Nuevas masculinidades: «Si no mostraba agresividad y rabia, se reían de mí»

Cuántas veces le habrán mirado como a un bicho raro…

-Eso me recuerda cuando era niño… Si tenía que pelearme con un compañero me decían que no llorara, que luchara y aguantara el dolor.

-Y usted no quería pelearse.

-No. No quería que me hicieran daño, pero había otro dolor que no pude identificar hasta que fui mayor, el dolor de ser un niño que, si no mostraba agresividad y rabia, se reían de él, le llamaban blandengue…

-Y maricón, seguro.

-Marica, nenaza… No era lo bastante fuerte, no era lo bastante rápido, no era lo bastante valiente…

-No era lo bastante hombre.

-Yo era muy sentimental: si me emocionaba, lloraba, y si veía el vídeo de Thriller me asustaba y salía corriendo. No era lo que se esperaba de mí. No estaba cómodo, no podía ser libre porque, si era yo, se reían de mí.

-Y no solo los chicos.

-En el instituto me gustaba una chica, pero no me hacía caso. Un día una buena amiga me dijo: «¿Sabes qué te pasa? Que eres demasiado bueno, demasiado tierno. Mira ese, tiene un punto de cabroncete que nos gusta a las mujeres». A los 15 años aquello me impactó. No sé si me entiende.

-Perfectamente .¿Le sorprendió que aquello se lo dijera una mujer?

— Mucho. Yo había descubierto el feminismo a los 10 años. Mi madre me contó que el Día de la Mujer se celebraba el 8 de marzo en memoria de las obreras de una fábrica que murieron abrasadas por pedir mejoras laborales. ¡Era el único de la clase que lo sabía! Aquello me hizo tomar conciencia de la violencia contra las mujeres, de su lucha por lograr cosas como el derecho al voto. Es increíble que haya gente que piense que feminismo y machismo son lo mismo.

-¿Encontró respuestas a su malestar en el feminismo?

-Sí. El feminismo lleva décadas trabajando temas como la inteligencia emocional, que ahora se vende a las empresas e incluso se habla del método Guardiola. ¡Pero si gestionar bien las propias emociones y las del grupo teniendo en cuenta a todo el mundo es lo que hacen las madres! La auténtica revolución es cambiar la vida cotidiana, no la de fuera.

-Un momento… ¿Guardiola aplica valores considerados femeninos?

-Antes de ser entrenador del Bar-ça ya se veía que era una persona que no pasa por encima de los sentimientos de los demás porque aquí mando yo, sino que tiene en cuenta cómo está el otro y sabe que, para hacer cosas en equipo, hay que ponerse de acuerdo. Incluso la valentía, tradicionalmente muy masculina, la lleva de forma feminizada.

-¿Le cuesta hablar de esto con otros hombres?

-Al principio, encontré cierta libertad entre los hombres gays, pero no encajaba por mi orientación sexual y pensaba: «¿Es que no hay hombres heterosexuales que se sientan así?»

-¿Cómo los encontró?

-En Google di con la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género de Málaga y ellos me pusieron en contacto con Juanjo Compairé, la única persona afín que conocían en Barcelona. ¡Había otros como yo! A partir de entonces empecé a trabajar la expresión de las emociones con el grupo Homes Igualitaris.

-¿Cómo lo hacen?

-Nos reunimos de forma anónima e informal en Barcelona y Sabadell para hablar desde el plano emocional de lo que nos afecta cada día. Lo hacemos confidencialmente, porque lo que hablamos es muy íntimo.

-Suena casi clandestino.

-Es que no nos entenderían. A veces, cuando hablo de esto con otros hombres les advierto de que se lo tomen como si fuera ciencia ficción.

-Son ustedes tan pocos…

-Cada vez irá a más. Con el cambio de las mujeres, muchos hombres no saben bien qué les pasa, cuál es su lugar. Los hombres tenemos una revolución interna pendiente y precisamente de esto trata el Congreso Iberoamericano de Masculinidades y Equidad (www.cime2011.org) que se hará en Barcelona en octubre.

-¿Qué valores considerados masculinos debe asumir la mujer?

-Jamás me atrevería a decirles a las mujeres lo que deben hacer… ya se les ha dicho demasiadas veces a lo largo de la historia. Solo les pediría paciencia, porque los hombres venimos de donde venimos.

Fuente Original: http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/bernat-escudero-mostraba-agresividad-rabia-reian-1152561

Pensar un hombre nuevo noviolento

Pido a los hombres que han conocido alguna vez el amor –y son muchos porque,
sin él, no estarían vivos- que piensen entre ellos un hombre nuevo: un hombre
no violento, un modo de ser hombre que ellos irán reconociendo entre los que ya
hay y decidiendo cómo va a ser. Solo esto puede hacer impensable la violencia
contra las mujeres: impensable como es impensable hoy el canibalismo. Porque la
acumulación de asesinatos en España en los dos primeros meses de este año 2008
–diecisiete más un número indeterminado de mujeres gravemente heridas- muestra
decididamente que los hombres son responsables como sexo y como cultura. La
cultura, históricamente masculina, de resolver mediante una ley está
fracasando. La ley actual vale porque ha tomado nota de que la diferencia
sexual existe y porque, indudablemente, ayuda a paliar algunas de las
consecuencias de la violencia. Pero no la evita. Este es su fracaso.

Si son hombres los agresores, son ellos quienes están capacitados para pensar
cómo dejar de serlo. Sé que, en contraste con las mujeres, los hombres tienen
poca experiencia de ponerse a sí mismos en cuestión, incluso los que saben
mucho de cuestionarlo todo. Pero sé también que están en un momento histórico
crítico porque, al no haberse preguntado apenas por su ser hombres durante los
últimos cuarenta años, la manera de serlo de la mayoría de ellos se ha quedado
por detrás del presente. Lia Cigarini ha escrito recientemente en una revista
de política de Milán (Via Dogana 84) que la crisis de la democracia
representativa está muy vinculada con la ausencia de práctica política y de
pensamiento masculino libre sobre el modo de ser hombre hoy, cuando el éxito de
la revolución del feminismo es visible en todos los ámbitos de la vida social.
Es evidente que si las mujeres hemos cambiado profundamente gracias a la
autoconciencia, y los hombres se han quedado donde estaban hace tiempo, sin
elaborar su sentido de la masculinidad en un mundo ya transformado, la
convivencia de mujeres y hombres en casa no puede ser mas que insostenible.

