IZQUIERDA Y ESPERANTO

CURSOS DE ESPERANTO EN CASTELLANO:

En Tenerife, Madrid, Gijon, Ronda, Oviedo, Huelva, Sevilla, Málaga, …

Cursos presenciales impartidos actualmente o próximamente:

SEMINARIO DE INTRODUCCIÓN AL ESPERANTO Y SU CULTURA EN TENERIFE (UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA). Ya está abierta (hasta el 10 de octubre) la matrícula para el «Seminario de Introducción al Esperanto y su Cultura» (código 250410811) ofrecido por la Universidad de La Laguna, Tenerife (ULL). El curso se oferta por noveno año consecutivo como seminario de libre elección (3,0 créditos = 30 horas lectivas). Se impartirá del 27 de febrero al 5 de junio en horario de martes de 18:30 a 20:30. La matrícula se puede efectuar en cualquier centro de la ULL, como: A) Matrícula ordinaria (créditos de libre elección), o bién B) Matrícula extraordinaria por interés personal.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN MADRID. Impartido por nuestro camarada Pedro Hernández en la Librería Muga de Madrid (Avda. Pablo Neruda, 89). Comienzo el 7 de octubre (2006). Todos los sábados desde las 17h00′ hasta las 18h30′. El curso es gratuito, y para apuntarse basta con llamar a la Librería Muga (Tfno: 91.507.90.84/85) o con escribirnos. También existe un grupo Yahoo para los alumnos, donde se pueden conseguir los materiales del curso. Para apuntarse al grupo basta enviar un mensaje en blanco a la dirección: esperantovallekas-subscribe@yahoogroups.com.

CURSO DE PERFECCIONAMIENTO DE ESPERANTO EN MADRID. Impartido por nuestro camarada Pedro Hernández en la Librería Muga de Madrid (Avda. Pablo Neruda, 89). Comienzo el 7 de octubre (2006). Todos los sábados desde las 18h30′ hasta las 19h30′. El curso es gratuito, y para apuntarse basta con llamar a la Librería Muga (Tfno: 91.507.90.84/85) o con escribirnos. También existe un grupo Yahoo para los alumnos, donde se pueden conseguir los materiales del curso. Para apuntarse al grupo basta enviar un mensaje en blanco a la dirección: esperantovallekas-subscribe@yahoogroups.com.

CURSO ELEMENTAL DE ESPERANTO EN GIJÓN. El próximo 2 de octubre (2006) comenzará un curso elemental del idioma internacional esperanto, organizado por la Asociación Asturiana de Esperanto. Más información e inscripciones telefoneando a los números 677843860 y 985362942.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN RONDA (MÁLAGA). Impartido por Fátima Jiménez en la Casa de la Juventud (avenida de Málaga 46). Comienzo el 14 de febrero (2006). Todos los martes y jueves desde las 17h00′ hasta las 18h30′. Para más información escribe a: malaga@esperanto-andalucia.org, o bien visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto. También puedes llamar al teléfono 952-877-112.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN OVIEDO. Promovido por la Asociación Asturiana de Esperanto. Dirigido por la Dra. María José Álvarez Faedo en la Universidad de Oviedo (Campus del Milán Milán-Departamentos-Puente Aula D1). De libre acceso, 45 plazas disponibles, homologable por 4,5 créditos de libre configuración. Importe de la matrícula: 123 euros. Preinscripción del 20 de enero al 7 de febrero de 2006. Períodos de matriculación del 8 al 17 de febrero de 2006 y del 22 al 28 de febrero de 2006. Duración del curso: del 3 de marzo al 19 de mayo de 2006. Para más información consulta las páginas de la Universidad de Oviedo.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN HUELVA. Impartido por Rafael Mateos en el Instituto Rábida (Av. Manuel de Siurot, 9). Todos los jueves a las 19h30′. Para más información visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN HUELVA. Impartido por Rafael Mateos en la Biblioteca Pública de Huelva (Gran Vía). Todos los sábados desde las 11h00′ hasta las 12h30′. Para más información visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN SEVILLA. Impartido en el Centro Cívico Municipal (Casa de las Sirenas). Todos los jueves desde las 19h45′ hasta las 21h30′. Para más información escribe a: herzo2@hotmail.com, o bien visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

CURSO DE PERFECCIONAMIENTO DE ESPERANTO EN MÁLAGA. Impartido por Julio Herrero (Asociación Andaluza de Esperanto) en el aula 2 del Colegio de Enseñanza de Adultos AL-ANDALUS (calle Gustavo García Herrera 10). Todos los martes desde las 18h00′ hasta las 19h30′. Para más información escribe a: malaga@esperanto-andalucia.org, o bien visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN MÁLAGA. Impartido por Andrés Martín (Asociación Andaluza de Esperanto) en el aula 6 del Colegio de Enseñanza de Adultos AL-ANDALUS (calle Gustavo García Herrera 10). Todos los martes desde las 18h00′ hasta las 19h30′. Para más información escribe a: malaga@esperanto-andalucia.org, o bien visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN MÁLAGA. Impartido por Angel Arquillos (Asociación Andaluza de Esperanto) en la sede del sindicato CGT (calle Madre de Dios nº 23, piso 1º). Todos los martes desde las 18h30′ hasta las 20h00′. Para más información escribe a: malaga@esperanto-andalucia.org, o bien visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

CURSO DE INICIACIÓN AL ESPERANTO EN JAÉN. Impartido por Jordi Lietor (Asociación Jienense de Esperanto) en la Universidad Popular de Jaén. Comienzo el 9 de noviembre. Seis meses de duración. Tres horas a la semana. Para más información escribe a: jaen@esperanto-andalucia.org, o bien visita la página de la Asociación Andaluza de Esperanto.

El esperanto puede ser aprendido con bastante facilidad de forma autodidacta. Existen diversas posibilidades para ello.

Si tienes conexión a internet puedes consultar las siguientes direcciones:

Cursos de distintos niveles en multitud de idiomas: http://www.lernu.net

Uno de los más usados: http://kurso.jubilo.ca/kurso/

Curso de calidad profesional adaptado a varios idiomas:
http://www.cursodeesperanto.com.br

De una organización privada: http://www.mailxmail.com/Idiomas/Esperanto.htm

Curso del Instituto Argentino de Esperanto:
http://www.institutoesperanto.com.ar/elcurso.htm

Curso de la Liga Argentina de Esperanto: http://www.geocities.com/sue_hess/

Curso de Enrique Ellemberg: http://eeo.8k.com/EoDktH/intro1h.htm

Curso de Germana Esperanto-Junularo: http://www.boehmeke.de/ESPERANTO/Indekso.htm

Por lo que respecta a materiales editados, te recomendamos los siguientes:

Miguel Gutiérrez Adúriz: «Esperanto. Curso del Idioma Internacional». PAS, Santander, 1995. Muy didáctico y sencillo, muy útil para aprender de forma autodidacta.

