejo: consigan ese DVD, que esperamos sea el inicio de una fructífera serie. No se arrepentirán.

FUENTE: La Caverna de Platón

Luis Fernández-Castañeda, octubre de 2005.

Libro – HACIA LA ESCUELA LAICA

Francisco Delgado Ruiz.

Ediciones del Laberinto. 2006

La Constitución de l978 introduce la no confesionalidad del Estado: Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Sin embargo esta situación jurídica y política no se ha trasladado, todavía, a ciertas instituciones, entre ellas están los centros escolares.

Francisco Delgado (fue diputado constituyente y en la actualidad es vicepresidente de la asociación Europa Laica y miembro de la junta directiva de CEAPA, por CLM), junto a un grupo de amigos y amigas colaboradores, lo que han pretendido hacer, con este documento, es realizar un análisis que llame a la reflexión individual y colectiva, tanto en el ámbito escolar como político y social, sobre la importancia del respeto a la pluralidad de pensamiento y de conciencia, para la democracia, desarrollando un breve análisis de carácter histórico comparado, así como de la realidad actual de la escuela y su carácter religioso, una vez que se ha aprobado la LOE, para posteriormente trazar una serie de ideas positivas de cómo avanzar hacia un modelo democrático de escuela laica, todo ello expuesto de una forma lo más sencilla y amena posible.

El libro va dirigido, expresamente, a docentes, padres y madres, APAS, alumnado y a aquellas personas interesadas en analizar el laicismo y la influencia desproporcionada que, todavía, la iglesia católica oficial ejerce en nuestro Sistema Educativo.

Este libro, a la venta en librerías desde el 14 de abril de 2006, ha sido editado por EDICIONES DEL LABERINTO SL , lo comercializa y distribuye “Laberinto distribuidora de libros”. El PVP es de 6,95 euros por ejemplar. Tiene 160 páginas. (Es un libro solidario, de su venta, el 0,7% de los beneficios empresariales se cede a través de ONGS al desarrollo del Tercer Mundo)

La forma de adquirirlo se puede hacer en cualquier librería o a través de

e-mail: laberinto@edicioneslaberinto.es

Por teléfono 902195928 o a través del fax 902195551

También para realizar un número de pedidos superior a 50 ejemplares, en el que se puede aplicar un pequeño descuento, se puede hacer directamente a la editorial, en los contactos antes indicados o bien, a través de correo electrónico:

delgado@ono.com