Como mujer que soy, yo no sé lo que es ser un hombre. Pero sí puedo decir que
veo sus vidas aprisionadas por la dialéctica. Son dialécticos en su trabajo,
definido por la lucha y la competitividad, son dialécticos en su ocio, definido
por deportes dedicados a eliminar contrarios, son dialécticos en su política,
definida por la contraposición de fuerzas y de razones. Pero ocurre que más
allá de la dialéctica –no en contra de ella- está la vida. Y esto las mujeres
lo sabemos. Aquí –pienso- está hoy el nudo del desencuentro entre los sexos. Un
desencuentro que es de pareja y es de civilización.

Repito, pues, mi petición a los hombres que conocen el amor: por favor, pensad
entre vosotros en lo que sois, en lo que hacéis, en lo que queréis ser.

* María-Milagros Rivera Garretas es investigadora de Duoda y catedrática de la
Universidad de Barcelona.

PP, Opus Dei y sexismo en la escuela

En mis primeros años escolares tuve la poca fortuna de conocer la separación de géneros producto de la intransigencia religiosa que seguía muy vigente en los últimos años del franquismo. Recuerdo aquellas clases sólo de niñas, presididas por aquella maestra adoctrinada en el nacional-catolicismo que se esmeraba en formar a futuras mujeres beatas, anodinas expertas en costura y “sus labores”, diestras en aplacar con bordados, puntos de cruz y vainicas sus inquietudes vitales, y con una concepción monolítica, gris y cuadriculada del mundo y de la vida.

Me vienen a la mente los miedos que se fomentaban sobre los integrantes del sexo opuesto. Crecíamos muchas niñas pensando que los chicos eran poco menos que bárbaros despiadados que disfrutaban dándonos patadas y tirándonos de las coletas a la menor ocasión. Me viene también a la mente el primer chico al que supuestamente gusté (según mis compañeras), del que tenía que salir corriendo despavorida porque mostraba su supuesto afecto poniéndose colorado y lanzándome pedradas que, afortunadamente para mi integridad física, casi siempre conseguía esquivar.

Y me vienen estos añejos recuerdos a la mente a raíz de una noticia que, la verdad, no me sorprende en absoluto, pero me indigna como ciudadana convencida de que la segregación sexista y de cualquier tipo forma parte de un corpus ideológico retrógrado propio de un pasado que debería estar más que superado. Me refiero a la reciente cesión, por parte de la Comunidad de Madrid, de 15.000 metros cuadrados de suelo en Arroyomolinos al Opus Dei; suelo destinado para un colegio concertado en el que niños y niñas estudiarán por separado, por el módico precio, por cierto, de 170 euros mensuales por alumno.

La razón que esgrimen los responsables de esta operación económico-política para separar a los alumnos por sexo es “que las niñas maduran antes que los varones” y “…que en centros mixtos suelen presentarse más problemas de falta de motivación, frustración, ansiedad e incluso agresividad”. Ignoro las fuentes en que se basan tan absurdas afirmaciones, aunque es de imaginar que emanan de gentes desmotivadas, frustradas, ansiosas e, incluso, agresivas, probablemente por haber vivido a lo largo de su vida represiones y segregaciones varias.

Desde una perspectiva pedagógica es un absurdo descomunal discriminar a los alumnos por sexos en los centros escolares. De un lado supone una desigualdad inicial de acceso a la educación y a la cultura, de otro se niega la convivencia y la interacción de chicos y chicas en el ámbito del aprendizaje académico. Y de otro lado significa el desprecio a la educación en la igualdad de oportunidades y derechos entre hombres y mujeres, en la igualdad de trato y en la no discriminación. Es decir, un verdadero disparate que ataca las libertades fundamentales, disparate entendible en la edad de las cavernas, pero impensable en el siglo XXI.

No es menos disparatado el asunto si lo observamos desde el ámbito de la psicología. Separar a niños y niñas es negarles la posibilidad de compartir aprendizajes y vivencias en un contexto de igualdad que les induzca al conocimiento y al respeto de las personas del sexo contrario, asumiendo en positivo tanto semejanzas como diferencias. Es alentar la desigualdad social, y es alimentar una mentalidad arcaica que pretende alienar a los ciudadanos en roles sociales y emocionales específicos que les alejan de una visión universal, fraternal y solidaria del mundo.

Por otro lado, separar a hombres y mujeres desde la infancia es, en definitiva, una clara vulneración a los derechos humanos y una manera de impulsar y propagar los prejuicios sexistas, que son la raíz y el trasfondo principal de la violencia de género, tan utilizada en su beneficio por los mismos que la propagan.

Como es lo habitual, los esfuerzos de la Iglesia y sus ámbitos afines suelen ir encaminados a alejar a los seres humanos de la convivencia natural, del disfrute de la biodiversidad, de la alegría de sentir la vida en toda su riqueza y hermosa complejidad; y, en definitiva a constreñir la libertad y la felicidad humana. Los que gustan de justificar sus posturas retrógradas en base a la espiritualidad deberían percatarse de que lo verdaderamente espiritual no nos aleja de la realidad y de la vida, sino que nos acerca sanamente a ella.

Sea como fuere, cada quién es muy libre de educar a sus hijos en las ideas que considere; lo inadmisible es que una educación discriminatoria y contraria a los derechos humanos más básicos sea financiada con dinero público.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

Fuente original: Elplural.com

Encuentro de Hombres sobre masculinidades, patriarcado y movimientos sociales 2.0

Los sábados 15 y 22 de mayo, a las 17,30 h. en el Patio Maravillas, Pez 21, Madrid, tendrán lugar los talleres del encuentro de hombres sobre masculinidades, patriarcado y movimientos sociales 2.0.