Fernando de Diego: «Nuevo método de esperanto». GRAM Ediciones, 3ª edición en 2001. Muy completo, pero más apropiado como método de perfeccionamiento.

«Lernu!» CD interactivo de altísima calidad y rebosante de modernos recursos didácticos.

Diccionario «2002», español-esperanto y esperanto-español, mga, Santander, 2002.

Diccionario de bolsillo «Sopena», editorial Sopena, Barcelona, varias ediciones.

Si te interesa alguno, o quieres recibir más información, no dudes en escribirnos.

http://www.nodo50.org/esperanto/sinprez.htm

Otras direcciones interesantes:

Un buen curso en muchos idiomas, con audio
y prácticas. Incluso puedes solicitar un profesor!!

http://www.cursodeesperanto.com.br/bazo/index.html?es

La wikipedia en esperanto
http://eo.wikipedia.org/wiki/Ĉefpaĝo

DOÑA VIKY

Doña Vicky

-¡Ahhhh!, ¡qué Palemón, cómo se le ocurre querer cargar los huevos en la cabeza!, -dijo la noche de su velorio uno de sus amigos de cantina que siempre albureaba.

-No se conformó con los que llevaba entre las piernas. -respondió otro que siempre acompañó al difunto en las fechorías de mujeres.

Palemón no tenía pensado dejar a dos hijas y tres hijos por irse al cielo. El carro en que viajaba, saliendo de la última curva antes de llegar al pueblo de Teposcolula se volcó, y una caja de madera que tenía tres mil quinientos once huevos de guajolota le destrozó el cráneo.

Entre las niñas que se quedaron estaba una que se llamaba Refugio pero casi todos la conocían como Virginia y por eso siempre le dijeron Vicky; aunque su madre y sus hermanos le gritaron toda la vida:

-¡Virgiñaaa!.

Refugio era la mayor de los cinco hermanos de un mismo padre, porque después aunque siguió siendo la mayor, lo fue de siete, pues su mamá parió dos hermanas más de otro marido. Desempeñó actividades de madre de una marimba de muchitos. De marido de su madre, enferma por los golpes de la vida y el accidente que la dejó viuda y a sus hijos huérfanos.

A ella le quitaron su nombre de pila desde los primeros años y, sin que nunca se supiera porque, le comenzaron a llamar Virginia. La escuela la perdió tiempo después del nombre, antes de terminar el sexto año de primaria; todo por el pleito entre sus obligaciones a los once años: andar en la venta de chiles, tomates y cebollas; ir bien en la lectura y cuidar a sus hermanos, que tenían la puta maña de dar mucha guerra.

Los lunes, cuando Refugio ya era Virginia y no iba a Chicahuaxtla, amarraba junto a la puerta de su casa de madera trenzada, al flaco de su hermano, quien desde entonces era el más mulita -decía. Luego corría, sin peinarse los cabellos, a la escuela. Marchaba por toda la orilla del río, aprisa, sin la menor oportunidad de poder disfrutar el olor de los ocotes o el de las lenguas de vaca, y menos saborear el aroma dulzón de los capulines. Nunca le alcanzaba el tiempo para disfrutar la frescura del rocío, que caía de los ahuehuetes con el empujón del viento y escurría por sus brazos desnudos, mojando su gastado y sucio mandil. Después de un recorrido acompañada del gorjeo de los petirrojos y el murmullo del agua resbalando entre las piedras, nada representaba para ella que la maestra le volviera a lastimar, señalándola como india piojosa y greñuda.

Virginia, a quien las pocas amistades que tuvo en la escuela le comenzaron a decir Vicky, supo del odio y el desprecio por los gritos que le pegaron en todo el cuerpo sus compañeros y compañeras; los golpes que siempre recibió de la maestra Yolanda Blanco, porque ésta, no aceptaba que una niña como Vicky pudiera pasar todas las pruebas.

-Seguro alguna copia se da, ¡es tan mañosa!

Pero sobre todo, Vicky aprendió el dolor en su casa. Porque a cada regreso de la escuela con los libros barrigones de historias patrias, el alma llena de ilusiones junto a su cuerpo y corazón mallugados por las ofensas del día: miraba a su desnutrido hermano durmiendo amarrado a la puerta: con la cara, manos y todo el cuerpo llenos de caca. Sus cachetes con marcas de haber llorado, surcos por donde se arrastraron tantas lágrimas que la llamaban y nunca alcanzaron a verla. Por eso dejo el colegio, pues siempre se olvidaba de los libros cuando miraba así a sus hermanos. Y aunque los limpiaba con agua y el cariño de hermana, la visión no se le quitaba.

Pese a que Vicky se dedicó a trabajar como burro, siempre tuvo problemas para dar comida y educación a los muchitos, sobre todo a ese flaco que nunca tomaba otra cosa que no fuera leche y que jamás lograron engañar para que tomara café; aunque le dijeran, ella y su padrino de bautizo:

-¡Bebe hijo!, es leche negra, ordeñamos una vaca medio prieta.

Pasado el tiempo, Vicky gano el respeto de propios y extraños. Se volvió mujer muy entendida: dulce con sus hermanos y brava con los cabrones. Es cierto, jamás estudio profesión alguna, pero ella dijo siempre:

-Si la vida es l’unica que nos enseña a ser padres, la esperencia es la niversidad que nos titula.

Vicky tuvo de obsesión un sueño, que se le metió en la cabeza desde el día que ya no fue a la escuela.

-O’nque sea uno de mis hijos será maestro.

Ya de vieja, Vicky vivió de la venta de dulces en una escuela donde cuidaba a todos los pequeñines, para que ningún maestro los mal mirara y menos cortara sus alas con las que habrían de volar la vida. Trabajaba cantidad pero nunca tenía dinero. La ganancia de todos los días, se iba en fiar dulces a niños que dejaban empeñada la sonrisa y la promesa:

-Luego le pagamos Doña Vicky.

El día que sólo le quedaba un hijo, El Trompudo, en la escuela «Ricardo Flores Magón» donde era presidenta del Comité de Padres de Familia, los niños de los dos turnos de la primaria, los padres de familia y los maestros le pidieron que siguiera de algo en la institución, pues todos aseguraban que Doña Vicky, aunque anduviera por el mundo sin estudios: quien sabe como le hacia pero siempre ayudaba a resolver problemas. Se le miraba gritando hasta con las manos en las asambleas de maestros, para exigirles mejor enseñanza y menos faltas.

Doña Vicky andaba con su regordeta figura en los tequios y las manifestaciones. Organizaba las fiestas patrias, las del día del niño, del maestro y hasta el de las madres, que no debiera. Y nunca dejó de exigir a los padres borrachos y desobligados:

-P’ que dejen la pedera y atiendan un poco a sus muchitos -expresaba cuando protestaban qué se metiera donde no le importaba.

Muchos se acostumbraron a ver a Doña Vicky exigiendo, a funcionarios y autoridades de varias dependencias, mobiliario, libros, pizarrones y etcétera para la escuela; ir y venir a tocar con impaciencia las oficinas para pelear en todas: becas, desayunos, servicio médico y demás para sus niños. Quizá por ello la festejaban el 15 de mayo como a ninguno: los niños robaban las flores del jardín escolar y se las regalaban junto con su travesura; los maestros cooperaban para agasajarla y todas las mamás le daban un abrazo.

Ese día Doña Vicky lloraba y perdonaba en su interior a todos sus compañeros que la ofendieron, a la desgracia que la dejó huérfana y a su maestra que la corrió del sexto año de primaria y de la vida. Recuerda con tristeza los años cuando no sabía que se llamaba Refugio y que la Virgiña, como le gritaban, tenía piojos y una maraña de cabello. Luego, mientras bebía la sal de sus gordas lágrimas, con el pecho inflamado de orgullosa fuerza y energía explicaba a los niños:

-Mientras viva, por muy inditos que seamos, ningún maestro los tratará mal y nadie dejará la escuela.

Hace algunos años murió una de las hermanas y mi abuela. Quedaron con Doña Vicky seis hermanos sin madre. Ahora que te cuento toda esta historia, hija mía, espero comprendas, porque de vez en cuando me da por gritarte:

-¡Virgiñaaaaa!

O decirte jugando, como le dijo muchas veces tu tío José a tu abuela:

-Refugio Cuevas Escondite.

Aunque ahora que es la fecha del fallecimiento de tu abuela y te pido, vayas al homenaje que año con año organizan profesionistas, ex estudiantes de la escuela que te platico, tu insistas:

-Papá, voy si entiende que no soy Refugio ni Virgiña y me llamas Virginia o Vicky simplemente

FUENTE: http://www.nodo50.org/cipo/documentos/vicky.htm

Musulmanes y occidentales se miran con desconfianza

Una encuesta mundial muestra un abismo en la percepción del otro en ambas comunidades.

Para los musulmanes, los occidentales son sobre todo egoístas y arrogantes, mientras que para los occidentales, los musulmanes son fundamentalmente fanáticos y violentos. Ambas comunidades confiesan abiertamente sus malas relaciones en la encuesta realizada en 13 países por Proyecto Pew sobre Actitudes Globales. Sobre este profundo abismo que se levanta hay una esperanza: la visión más conciliadora de los islamistas europeos.

Entre los musulmanes se percibe amargura y rencor hacia Occidente, al que responsabilizan de muchos de los males que padecen sus países. En general, tienen una opinión bastante peor que hace un año y culpan a los occidentales del deterioro que padecen las relaciones (64% de los turcos). Sin embargo, hay una clara tendencia entre estas sociedades a rechazar el terrorismo y los ataques suicidas que afecten a civiles, sobre todo en Jordania.

La polémica desatada por las caricaturas de Mahoma, la continuidad de las guerras en Irak y Afganistán, el conflicto palestino-israelí y el ataque terrorista en Londres han marcado el año transcurrido desde que Pew Center realizó su anterior sondeo. Éste ha sido elaborado entre el 31 de marzo y el 14 de mayo en Alemania, Francia, India, EE UU, España, Reino Unido, Rusia, Turquía, Egipto, Jordania, Indonesia, Pakistán y Nigeria.

Entre los datos más sorprendentes destaca que casi cinco años después del 11 de septiembre de 2001 todavía hay un alto número de islámicos que considera que no fueron árabes los que los cometieron los atentados en Nueva York y Washington.

Pero es la percepción del conflicto de las caricaturas lo que muestra con mayor nitidez el abismo que separa a musulmanes de occidentales. Para los primeros, revela la falta de respeto y el desprecio de Occidente hacia la religión que profesan más de mil millones de personas. Para los segundos, el fanatismo y la intolerancia de los musulmanes fue lo que desató el problema.

El único punto en que parecen estar de acuerdo los 14.000 encuestados es en que las naciones islámicas deben ser más prósperas económicamente. Sin embargo, los musulmanes culpan de su pobreza y su falta de desarrollo a la política de Estados Unidos y a Europa, mientras que Occidente apunta a la corrupción de esos gobiernos, a la falta de educación y al fundamentalismo islámico como las causas que frenan la prosperidad de esas sociedades.

Entre las tendencias positivas que se perciben en los países islámicos es que muchos encuestados considera que pueden tener sistemas de gobierno democráticos y plurales (74% de jordanos). En esto la respuesta occidental está bastante dividida, excepto Reino Unido y Francia, que opinan mayoritariamente lo mismo.

Los musulmanes que viven en Europa sostienen una visión equidistante de la de los ciudadanos con los que conviven y de la de los habitantes de países islámicos. Reconocen en sus vecinos de otra religión atributos como la tolerancia, la generosidad y el respeto a las mujeres, al tiempo que creen por un amplio margen que es posible la democracia en el mundo islámico (80% de musulmanes británicos). De ahí que Pew Center vea en los musulmanes europeos el puente de comunicación entre las dos civilizaciones.

España se radicaliza

Entre los países occidentales, España es el único en que se ha registrado un brusco descenso en la opinión de sus ciudadanos sobre los musulmanes. En 2005, el 46% de los encuestados tenía una visión positiva del mundo islámico, frente a sólo el 29% registrado en este año, en que también se ha producido un significativo descenso en la opinión que tienen los españoles sobre los judíos desde un 58% a un 45%.

Sin duda, la actitud más negativa de los españoles hacia los musulmanes es que el 83% considera a éstos unos «fanáticos».

Tal vez más sorprendente sea que el 41% de los españoles ha respondido que la mayoría o muchos de los musulmanes que residen en España apoyan a los extremistas islámicos, aunque, sin embargo, sólo el 12% de los musulmanes residentes considera que muchos o la mayoría de los que profesan en España la fe de Mahoma apoyan a radicales de Al Qaeda o de grupos semejantes.

Los españoles son también los más críticos a la hora de enjuiciar el trato de los musulmanes a sus mujeres. El 83% considera que no las respetan. Casi el mismo porcentaje de musulmanes residentes en España, el 82%, que opina que los occidentales respetan a las suyas, visión que no comparten ni jordanos ni egipcios.