Queremos ir creando un espacio de hombres para seguir hablando sobre la responsabilidad personal y política que como hombres tenemos en la reproducción de las relaciones patriarcales dentro de los movimientos sociales. Vamos a hacer un taller, entre hombres, que continue él iniciado el pasado 13 de febrero “Encuentro de hombres sobre masculinidades, patriarcado y MM SS”.

El sábado 15 de mayo, realizaremos el primer taller de ese encuentro, «El patriarcado hoy». Y el sábado 22 de mayo, se desarrollará la segunda parte del taller, «¿Cómo reproducimos el patriarcado en los Movimientos Sociales?»

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Para la organización del taller (salas y sillas que necesitamos, etc.) sería muy útil que, si piensas ir, envies un correo diciéndolo a unasambleadehombres@gmail.com, sólo para saber cuántas personas seremos más o menos.

También te proponemos que antes del 12 de mayo contestes al mismo correo unas preguntas; con las respuestas (cortas) se haría una especie de muro-collage virtual que os enviaríamos antes del 15 de mayo y también habría copias en papel en el taller. Compartir antes nuestros «sentipensamientos» puede ser muy útil para un aprendizaje colectivo en el que cada cual aprenda de los demás.

La propuesta para el taller del 15 de mayo se denomina «El patriarcado hoy», una forma breve de decir que nos proponemos explorar en común dónde y cómo se manifiesta la injusta desigualdad social entre las personas consideradas «hombres» y aquellas consideradas «mujeres», aquí y ahora. Para participar en su preparación, contesta si quieres a estas preguntas:

A) Resume en un frase, usando no más de 60 caracteres (*), la actual situación social en lo que se refiere al tema del taller, esto es, las jerarquías, desigualdades e injusticias vinculadas al hecho de ser «mujer» u «hombre».
(*) La limitación a 60 caracteres viene dada por el uso a hacer de estas opiniones, con las que no se quiere hacer un documento sino un panel-muro reproducible en una hoja de DIN A4

B) Cita los tres ámbitos «institucionales» o relacionales que te parezcan más determinantes de estas desigualdades (nos referimos a espacios o relaciones como familia, trabajo, sindicatos, colectivos sociales, partidos, legislación, Estado, iglesias, medios de comunicación, centros educativos, sexualidad, publicidad, ocio, etc.)

Puedes enviarnos tu respuesta tanto si vas a participar en el taller como si no te es posible.

Os esperamos.

Un afectuoso saludo.

Una asamblea de hombres contra la violencia de género

http://unasambleadehombres.blogspot.com

unasambleadehombres@gmail.com

En la página encontrarás el cartel que hemos preparado para este encuentro por si quieres colaborar en su difusión.

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor del fuego

Alguien me dijo que no es casual…que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.

Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.

Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.

Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “veníte el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.

El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…y sin embargo…detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.

Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar.

Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.

Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.

Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.

Entonces…los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.

Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.

Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.

Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.

Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.

No hay fotos pero el otro día me probé un burka.

ARCO IRIS

Torres Blasco

No hay fotos pero el otro día me probé un burka. Me puse un burka o, más concretamente, me encerré en un burka. Fue en la capilla de la Misericordia, donde hasta el próximo 30 de noviembre puede visitarse la exposición ‘Dones en Acció’, que organiza el Consell de Mallorca dentro del programa de actos con motivo del Día contra la violencia hacia las mujeres que se celebra el día 25 de este mes. Estaba a punto de cerrar, no había nadie y, junto a la salida, me percaté de la presencia de tres burkas. «¿Te lo quieres probar?», me preguntó Rosa, la mujer que esperaba mi marcha para echar el cierre a la exposición ese día. Miré a todos los lados de la sala por si había alguien. Le dije que sí y me lo introduje por la cabeza. La primera sensación fue de confusión, la segunda de opresión (hay una especie de goma que tiene que encajarte en la cabeza, como un gorro que te oprime), la tercera de terror. A través de los agujeros de una redecilla, entre la frente y los ojos, miré al espejo y me puse en el lugar de las miles de mujeres torturadas y anuladas. Que nadie me hable de multiculturalidad ni respeto ni zarandajas parecidas. El burka es una prisión ambulante, una forma de exterminio y humillación. De haber sido más fuerte quizá me habría atrevido a moverme por la sala y observar más. No pude. Me quede paralizado.

(Ultima Hora, 21 de noviembre)

¿Dónde están ahora las mujeres iraquíes?

Me encuentro en Bagdad, sentada a la orilla del Río Tigris, en medio de una calurosa tarde del mes de julio. El viento desfila parsimonioso, el polvo se ha asentado y la llamada a los fieles para la oración reverbera sobre las aguas del río donde se reflejan las luces de unos restaurantes relativamente nuevos. Ayer visité la tumba de mi madre y me enteré que hace dos años que su lápida quedó destruida por un misil lanzado en uno de tantos enfrentamientos mantenidos entre las milicias y las tropas estadounidenses. “Ni siquiera los muertos se libran de las bombas en Iraq”, pensé para mí. Pero al menos mi madre no ha tenido que presenciar el dolor que tantas mujeres iraquíes están soportando tratando de encontrar un espacio para ellas en el “nuevo Iraq”.

Muy pocas de las mujeres de la generación de mi madre –una generación de mujeres muy preparadas que trabajaron en todos los diferentes sectores del país- siguen aún en activo. Y son muy pocas porque muchas profesionales que eran doctoras, profesoras y periodistas han sido asesinadas en el transcurso de los últimos siete años como parte de lo que yo creo que era y es el objetivo estratégico principal de las milicias extremistas: “limpiar” la sociedad iraquí de su elite intelectual y profesional. Aquellas que sobrevivieron a las matanzas y a la tentación de escapar del país en busca de un lugar más seguro donde vivir, se han retirado al interior de sus hogares o aprovechan las cuotas que han abierto oportunidades para que las mujeres se conviertan en miembros del parlamento iraquí.