La mayoría de españoles, el 58% -aunque en este punto los alemanes se llevan la palma, el 70%-, considera que hay un conflicto natural entre ser un musulmán devoto y vivir y adaptarse a una sociedad moderna.

En un síntoma de la poca confianza que tienen los españoles en la evolución hacia la modernidad de las sociedades islámicas, sólo un 37% opina que la democracia es un sistema de gobierno susceptible de dirigir los destinos de esos países. Mientras que un 60% de británicos y un 59% de franceses creen en la democratización de esas sociedades.

GEORGINA HIGUERAS – Madrid
EL PAÍS – Internacional – 24-06-2006


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MÁS SOBRE EL BOTELLÓN

Los adultos tolerantes no pueden posicionarse frontalmente en contra del fenómeno que convencionalmente conocemos como botellón.

No consiste éste, según se nos dice, sino en (a) una modalidad de diversión (b) elegida (c) por los jóvenes (d) para pasar en grupo y (e) al aire libre la noche en torno a (f) una compartida botella de alcohol.

Inevitablemente, puesto que de jóvenes se trata, la trasgresión ha de estar presente. Pero ese dato, por sí sólo, no descalifica nada. Al fin y al cabo, sólo ejerciendo el derecho a hacer lo que a cada uno apetece, puede el joven llegar a definir con autonomía su personalidad.

Por eso es importante estar con el botellón. Lo que supone, a poco sentido común que se le eche a la cosa, estar contra lo que «no es botellón». O, al menos no lo es en el sentido en que habitualmente se apologiza el fenómeno.

a) Si se trata de buscar diversión -es decir, recreo, pasatiempo, solaz-, no puede considerarse tal lo que no es sino desmesura: en horas empleadas, en número de congregados, en extensión de espacios ocupados, en decibelios emitidos, en alcohol consumido. Resulta preocupante que algunos -despistados sin duda- sólo encuentren diversión en el exceso que oculta sus limitaciones para disfrutar y comunicarse. Por otra parte, algo distinto a la diversión debe producirse cuando crecen las amenazas, las agresiones, las lesiones, tal como nos informa cada fin de semana la prensa local.

b) Si el botellón es una opción libre, sólo puede entenderse en un contexto en el que todos optan libremente. Lo que no ocurre cuando sólo unos deciden y los demás sufren. Las víctimas del ruido o de la suciedad no eligen. Aguantan. Al menos hasta ahora. Porque resulta consolador comprobar que se han comenzado a dictar sentencias penales que condenan a desaprensivos pseudo-empresarios que han hecho del ruido -y con ello del perjuicio a terceros- motivo de enriquecimiento fácil.

c) El botellón es diversión de jóvenes. No de niños. Pero sabemos que los adolescentes españoles se inician cada vez antes en el consumo de alcohol y drogas. ¿Quién controla el consumo precoz que provoca adicción en auténticos niños?

d) El botellón se nos presenta como espacio de comunicación, imprescindible ésta, a su vez, en la socialización del joven. Si esto es así, no puede defenderse como botellón la aglomeración masiva, por yuxtaposición, que no integra, sino que disgrega y que imposibilita la comunicación.

e) Si aceptamos que el botellón es fenómeno que se desarrolla al aire libre no podemos entender como tal el secuestro de los espacios comunes. La ocupación coactiva y excluyente de ciertos espacios urbanos los convierte en guetos, impenetrables incluso para la Policía, que quizá estén al aire, pero que no son libres. No puede, además, desconocerse que la opción del joven por beber al aire libre no es real: sus aglomeraciones de fin de semana suelen realizarse en las proximidades de establecimientos públicos que, aprovechando la anomia ambiental, hacen su agosto todo el año. Compitiendo ilícitamente con el resto de industriales que respetan horarios, sufren inspecciones de sanidad, controlan la calidad de sus productos y la capacidad de sus locales, pagan impuestos, etc.

f) La característica definidora del botellón queda reflejada en su propio nombre. Tal como continuadamente se argumenta, los jóvenes no pueden pagar los altos precios de una copa en los establecimientos ad hoc. Adquieren alcohol más barato y lo comparten en buena lid. Por eso no podemos considerar botellón ese otro fenómeno en cuyo contexto el joven, que teóricamente no puede pagar una copa en la discoteca, bebe y paga diez en la calle. Paga, como es notorio, muchas más cosas. Además de ingerir cantidades peligrosas de alcoholes incontrolados, las aglomeraciones masivas del fin de semana son el campo privilegiado para el comercio de drogas: aportan gran número de clientes, anonimato en el uso, impunidad en el tráfico. El marco ideal para el traficante. No se puede alegar ignorancia: la distribución de drogas de diseño o de cocaína puede ser ratificada por cualquiera interesado en tener los ojos abiertos.

La provincia de Cádiz registra un alto número de incidentes violentos originados en la movida. Y los accidentes de tráfico en ciudad duplican a los ocurridos en carretera. Tenemos casi el mismo número de siniestros que Sevilla y más que Málaga. Algo tendrán que ver los excesos del falso botellón. Pero preferimos desconocer la realidad.

(Algunas de) Nuestras autoridades se muestran preocupadas por los efectos del tabaco y se inhiben ante las secuelas de otros tóxicos no menos potentes. No desperdician ocasión para gritar ante el «azote de la droga», pero renuncian a intervenir decididamente frente a la difusión entre los más jóvenes. Lamentan cada lunes el rosario de graves accidentes de tráfico del fin de semana, cuando conocen donde se gestan. (Algunos de) Los ciudadanos, complacientes, nos limitamos a la inútil reivindicación de «mano dura», pero siempre sobre los efectos, raramente sobre las causas.

Estar a favor del botellón significa respeto por la autonomía de cada uno para decidir, individual o colectivamente, el destino de su tiempo. Por lo mismo, significa, también, oposición a lo que no es ni puede ser una modalidad de diversión libre. Y que tiene, además, intolerables consecuencias.

AUTOR: Terradillo, Catedrático de Derecho Penal

FUENTE: http://patalata.net

Más cosas sobre el botellón:

http://elmosquitoeducativo.wordpress.com

En EducaRueca.org – Estoy orgullosa que mi hijo vaya al botllón

¿CRISIS DE AUTORIDAD EN LAS AULAS?

AUTORA: Eugenia Jiménez Gallego

Sólo el hecho de plantearlo como una pregunta puede resultar indignante para el profesorado -y muchos de los padres- de este país, y probablemente, del resto de países occidentales. De hecho, el estudio internacional PISA 2003, en el que se comparan los sistemas educativos de los países desarrollados, aparecen los problemas de disciplina como una de las tres variables que más influyen en el rendimiento escolar. Porque mucho tiempo y energía que se podría dedicar a aprender se dedica a establecer un orden.

Pero la cuestión es que, si bien para desahogarnos públicamente de la frustración acumulada es suficiente nombrar así el problema y reclamar sin más que la administración educativa “restaure la autoridad de los docentes”, la verdad es que para conseguir que realmente mejore la situación es necesario realizar un análisis mucho más profundo.

En primer lugar ¿qué tipo de autoridad queremos restaurar?

Si escuchamos los comentarios de los docentes, aquélla que consiga que sus directrices sean acatadas con normalidad, sin tener que sentirse continuamente retados. Y también, la que inspire un trato deferente, aunque no por ello distante. Es decir, que no pretenden que los alumnos se levanten cuando ellos entran, pero sí que los estudiantes se sienten, preparen sus materiales y guarden silencio cuando los ven llegar, y que se mantengan atentos. Y, cuando alguno no lo consiga, al menos que simule que lo está. Piden que los alumnos no deterioren el mobiliario escolar, ni agredan verbal ni físicamente, especialmente a los adultos. Y que si incumplen alguna de estas reglas, incluida la de permanecer en silencio, asuman los castigos que se les imponen -aunque, como es inevitable, sientan con frecuencia que la sanción es en parte injusta – sin que ellos y sus padres se enfrenten, indignados, al equipo directivo. Finalmente, quieren que, aunque no les vuelvan a llamar de usted, los alumnos no se dirijan a ellos con el mismo lenguaje que emplean con sus iguales, ni pretendan tener derecho a tratarles exactamente de la misma forma que son tratados (“si siento que un profesor me ha insultado, yo desde luego lo insulto a mi vez”).

El problema no es que estas peticiones no puedan resultar razonables, sino que pretendemos que esto ocurra de manera automática, porque “así debería ser”, sin tener en cuenta los cambios culturales recientes, y sin adaptar nuestras medidas a la realidad actual.

En cuanto a los cambios culturales, lo primero es darnos cuenta de que no estamos ante una crisis que se dé especialmente en la escuela, sino generalizada a todos los espacios donde existan figuras de autoridad. Y es precisamente por ello que el título de este artículo aparece entre interrogantes. De hecho, si intentamos ser objetivos admitiremos que correcciones que aún -más o menos a regañadientes- admiten nuestros alumnos de sus profesores, no las admitirían en ningún caso de otro adulto en la vía pública.

La cuestión es que, en el mundo occidental actual, las tradicionales figuras de autoridad no reciben ya un respeto incondicional. Ni los docentes, ni los padres. Pero tampoco otras autoridades tradicionales: policiales, religiosas, militares, médicas, políticas… Por cierto, los mismos adultos que nos quejamos de falta de respeto, somos los que, sin ningún pudor, cuestionamos a nuestras propias autoridades delante de nuestros jóvenes, incumpliendo sus indicaciones cuando lo juzgamos conveniente y podemos hacerlo. Sólo acatamos las decisiones de los que tienen poder sancionador sobre nosotros – y aún así ello no excluye quejas y reclamaciones-, o /y han ganado nuestro respeto por sus acciones. Igual que lo hacen muchos de los chicos.

Es más, en los años 80, muchos profesores de instituto, jóvenes, progresistas, y animados por el espíritu de la transición, fueron los que insistieron en derribar dos clásicos símbolos de autoridad: las tarimas y el tratamiento de “usted”, para terminar saliendo “de marcha” con sus alumnos. Dos elementos que por cierto, en algunos centros se están planteando restaurar. El primero por su carácter práctico y el segundo para ayudar a los jóvenes de hoy a diferenciar los papeles de cada cual. Sin embargo, todavía determinados docentes se resisten a utilizar sanciones para hacer cumplir las normas. “No somos policías” -se quejan-.

El mencionado fenómeno de crecernos ante la autoridad se produce en todas las clases sociales, pero quizá es más evidente en la trabajadora. Los pertenecientes a lo que se solía llamar clases “humildes” no se consideran tales en absoluto, y reaccionan en ocasiones desde el sentimiento de autodefensa ante las vejaciones sufridas años atrás. Más en concreto, muchos padres de bajo nivel sociocultural, antiguos fracasados escolares de la EGB, que no olvidan humillaciones públicas y castigos físicos sufridos, parecen atacar al profesorado casi tanto desde ese recuerdo como desde sus desacuerdos actuales.

Sin olvidar que, en cualquier caso, sigue existiendo un gran choque cultural en cuanto a cuáles son las reglas de convivencia, los valores y el comportamiento a seguir ante las autoridades, no ya con inmigrantes, sino también entre clases sociales. Muchas normas evidentes para un profesorado de clase media-alta no lo son en absoluto para familias de otros contextos, e incluso pueden ser contradictorias. Por ejemplo, la violencia física en respuesta a una agresión verbal es enseñada explícitamente en algunas familias. Mientras que en las zonas regidas por el tráfico de drogas o simplemente la economía sumergida, los estudios no tienen valor social. E incluso sin referirnos a esos extremos, está claro que las expectativas de las familias y las experiencias educativas caseras que les pueden proporcionan son netamente diferentes. En el mencionado estudio PISA 2003 se demuestra que los centros con mayores problemas de disciplina son los que reciben población de entornos socioeconómicos más desfavorecidos.

Pero es que, además, los adolescentes reciben una presión adicional: adultos que trabajan en los medios de comunicación les transmiten continuamente no el valor de la obediencia, sino el de la rebeldía; no el del esfuerzo, sino el del placer inmediato y el éxito entendido como ser famoso a base de provocar escándalo; no el del diálogo sosegado sino el de la desvalorización del contrario sin respeto al turno de palabra; no la veneración por la madurez y la sabiduría, sino por el riesgo, las decisiones impulsivas, la apariencia y la cultura juvenil. Y todo ello aderezado con atractivas imágenes en color, música moderna y actores de moda.

Para completar esta composición de lugar, recordemos que no sólo no ven a su alrededor que el respeto incondicional a la autoridad sea algo deseable, sino que además ellos no lo han experimentado en casa. Es cierto que gran parte de los padres de los adolescentes actuales rechazan cualquier tipo de disciplina como medio para educarles, por una parte también imbuidos del espíritu antidictatorial de la transición, y por otra de teorías psicológicas de moda pero en gran parte ya desfasadas. Los planteamientos psicoanalíticos sobre el trauma infantil que se llevaron al extremo en los años 60 y 70 siguen guiando la educación de muchos, sin tener en cuenta que estudios más actuales demuestran que las estrategias de educación familiar con mejores resultados son las que combinan afecto y comunicación por una parte, con firmeza en la exigencia del cumplimiento de las reglas por otra. Todavía encontramos muchos padres cuyo mayor deseo es convertirse en amigos de sus hijos, los cuales terminan disponiendo de muchos amigos, pero resultan técnicamente huérfanos, sin límites.