En el Iraq actual, las mujeres no tienen una realidad unificada. A la vez que algunas de ellas pueden incrementar su participación en el sector político –se exige que el Parlamento iraquí y los consejos locales tengan un 25% de representación femenina-, miles y miles de ellas sufren una dureza brutal y una pobreza extrema. Nunca como ahora ha habido tantas mujeres destituidas, estimándose que la cifra de viudas de guerra oscila entre uno y tres millones. Ellas, y otras mujeres económica y socialmente marginalizadas, son muy vulnerables al riesgo de acabar sometidas al tráfico de mujeres, a la prostitución forzosa organizada, a la poligamia, a la violencia doméstica y a ser también reclutadas como suicidas-bomba, un hecho que la sociedad sigue intentando aún encajar y comprender. En un único día de viaje alrededor de Bagdad, pueden observarse todas estas diversas y conflictivas realidades de las mujeres iraquíes, como me ha ocurrido hoy a mí.

Pasé una hora atrapada en un terrible atasco de tráfico, un fenómeno nuevo que tiene su origen en la construcción de la internacional “Zona Verde”, dotada de inmensas medidas de seguridad (y que ocupa ya la cuarta parte de la ciudad), y la imposición, por parte de la Autoridad Provisional de la Coalición, de un impuesto de un 5% sobre todos los productos importados, lo que ha provocado la importación de un aluvión de coches que no pasan inspección ni control algunos. En esa hora inútil, estuve leyendo un artículo sobre mujeres y niñas encarceladas y cómo la mayoría de ellas son víctimas de traficantes que han colocado anuncios ofreciendo la perspectiva de matrimonios concertados en Siria. Las mujeres dejan el país con las bendiciones de sus padres, quienes piensan que están librando así a sus hijas de la violencia que campa por doquier. Cuando las hijas se dan cuenta de que el mismo marido con el que se han casado es su captor y traficante es demasiado tarde. Están atrapadas, sin dinero, sin posibilidad de comunicarse y sin documentación. Cuando la enfermedad o algún otro trastorno incapacitan a las víctimas, los traficantes las devuelven a Iraq, donde son arrestadas por poseer documentación falsa o por prostitución. En ambos casos, los castigos suponen al menos seis años de cárcel. Mientras tanto, los traficantes siguen libres fuera del país y forzando a más mujeres a prostituirse, sobre todo en los países del Golfo, en el mismo Iraq o en sus prisiones.

Cuando llego a la oficina de Women for Women International, veo a una mujer de unos cincuenta años que está esperándome para que le haga una entrevista para un puesto de trabajo en la organización. Ha sido trabajadora social durante veinticinco años, ha trabajado en Ciudad Sadr durante la mayor parte de su carrera profesional y habla con pasión y amor de la gente de la Ciudad Sadr, sin plantearse jamás que es una mujer “sunní” que trabajaba en una barriada “chií”. Me dice: “Aquello era el viejo Iraq. Trabajábamos, conducíamos, viajábamos, íbamos a la universidad, hacíamos fiestas, nadie nos cuestionaba. Hoy en día resulta muy duro recuperar aquel espíritu. He tenido que ver demasiados cadáveres y demasiado sufrimiento. Nuestra propia guerra civil es peor que la guerra con Irán, peor que la Primera Guerra del Golfo, peor incluso que última Guerra del Golfo. A partir de ese momento fue cuando dejé de salir de casa. Ya no sé cómo volver encontrar sentido a las cosas”, explica suspirando.

Salí de la entrevista con el corazón en un puño y le pregunté a mi colega cómo se estaba sintiendo con todo lo que sucedía en el país. “Están tratando de debilitarnos”, dijo. “Con tantas bombas desde que las tropas estadounidenses se retiraron de las ciudades, lo que tratan es de conseguir es que perdamos la esperanza, pero no les permitiremos que se salgan con la suya. Mantendremos la esperanza contra viento y marea, Zainab”. Al responderme, me contó su frustración por las acciones de las diversas milicias, que son quienes están detrás del aumento en la colocación de bombas por todo el país. Me emociona ver su capacidad para mantener la esperanza. Pero no todo el mundo puede conseguirlo.

Al dejar la oficina, me reuní con una amiga para comer. Es una activista por la que siento un profundo respeto; nunca ha dejado Iraq, ha sobrevivido y perseverado haciendo frente a todos los desafíos. Continúa con su activismo y su trabajo para mantener y apoyar las voces de las mujeres, pero hoy la he visto deprimida. “No son sólo las bombas”, explica. “No es sólo la falta de electricidad, de todas las cosas que solíamos tener. Tiene más que ver con la corrupción que ves en el país, con la falta de visión, de liderazgo, de algo que nos mantenga unidos. Estoy viendo un país al que la corrupción está devorando vivo y se permite que las milicias lo destruyan aún más. Creo que he llegado a mi límite”. Puedo sentir la derrota en su voz; tan pocas de las antiguas y educadas mujeres de clase media están pudiendo aguantar sin venirse abajo, que siento el más profundo de los respetos por la integridad y la dedicación de las que lo consiguen.

Las hijas de mi amiga estaban escuchando nuestra conversación mientras comíamos. Son chicas universitarias de las pocas que no llevan velo en su universidad, la actual popularidad del pañuelo o velo entre las mujeres jóvenes es algo totalmente nuevo para mí y para los recuerdos de cuando crecí en Iraq. Aprovechan una pausa en la conversación para preguntarme por la vida que llevé en el Iraq de hace veinte años.

Ansiosamente, me inundan de preguntas que intentan confirmar las historias de su madre sobre una época menos conservadora en la que las mujeres se movían libremente en la esfera pública. “¿De verdad ibais conduciendo a la universidad? ¿Es verdad que la mayoría de las mujeres no llevaban pañuelo? ¿Es verdad que la mayor parte de las chicas no se casaban hasta que se habían licenciado en la universidad? ¿Es verdad que la mayor parte de las mujeres trabajaban?”.

Se me rompió el corazón al escuchar sus preguntas porque comprendí que hay ya toda una generación de mujeres y hombres que ni siquiera recuerdan que esa época de libertad y estabilidad existió una vez. Las hijas de mi amiga forman parte de las clases privilegiadas. Van a la universidad y no se cuestionan su derecho a hacerlo. Pero hay muchas chicas de su edad de diferentes sectores de la sociedad que ni siquiera van al colegio y que por tanto está creciendo analfabetas. Muchas se están casando aún adolescentes y dejando la escuela, a diferencia de lo que hacían sus madres. Muchas no recuerdan que sus madres viajaban, trabajaban, bailaban y cantaban en los años cincuenta, en los sesenta y en los setenta.

Acabé de comer para ir a visitar a una de las participantes en el programa de Women for Women International, una de las millones de viudas de Iraq. Su marido fue asesinado una tarde de un viernes mientras ella preparaba la comida en la cocina.

Estaba jugando con sus hijos. Oyeron una explosión fuera. Cuando corrieron para ver qué había sucedido, un misil le cayó encima, matándole instantáneamente e hiriendo a sus cuatro hijos. “Mi vida dio un vuelco en cuestión de un segundo convirtiéndome de una mujer felizmente casada en una viuda, una mujer pobre, sin apoyo de nadie”, explica. Le pregunté si aparte de Women for Women International había alguien más que la ayudara y me sorprendió su respuesta: “La pobreza ha cambiado muchos aspectos de nuestra cultura”, dice. “Mi familia política me dijo que eran demasiado pobres como para poder ayudarme a mí y a mis cuatro hijos. Mis propios padres me dijeron lo mismo. Por eso no tuve más remedio que arreglármelas sola. Aprendí técnicas básicas de enfermería para ahorrar dinero a la hora de atender las necesidades médicas de mis hijos después de cada intervención quirúrgica que tuvieron que sufrir para poder reparar los daños causados por la explosión. Vendí todo lo que tenía para abrir una pequeña tienda frente a mi casa donde mis hijos y yo trabajamos para poder ganar algún sustento. Con la ayuda de Women for Women tengo ahora un trabajo fabricando velas”.

Cuando le pregunté qué pensaba ella acerca de lo que necesitan las viudas iraquíes, me susurra despacito que no le gusta cuando la gente se refiere a ella como viuda. “Hace que me sienta como una víctima y no quiero sentirme así. Lucho cada día por no perder la sonrisa ante mis hijos. No quiero que la sociedad me victimice porque rechazo sentirme así. Todo lo que necesito son oportunidades para salir adelante y enviar a mis hijos al colegio y que puedan acabar sus estudios universitarios”. Me volví hacia su hijo de once años y vi cómo sus ojos estaban llenos de lágrimas. Recuerda el día en que asesinaron a su padre y cómo ha cambiado su vida, cómo su madre está luchando todo lo que puede por ellos. Me preguntó si quería leer uno de los poemas que ha escrito para su madre y todas las viudas de Iraq. Quizá sólo podamos confiar en los jóvenes para arañar la esperanza de un futuro mejor para Iraq, pensé para mí.

Al final decidí volver a casa. En cada ruta hay decenas de controles donde los soldados utilizan unos detectores para comprobar si el coche lleva o no una bomba. A menudo preguntan al conductor si lleva en el coche cualquier tipo de arma. Siempre pienso que es una pregunta extraña, ya que me sorprendería mucho que alguien admitiera que tiene armas que no están registradas. Casi todo el mundo tiene actualmente armas.

También se supone que no puedes utilizar el teléfono móvil cuando pasas por el control, una norma que olvidé y que los soldados se apresuraron a recordarme. Me pidieron que saliera del coche y me dirigiera al control de mujeres para que me registraran. Caminé con calma hacia una caseta al borde de la carretera donde había una mujer sentada en espera de registrar a las mujeres. Traté de comenzar una conversación banal con ella: “¿Por qué molestarse en registrar a las mujeres? Son los hombres de este país los que crean todos los problemas”. Dije esto con un tono superficial y me quedé sorprendida cuando me informó acerca de otra realidad de las mujeres iraquíes: “No, hermana”, me dijo con cara de tristeza. “Hay muchas mujeres estos días que se convierten en suicidas-bomba. Precisamente el otro día, dos mujeres se hicieron explotar delante de la mezquita, en dos sucesos diferentes. Yo misma vi los cadáveres en uno de los casos. Ví cómo volaban zapatos y chanclas de los niños que habían explotado, cuerpos despedazados… No pude comer durante días y todavía no consigo entender a esas mujeres”, me dice. Ni yo. Dejo el control con los ojos empañados de pena por el país y por lo que están teniendo que presenciar sus hombres y mujeres.

Hace muchos años, me encontraba con la mujer de mi primo, una mujer profundamente destrozada por la pérdida de su hijo en la guerra. Un helicóptero Black Hawk estaba sobrevolándonos mientras estábamos sentadas en su patio trasero sorbiendo unas tazas de té. Miró hacia el helicóptero y dijo: “Mátame. Mátame y líbrame de toda esta pena”. Nunca olvidaré aquel momento tan duro de tener que ser testigo de todo el desgarro de una madre doliente. Me veo recordándolo especialmente en días como el de hoy, un día en el que no sólo he oído a una madre doliente sino las voces de muchas mujeres dolientes, voces de corazones destrozados que expresan su lamento por ellas mismas, por sus familias, por su futuro y por su país.

Otra tormenta de arena más va envolviendo a la ciudad. Puedo verla en la distancia, apoderándose de las zonas, en otra época verdes, que rodeaban la ciudad, de sus árboles, de sus flores. Otro tipo de tormenta de arena parece que haberse adueñado de los apenados corazones de las mujeres iraquíes, impidiendo por todo el país la caricia del sol. Mejor me voy adentro, quizá mañana sea un buen día. Quizá las mujeres tengan la fuerza necesaria para levantarse de nuevo para luchar por ellas mismas, por sus familias y su nación. Necesitan fervientemente de una nueva realidad. El mundo debe apoyarlas. Debemos permanecer junto a nuestras hermanas iraquíes con todas nuestras fuerzas.

Where are Iraqui Women Today?

Zainab Salbi. The Huffington Post

I’m sitting by the Tigris River in Baghdad on a hot July evening. The air is still, the dust has settled, and the call for prayers is echoing over the river as it reflects lights from relatively new restaurants. I visited my mother’s grave yesterday and learned that her tombstone was destroyed by a missile two years ago in one of the clashes between the militias and the US troops. «Not even the dead are spared from the bombings in Iraq,» I thought to myself. But at least my mother is not witnessing the pain many Iraqi women are witnessing as they try to find space for themselves in the «new Iraq.»