Es más, incluso las familias que consideran que disciplinar a sus hijos es parte de su labor, se encuentran sin herramientas para hacerlo. La sociedad proscribe el castigo físico y la agresión verbal, que son las medidas educativas que conoció la generación anterior, pero no les ha enseñado alternativas. De hecho, tanto los padres como los profesores de series y telenovelas -posibles modelos mediáticos- parecen encontrarse tan desorientados como los de carne y hueso.

La convicción que muchos albergan es que todo puede solucionarse a base únicamente de hablar con los chicos, y se frustran cuando comprueban que no es suficiente. Entonces parece que sólo les resta, si son padres, recurrir a los psicólogos, y si son profesores, al jefe de estudios, lo que con frecuencia les resta más autoridad aún.

Por tanto, cuando los profesores exigimos a la administración que restaure nuestra autoridad ¿qué le pedimos exactamente que haga?. No parece posible recuperar por decreto el respeto incondicional y la obediencia que en décadas anteriores recibíamos sólo por el hecho de serlo, puesto que se trata de una cuestión cultural. Sobre todo, porque no estamos dispuestos a restaurar el castigo físico o la expulsión definitiva de los centros.

Pero tampoco ayudará a restaurarla el simple hecho de crear la famosa asignatura de “Educación para la convivencia”, como si no estuviese claro que lo que les falta a los adolescentes no es charlas sobre el tema, o como si tener que examinarse de lo que significa respetar al profesor facilitara su cumplimiento. Muy cuidada tendría que estar la metodología con la que la impartieran para que tuviera un mínimo impacto, pero además con el inconveniente de que si supone un incremento del número de profesores diferentes que le da clase a un grupo anualmente, sólo con ello ya está empeorando el clima de aprendizaje.

De forma que quizá el camino más sensato pare mejorar la situación sea investigar qué estrategias han puesto en práctica los centros en general y los profesores en particular que han conseguido recuperar una autoridad no absoluta, pero sí suficiente.

En este sentido, sí que parece haber un cierto apoyo desde la administración a las escuelas que han desarrollado programas con este objetivo: participación de alumnos y padres en la elaboración del reglamento del centro, mediación entre alumnos en caso de conflictos…

Sin embargo, también tenemos experiencias que demuestran que mejora la convivencia cuando los programas se adaptan a las necesidades de los alumnos, y ya en la Secundaria, también a sus intereses. Sin embargo, el proyecto de Ley Orgánica de Educación (L.O.E.) que actualmente se debate a nivel político sigue sin reconocer que no todos los problemas se deben a dificultades de aprendizaje. Es cierto que ya el anterior estudio PISA 2000 demostró que la educación separada de alumnos desde los 10-12 años no era, como muchos creen, la mejor opción para elevar el nivel de la población general. Hasta el punto de que países defensores de ese sistema, como Alemania, se encuentran actualmente inmersos en una crisis educativa y en proceso de reforma a raíz de la publicación de esos resultados. Pero también es cierto que, incluso César Coll y Álvaro Marchesi, catedráticos de Psicología y autores intelectuales de la LOGSE, han reconocido públicamente que esa ley, en el otro extremo, resultaba demasiado exigente en su comprensividad. No defienden por ello itinerarios separados, sino revisión de la relevancia de los contenidos a enseñar, evitar los macrocentros, más apoyos y recursos humanos… pero también incluir en el segundo ciclo de la ESO programas pensados para alumnos con rechazo a lo escolar. No sólo no recoge la nueva LOE nada de esto, sino que incluso retrasa hasta los 18 años la edad para presentarse a pruebas libres de acceso a estudios de formación profesional.

Podríamos pensar que muchos políticos de este país, tanto de una tendencia como de otra, cuando elaboran sus leyes sólo parecen receptivos a los datos que confirman sus expectativas.

En cuanto a la autoridad del profesor en su aula, podemos observar que la mayoría de los que tienen menos problemas de disciplina son los que han optado por dedicar tiempo y paciencia a ganarse esa autoridad. Por una parte, suelen ser docentes que dominan su materia y saben transmitirla. Pero, tembién, que imponen pocas normas pero las explican desde principio de curso; que no dan confianza al principio sino progresivamente y que reprenden en privado más que en público. También utilizan sanciones que no les gustan a los chicos pero que pueden entender como consecuencia natural de sus comportamientos (quedarse más tiempo en clase, tarea adicional para casa, salir del aula a reflexionar o con tarea extra, reparar lo roto…). A ello unen que demuestran su interés y afecto por los alumnos y se esfuerzan en que todos puedan progresar. Y, sobre todo, jamás “entran al trapo” de los adolescentes que les provocan: hacen acopio de toda su paciencia para responder con firmeza pero con calma, e incluso con salidas creativas que consiguen descolocar a los adolescentes. En resumen, que no se lo toman como una afrenta personal, sino como una cuestión inevitable que están dispuestos a resolver.

En cuanto a los enfrentamientos con los padres, parece que los profesores de Primaria, en permanente contacto con las familias y predispuestos a acordar estrategias educativas comunes en lugar de a culpabilizarlas por la conducta de sus hijos, son los que suelen tener menos enfrentamientos con ellas, excepto ante choques culturales.

En conclusión, de todas las estrategias presentadas podemos pensar lo mismo: ¿por qué en el sistema actual se exige tan poco a los alumnos y tanto a los profesores? Y es cierto que requieren un buen nivel de formación en cuestiones no académicas y casi un determinado perfil de personalidad, así como dedicarles tiempo, no sólo individual sino también colectivo. Tanto para organizar y evaluar programas de intervención como para reivindicar a nuestros superiores los recursos necesarios. Pero no sólo a nosotros ¡a todas las autoridades!

No es la única opción, pero la cuestión es si las alternativas serían más fáciles de llevar a cabo. Porque, en el contexto cultural actual, ni siquiera castigos más aversivos conseguirían sumisión, pero sí muchas críticas. Y una campaña publicitaria alabando la labor docente o el valor del esfuerzo no puede contrarrestar tantos mensajes televisivos contrarios.

Poder cuestionar a las autoridades, relativizar las normas y hacer de la rebeldía un valor nos pareció un gran logro social de la democracia, y tiene desde luego grandes ventajas. Pero también está claro que hacer frente a sus consecuencias, en los casos en los que somos nosotros los obligados a establecer esa autoridad, nos va a suponer tiempo, esfuerzo y mucha paciencia.