Few of the women of my mother’s generation — a generation of educated women who have worked in all different sectors of the country — are still holding on. They are few — many professional women who were doctors, professors and journalists were assassinated in the past seven years as part of what I believe is a larger, strategic approach by extremist militias to «cleanse» Iraqi society of its intellectual and professional elite. Those who have survived the killings and the temptation to leave the country in search of a safer place to live have either retreated within the home or taken advantage of quotas that have opened opportunities for women to become members of the Iraqi parliament.

Today in Iraq, women have no one unified reality. At the same time as many women increase participation in the political sector — Iraq’s Parliament and local councils are required to have 25 percent female representation — thousands more are experiencing brutal hardship and extreme poverty. There are now more destitute women in Iraq than ever before — estimates of the number of war widows range from one to three million. These and other socially and economically marginalized women are vulnerable and at high risk of trafficking, organized and forced prostitution, polygamy, domestic violence, and being recruited as suicide bombers, something that the society is still trying to process and understand. In a single day’s journey around Baghdad, one can see all these many and conflicting realities of Iraqi women — that was my day today.

I spent an hour stuck in horrible traffic, a new phenomenon originating in the construction of the highly-secured, international «Green Zone» (which now occupies one quarter of the city) and the imposition of a 5 percent tax by the CPA (Coalition Provisional Authority) on all imported goods that led to a skyrocketing of imported cars without any inspection. In this useless hour, I read an article about women and girls in prison and how most of them are victims of trafficking advertised as the prospect of arranged marriages in Syria. They leave the country with their parents’ blessings, thinking they are sparing their daughters from the violence inside the country. By the time the daughters realize the very husband they married is actually their captor and trafficker, it is too late. They are trapped, with no money, no communication and no papers. When illness or some other ailment incapacitates the victims, the traffickers send them back to Iraq, where they are arrested either for false documents or prostitution. Both punishments lead to at least six years in prison. The traffickers are out free and more women are forced into prostitution, mostly in Gulf countries, in Iraq itself or its prisons.

By the time I arrive at Women for Women International’s office, I see a woman in her fifties waiting for me to interview her for a job at Women for Women International. She had been a social worker for 25 years, worked in Sadr City throughout most of her professional career and is passionate and loving about the people in Sadr city, never questioning the fact that she is a «Sunni» woman working in a «Shia» neighborhood. She tells me, «That was the old Iraq. We worked, drove, traveled, went to universities, to parties, no one questioned us. Today, I find it hard to get my spirit back. I saw too many dead bodies and too much suffering. It was worse than the war with Iran, worse than the first Gulf War, worse even than the last Gulf War is our own civil war. That’s when I stopped leaving my home. I don’t know how to make sense of things anymore,» she explains with a sigh.

I left the interview with a heavy heart, and asked my colleague about how she felt about what is happening in the country. «They are trying to shake us,» she said, «They are trying to make us lose hope with all the increases in bombings since the public withdrawal of American troops, but we won’t let them do that. We will hold on to our hope, Zainab.» In her response, I hear her frustration with the various militias who are behind the increase in bombings in the country. I’m inspired by her ability to hold on to hope. But not everyone is holding on to that hope.

Leaving the office, I met a friend for lunch. She is an activist for whom I have deep respect; she has never left Iraq, has survived and persevered through all of the challenges. She continues her activism and her work to sustain and support the voices of women, but today I see she is giving up. «It’s not only the bombing.» she explains. «It’s not only the lack of electricity. All of these things we got used to. It is much more about the corruption you see in the country, the lack of vision, of leadership, of something to hold us to each other, to the country. I am witnessing a country where the corruption is eating it alive and is giving a chance to militias to destroy it even further. I think I have hit my limit.» I can hear the defeat in her voice; so few of the older, educated, middle class women are holding on — I have the deepest respect for the integrity and the dedication of those who do.

My friend’s daughters were listening to our conversation at lunch. They are college kids, among the few in their universities who do not wear headscarves — the current-day popularity of the headscarf among young women is something entirely new to me and my memories growing up in Iraq. They took advantage of a pause in conversation to ask me about the life I had led in the Iraq of 20 years ago.

Eagerly, they peppered me with questions intended to confirm their mother’s stories of a less conservative time where women moved freely in the public sphere: «Did you really drive to college? Is it true that most women did not wear a headscarf? Is it true that most girls did not get married until they graduated from college? Is it true that most women were working?»

It broke my heart to hear their questions, for I realized that there is a whole generation of women and men who don’t even remember that this era of freedom and stability ever existed. My friend’s daughters are part of the privileged class. They are going to university and not questioning their rights to do so. But there are many girls their age from different sectors of society who are not even going to school, and hence are growing up illiterate. Many are getting married as teenagers and dropping out of school, while their mothers didn’t get married until they graduated from college. Many don’t remember how their mothers traveled, worked, danced, and sang in the 50s, and the 60s and 70s.

I leave my lunch to visit one of the participants in Women for Women International’s program, one of the millions of widows in Iraq. Her husband was killed on a Friday afternoon as she was preparing lunch in the kitchen.

He was playing with their sons. They heard an explosion outside. When they ran out to see what happened, a missile landed on him, killing him instantly and injuring all four sons. «My life was changed in a second from a happily married woman to a widow, a poor woman, with no support whatsoever,» she explains. I asked her if anybody besides Women for Women International is helping her, and I was surprised by her answer: «Poverty has changed much of our culture,» she says. «My in-laws told me they are too poor to help me and my four sons. My own parents told me the exact same thing. So I had no hope but to manage on my own. I taught myself basic nursing techniques to save money on my kids’ medical needs after each surgery they had to undergo to correct damage caused by the explosion. I sold all that I had to open a mini store in front of the house where my kids and I work so we can earn some living. With Women for Women’s help I now have a job as a candle maker.»