Visto en pdf en: http://www.mcep.es/notinovedad.html
Página del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (MCEP)

¿QUÉ ES ESO DE LA IDENTIDAD MASCULINA?

AUTOR: José Angel Lozoya Gómez

La identidad, entendida como un modo personal de identificarnos y diferenciarnos de los y las demás, es un concepto teórico que puede ayudar a conocernos, pero cuando hablamos de identidad masculina nos estamos refiriendo inevitablemente al concepto de identidad de genero, es decir, a las características adjudicadas a la masculinidad, en un momento histórico, o geográfico, y en un contexto cultural y social determinado.

Lo masculino no es ninguna esencia, el hombre nace y el varón se hace. Las características que solemos identificar como masculinas no son innatas, sino consecuencia de un proceso de socialización que pretende relaciones de dominación entre los sexos. La identidad o mejor dicho, la condición masculina es por tanto un producto social, un resultado que podemos modificar en uso de nuestra libertad, si deseamos una sociedad en la que ningún sexo oprima al otro.

Las diferencias biológicas entre la mujer y el hombre son naturales y no modificables, y aunque no las conozcamos en toda su extensión, porque serian necesarias unas condiciones de libertad inexistentes para que pudieran expresarse, los trabajos de John Money y Anke Ehrhardt demostraron que del mismo sustrato biológico, se pueden producir diferencias muy marcadas en lo qué respecta a la masculinidad y la feminidad, a partir de etiquetar a un niño como chico o chica y educarlo en consecuencia. Al menos desde entonces parece haber consenso en que las diferencias observables entre mujeres y hombres se deben fundamentalmente a la socialización, que es la encargada de fomentar o reprimir las actitudes e intereses que se considera adecuados a cada sexo.

No conozco ningún defecto o virtud, de comportamiento o carácter, que lo sea sólo en un sexo. Tampoco sé de ninguna corriente de pensamiento, que al defender la existencia de diferencias no resalte estas y minimice las semejanzas, y como consecuencia vea la necesidad de educar de forma diferente a niñas y niños, enfrentándonos a la tendencia de las dicotomías a la jerarquización, es decir, al peligro de reproducir relaciones de poder entre los sexos.

COMO SE CONSTRUYE LA SUBJETIVIDAD DEL GENERO MASCULINO.(Apuntes inconclusos).

Los hombres son una parte de la humanidad pero han venido presentándose como modelo de toda ella, evitando de esta forma la necesidad de que ellos o su poder se vean cuestionados. Esta situación explica porqué para muchos, ser hombre sea ser importante, y para todos suponga privilegios, aunque estar a la altura de las circunstancias conlleve unos costes personales y sociales tan grandes que obliguen a cuestionar si merecen la pena.
La importancia del sexo desde antes del nacimiento es patente en muchas culturas (china, India,…) y en los deseos de no pocos padres y madres. Cuando se interroga a alguien sobre si prefiere niño o niña, además, se le está preguntando implícitamente, por la disposición a asumir las diferencias que implica convivir con y criar a una u otra persona: cosas que habrá que reforzar, problemas que habrá que prevenir, etc.

En cuanto nacemos, o la ecografía permite conocer el sexo del feto, la familia empieza a hacer proyectos y dar pasos que tengan en cuenta esta circunstancia, que determina el nombre y condiciona casi todo lo que tenga que ver con él: la ropa, los colores, los juguetes, etc.

Desde que nace se trata de fomentarle unos comportamientos y reprimirle otros, al tiempo que se le transmiten ciertas convicciones de lo que significa ser varón. Esto es así incluso en el caso de los hijos de madres feministas y padres por la igualdad, porque el propósito de educar un niño no sexista, obliga a reforzar valores poco frecuentes entre sus iguales e inculcar una actitud critica frente a las manifestaciones más censurables del modelo masculino tradicional, que inevitablemente le llegaran en forma de exigencias a través de múltiples canales: la familia, la escuela, la televisión, sus iguales, etc.

El proceso de construcción de la subjetividad masculinidad se prolonga a lo largo de toda la vida (no termina nunca,) e intenta reducir las diferencias potenciales entre los hombres para ajustarlos a un modelo preexistente, que trata de aumentar las diferencias que podrían tener con las mujeres, a las que se unifica en torno a otro modelo. Aunque no se consigue evitar diferencias entre los hombres, ni el parecido de muchos a bastantes mujeres, la sociedad actúa como si lo hubiese conseguido.

El problema no reside en decirle a un niño que es biológicamente diferente de una niña, el conflicto radica en como hacerle ver, a pesar de lo que escucha y observa, que no tienen porque ser socialmente desiguales, ni son justas la cantidad de implicaciones que los roles tienen en el plano de los derechos y las obligaciones.

Se percibe que ser hombre es SER IMPORTANTE, porque al menos se es ante la pareja y la descendencia. Pero sobre todo llama la atención que «todos» tengamos sensación de transcendencia, como si estuviéramos en este mundo para cumplir una misión, no se sabe cual, que depende de nosotros y para la que debemos preservar el grado de autonomía necesario, sensación que contribuye a reforzar el temor a perdernos en la relación de pareja.

El AISLAMIENTO es otra de las claves de la educación masculina. Es una característica típica del poder y por tanto de los grupos que lo ejercen, que dicen sentirse incomprendidos y poco considerados para evitar atender a las criticas e intentar conservar el poder. Pero en el caso de los hombres, este recurso tiene como contrapartida hacer mas dolorosa cualquier angustia por el hecho de no poder compartirla. Todos -y todas- sabemos lo que alivia, el solo hecho de contar un problema. Pero es frecuente en los hombres, la sensación de no poder o no saber compartir: «los problemas gordos me los trago solo».

Educados para COMPETIR y triunfar se les presenta la confianza como peligrosa, (somos esclavos de lo qué decimos y dueños de lo que callamos). No es recomendable comentar las propias dudas sobre algo que pensamos hacer o defender a nuestros rivales (en el trabajo, la política,…) por que lo pueden usar para vencernos.
El VALOR se nos supone al tiempo que se nos exige reiteradamente demostrarlo.

Hay quien dice que ocultamos los SENTIMIENTOS y puede que algunos lo hagan para evitar comprometerse, pero mas bien parece que a fuerza de negarlos, de no reconocerlos ni expresarlos, como todo lo que no se utiliza se atrofian y acaban siendo como bonsáis, tan graciosos como pequeños.
Los niños nacen con capacidad para expresar sus emociones pero se les socializa fuera de ellas o se les enseña a expresar la ternura a través de la rudeza, (apretones de mano, palmadas en la espalda, exigencia,…).