When I asked her what she thinks Iraqi widows need, she whispers slowly that she doesn’t like it when people refer to her as a widow. «It makes me feel like a victim and I don’t want to feel that. I struggle to keep my smile going for my boys every day. I don’t want the society to victimize me when I refuse to be victimized. All I need is opportunities to stand on my feet and send my boys to school so they may finish their college. They have seen a lot you know, and they are good boys.» I turn to her 11 year-old son and see tears in his eyes. He remembers the day his father was killed, how his life changed, how his mother is struggling to keep them all well. He asked me if I wanted to read one of the poems he wrote for his mother and all the widows of Iraq. Perhaps only in youth do we have such hope for a better future for Iraq, I think to myself.

I finally decide to return home. As with every drive, there are tens of check points where the soldiers are holding a machine to check if the car has a bomb or not. They often ask the driver if he has any arms in the car. I always find this question weird, as I would be surprised if anyone admitted they have weapons that are most likely not registered. Almost every one has weapons nowadays.

You are also not supposed to use your cell phone when passing the check point — a rule that I forgot and was quickly reminded of by the inspecting soldiers. They asked me to get out of the car and go to the women’s check point to be checked. I walked calmly to one room by the side road where there is a woman sitting inside, waiting to body search women sent by the soldiers outside. I try to start a light-hearted conversation: «Why bother to search women; it is the men in this country who are causing all the trouble.» I say this with a light tone, only to be surprised and informed of another reality of Iraqi women: «No sister,» she tells me with a sad face. «Many women are suicide bombers these days. Just the other day, two women exploded themselves in front of the mosque, on two separate occasions. I saw the dead bodies myself in one of the bombings. I saw flying shoes and slippers of kids who had exploded, body parts and all. I couldn’t eat for days and I still don’t know what to make out of these women,» she says. I don’t either. I leave the check point with a teary eye at the pain of the country and what it is witnessing from its men and women.
Many years ago, I was sitting next to my cousin’s wife, a woman aggrieved by the loss of her child in the war. A Black Hawk helicopter was flying on top of us as we were sitting in her backyard and sipping some tea. She looked up at the helicopter and said, «Kill me. Kill me and spare me from all the pain I am witnessing.» I never forgot that moment of the raw grief of a mourning mother. I find myself remembering it particularly on a day like today, a day in which I have heard not just a mourning mother but the voices of many mourning women, voices that lament hearts broken in pain for themselves, their families, their futures and their country.

Another sandstorm makes its way through the city one more time. I can see it in the distance, taking over the green that once surrounded the city, trees and flowers. Another kind of sandstorm seems to be overtaking the pained hearts of Iraqi women, blocking out the sun over the entire country. I better go inside — maybe tomorrow will be a better day. Maybe women will once again have the strength to keep themselves, their families and their nation going. They are in need of a new reality. The world must support them. We must stand with to our iraki sisters with all our strength.

Enviado por: Jose Ángel Paniego García

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Umoja, aldea de mujeres

Es la historia de una mujer, Rebecca Lolosoli, y de una aldea, Umoja, una «success story» de las que gustan por ser tan escasas y no llegar nunca a la primera página de los periódicos.

Hace unos diez años, unas mujeres de Kenia decidieron abandonar sus hogares y fundar una aldea. Sus motivos no eran faltos de peso. Todas habían sido violadas por soldados ingleses, abandonadas por sus maridos y desterradas de la comunidad según una ley muy común para este tipo de delito que quiere que la culpable sea la víctima. Una vez que la nueva aldea estuvo más o menos construida –un par de docenas de casitas de barro y paja dispuestas en círculo en lo alto de una colina cercana a la Reserva Nacional de Samburu, una región de enorme belleza, aunque más o menos abandonada a causa de la sequía y baja productividad–, las mujeres decidieron que allí jamás un hombre sería admitido y que la aldea se llamaría Umoja, que quiere decir “unidad” en Swahili.

Alentada por este primer éxito, Rebecca recorrió las aldeas de los alrededores para hablar a las mujeres de sus derechos y convencer a las apaleadas de que rehusasen toda relación sexual con un marido violento o polígamo. “Las mujeres han de exigir primero su derecho. El respeto vendrá después.” Refugio para las azotadas y lugar de asesoramiento para viudas sin recursos, la aldea da también cobijo a las que, como una niña de trece años, sobrina de la misma Rebecca, deben unirse en matrimonio con un hombre tres veces más viejo. En esta aldea, prohíbida a los hombres, no hay escisión para las pequeñas, no se las casa con viejos y los muchachos ayudan a las mujeres en el trabajo. Hoy, medio centenar de mujeres con sus 150 hijos viven y trabajan en Umoja. Emocionante resultado de la inteligencia, del coraje y de la determinación, aquello que no era sino un refugio de mujeres que comenzaban de cero se convirtió rápidamente en un lugar económicamente viable, próspero, pacífico y, si no temiéramos la palabra, feliz.

La región, una de las más espléndidas de Kenia, está surcada todo el año por autocares cargados de turistas que, empuñando las cámaras, llegan ávidos de artesanía. Las mujeres de Umoja comprendieron enseguida el provecho que podían sacarle a esto, y reciben a los turistas en un campamento muy cómodo, les enseña su centro cultural y venden en la tienda artesanal toda la muñequería que producen y que enloquece a los turistas .
Es aquí donde esta bella historia adquiere un carácter francamente cómico. Los maridos rechazados de la aldea cercana decidieron primero atacar. “Cuando los hombres nos arrojaron piedras decidí hacer caso omiso
–cuenta Rebecca–y preguntarles a las mujeres: ‘¿Estáis bien? ¿Vuestros hijos están bien? ¿Vuestras vacas están bien?”. Entonces intentaron crear un pueblo ahí cerca –digamos a distancia de un tiro de piedra– y copiar las recetas económicas de sus ex compañeras. ¡Ay! “En la comunidad de Samburu sigue siendo la mujer quien trabaja. Se despierta temprano, hacia las tres, trabaja todo el día y se acuesta tarde, hacia las 11 de la noche. El hombre duerme cuando y cuanto quiere. Al despertar reclama su desayuno, saca a veces el ganado del establo y se echa a dormir bajo un árbol. El resto del tiempo juega con sus amigos y exige que se le lleve la comida donde se encuentre”. El resultado era previsible y la aldea competidora fue abandonada.

Al haber fracasado en los hechos, el jefe de esta aldea rival, Sebastián Lesinik, intentó defenderse en el terreno de las ideas: “El hombre es la cabeza. La mujer es el cuello. Un hombre no puede recibir consejo de su cuello… Una mujer no es nada en nuestra comunidad. No tienen la posibilidad de contestar a los hombres o de hablar frente a ellos, tengan o no razón”. Y luego, con filosófica resignación: “Ella está cuestionando lo más profundo de nuestra cultura. Ese parece ser el asunto en estos tiempos modernos… las mujeres que causan problemas como Rebecca.” Pero las cosas tampoco resultan fáciles en el terreno de las ideas. Es así que otros grupos lograron presentar en el parlamento de Kenia proyectos de ley que prohíben los matrimonios abusivos y la mutilación genital y condenan la violación.
Centenares de mujeres viudas de maridos víctimas del sida se agrupan en torno de Margaret Auma Odhiambo, otra heroína que las defiende. En la vecina Uganda, miles de mujeres luchan contra la poligamia, fuente incontrolada para la propagación del sida. En el parlamento de Ruanda, país mártir de un genocidio con 800.000 víctimas, las mujeres ostentan hoy el 49% de los escaños. En Níger, las mujeres luchan por entrar en la política y piden la posibilidad de presentarse en las presidenciales: “Los hombres no han sabido gobernar correctamente este país”, explican.

Sin dudas, queda mucho camino por hacer, aunque sea en Derecho consuetudinario. En este continente tan paradójico, las africanas proveen el 70% de la producción de alimentos, pero no disponen de ningún derecho a bienes raíces, prerrogativa de los hombres. En Zambia, la mayor parte de las viudas tiene vedado el acceso a las tierras de familia. En Swazilandia, las mujeres no pueden ser propietarias de tierras por ser menores ante la ley. En Kenia, la ley estipula que hombres y mujeres tienen los mismos derechos en cuanto a la herencia, pero cuando un hombre muere sin testamento, lo que suele ser el caso general, la transmisión de la tierra se rige por la ley consuetudinaria del grupo. En la práctica, estima un estudio de Naciones Unidas, las mujeres no tienen ningún derecho en cuestiones de herencia.
“Estamos al principio de algo importante para las mujeres de África”, dijo Margaret Auma Odhiambo, de Kenia.
¡Insh’ Alá!

Nicole Thibon es periodista.

Ilustración de Miguel Ordoñez

Fuente original: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1342/umoja-aldea-de-mujeres
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Visto en: http://lasdel8.blogia.com/

III ENCUENTRO “GENERO”

REDESCUBRIENDO EL GÉNERO LAS MUJERES Y EL PODER. LOS HOMBRES Y EL AMOR Los últimos cien años muestran el recorrido de las mujeres en su camino hacia una mayor igualdad, en las vidas personales, familiares, profesionales, sociales… una igualdad aún no lograda. Los hombres, todavía en minoría, inician un camino de transformación. De verse en lugares de privilegio a comprenderse en sus carencias. Mujeres y hombres ya no queremos vernos reflejadas en la imagen que éste sistema socioeconómico (patriarcal) nos devuelve, sobre quienes deberíamos ser y de cómo deberíamos actuar e interactuar. Ya tenemos suficientes datos del dolor, la soledad, la injusticia… Queremos explorarnos en dos ejes Las mujeres y el poder… poder para hacernos nuestras vidas, para participar donde y cuando queramos, ser reconocidas con todo nuestro potencial en todos los espacios. Los hombres y el amor…amor para reconocerse y reconocer al otr@, para expresarse y concretarse en el mundo, también a través de sus lazos, de sus sentimientos y emociones, de su amor. Y también en nuestros respectivos privilegios. Cuales son, como los usamos y para que, ¿somos conscientes de ello o los privilegios nos poseen sin que tengamos el menor control sobre ellos? Descubrir nuevos caminos desde los que construir nuestras vidas. Soñamos con dejarnos ser diferentes e iguales, integrarnos como personas en un camino de plenitud personal, creadoras de una comunidad humana diversa, capaz de gestionar las diferentes personas y grupos, en armonía con todas las naturalezas… en armonía con el planeta. Este encuentro quiere dar espacio para escuchar diferentes voces, abrir espacios para investigar y descubrirnos, para sentirnos de cerca y de lejos. Construir puentes, escuchar con y desde el corazón, Avance de la programación Talleres de dos días: Jueves 27 y viernes 28: Maternidad/ paternidad El de maternidad lo impartirá Maria Fuentes El de paternidad lo impartirá Rafa Sábado 29y domingo 30 Sexualidad, impartido por Maria Fuentes Taller de 4 días las mujeres y el poder los hombres y el amor Focalizado por hombres del colectivo contracorriente y Bernard Biais, para los grupos de hombres Focalizado por Mauge Cañada y Mabel Cañada para los grupos de mujeres HORARIOS El jueves por la mañana haremos la presentación de todo el taller. El jueves por la tarde a las 16.30h comienzan los diferentes talleres El viernes por la tarde terminan los de maternidad/ paternidad. El sábado por la mañana a las 11h comienza el de sexualidad y termina el domingo a las 13,30h, así mismo el de las mujeres y el poder los hombres y el amor acaba a las 13,30h. El domingo a las 16h haremos el cierre de todo el encuentro. 17,30h. despedida Al realizar la inscripción decir claramente a que taller se desea asistir, todos son por géneros con puestas en común mixtas salvo el de sexualidad que es mixto. INSCRIPCION 60€ (Que da opción a todas las actividades) FECHAS: DEL 27 AL 30 DE AGOSTO 09 LUGAR: COMUNIDAD de LAKABE LAKABE s/n 31439 ARCE – NAFARROA TELF. 948392002 lakabeko (arroba) yahoo.es FORMAS DE LLEGAR A LAKABE: En autobús, COMPAÑÍA CONDA, LINEA ORBAICETA De lunes a jueves a las 14, 30 desde Pamplona en bus hasta 400mtrs. de LAKABE.

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