Nos dijeron que los hombres no lloran y aprendimos a controlar las lagrimas (y el resto de los sentimientos) para lograr el reconocimiento, hasta el punto de pedir excusas cuando no lo conseguimos (perdón no pude controlarme,) aunque luego y en determinadas circunstancias, te echen en cara que no sepas hacerlo. Los privilegios cuestan caros y en el campo de los sentimientos, todo lo que ganamos en poder lo pagamos en represión emocional.

Hace poco discutíamos en el grupo de hombres de Sevilla, si nos parecíamos mas a caballeros dentro de una armadura oxidada, que nos impedía contactar emocionalmente con los y las demás o a Pinocho, un muñeco de madera luchando por humanizarse, al que le crece la nariz con cada mentira.

Orientados hacia una META que dé forma y sentido a sus esfuerzos. Los hombres son entrenados entre la exhortación y la humillación (ganador o perdedor) buscando que sean competitivos, controlados e independientes.
La necesidad de una meta les acompaña siempre, por eso se dice que padecen el síndrome de Ulises, el héroe mitológico que se pasó la vida intentando llegar a Itaca sin darse cuenta que la vida era el camino. Recuerdo una entrevista al primer astronauta hijo de españoles (Michael López Díaz Alegría,) cuando le preguntaron cual era su meta después de conseguir aquella por la que tanto había luchado, ser astronauta, se hizo un silencio tenso, hasta que encontró la respuesta, «buscar otra meta». En las relaciones de pareja no es extraño que cuando ella dice sí, empiecen los problemas, si no hay otra meta el interés del hombre decrece y con él, el deseo.

Diversos autores coinciden en señalar que la identidad masculina se construye por oposición, por un proceso de diferenciación de lo femenino, más que como resultado de un proceso de identificación con otros hombres. Ser hombre es no ser mujer ni homosexual (al que se imagina como afeminado).Es mas frecuente que se diga a los niños que eso es cosa de niñas, que eso no es cosa de hombres.
La identidad de género no determina LA ORIENTACIÓN DEL DESEO SEXUAL, ni la homosexualidad tiene porque significar que la identidad de género no esté perfectamente asumida e interiorizada. Pero es curioso como muchos padres y madres que piensan que la orientación del deseo es de origen biológico, sospechando que de todas formas la educación es muy importante, tratan de prevenir una posible homosexualidad a través de una educación muy masculina, llegando a condicionar el contacto afectivo corporal, sobre todo, entre el padre y el hijo, abundando los padres y madres que tratan a sus hijos con más brusquedad, o los acarician y miman menos que a sus hijas.

Sobre un tema tan de moda como la IMPORTANCIA DEL PADRE, Corsi nos recuerda que desde el campo de la psicología evolutiva, se tiende a analizar casi exclusivamente el vinculo materno filial, ignorando casi por completo la figura del padre, a quien le adjudican un papel regulador en momentos posteriores. Como el vinculo primario del varón es con su madre, el proceso de construcción de la identidad masculina pasaría por el eje de separación-diferenciación, de modo que para llegar a ser varón en un mundo androcéntrico y homofóbico tendrá que reprimir las identificaciones femeninas y demostrar que él no es una mujer ni un homosexual.

Uno de los temas más discutidos, últimamente, es la importancia de que el niño (y la niña) crezcan con un padre presente qué les sirva de modelo de identificación, (qué haya más hombres entre el profesorado de preescolar y de educación primaria,…). Parece razonable que, aquí y ahora, es al menos mas cómodo tener ambos modelos como referentes, pero, coincidiremos en que es mejor no tener un padre presente que tener uno malo. Esto ultimo lo digo porque históricamente y hasta fechas muy recientes lo normal era tener a ese padre presente y no parece que sea casualidad, que la crisis del patriarcado haya coincidido con su alejamiento relativo. No obstante ahora se habla de la diferencia entre ser padre y hacer de padre, lo primero no tiene ningún mérito pero lo segundo implica la asunción de esa responsabilidad. También se habla de padre faltante frente a la idea de padre ausente, para aclarar que el padre presente no tiene porque incluir intercambio corporal y afectivo, ni el cumplimiento de la función de maternaje que es la que crea el vinculo que puede servir como modelo alternativo.

La COEDUCACIÓN se nos ha presentado desde la enseñanza como la formula para combatir el sexismo, pero lo masculino y sus valores sigue tomándose como ejemplo de normalidad, madurez, cordura y autonomía olvidando que los hombres tienen los problemas psicosociales de salud mas relevantes, relacionados con los estilos de vida, drogodependencias y violencias. En lugar de cuestionar el modelo masculino lo han convertido en «café para todos y todas». Una de las consecuencias mas llamativas es que se espera que para el año 2020 las expectativas de vida de las mujeres hayan retrocedido hasta igualarse a las de los hombres. Parece que seria más lógico caminar hacia un modelo «unisex» que tomando lo mejor de cada genero contribuyera a alargar la expectativas y la calidad de vida para todas y todos.

Aunque la ADAPTACIÓN DE LOS HOMBRES A LOS CAMBIOS impulsados por las mujeres, la hemos iniciado cada uno a nivel personal, presionados por las circunstancias y las mujeres con que nos hemos relacionado, desde mediados de los 70 en los países escandinavos y de los 80 en distintas ciudades españolas han ido apareciendo grupos de hombres que buscan compartir aquellas inquietudes que difícilmente surgen en las conversaciones entre varones, ni son fáciles de tener en presencia de las mujeres .En ellos se cuestiona la vigencia del modelo tradicional, se habla de los malestares masculinos o se analiza críticamente, (no en todos los grupos,) cómo contribuimos a reproducir relaciones de dominación.

En España, los primeros hombres que se plantearon, en voz alta, la necesidad de organizarse para el cambio, estaban vinculados afectivamente a mujeres feministas e interesados en el estudio de la sexualidad, y la primera vez que grupos de hombres han decidido pronunciarse públicamente contra el sexismo lo han hecho contra la violencia masculina en la pareja a raíz del asesinato de Ana Orantes. Lo primero es lógico tratándose de hombres que a pesar de todas las dificultades quieren compartir la vida intima con mujeres que exigen condiciones de igualdad y reciprocidad, lo segundo es la consecuencia de entender el amor como una buena amistad con momentos eróticos, en el que resulta inaguantable la contradicción masculina entre el placer y el cumplir, y lo ultimo porque era cómplice el silencio del colectivo masculino ante la forma mas sangrante de intentar evitar el derecho de las mujeres a la libertad.

BIBLIOGRAFIA:

• Corsi, Jorge,Violencia masculina en la pareja, Paidós, Barcelona,1995.

• Beauvoir, Simone de, El Segundo Sexo.

• Bonino, Luis, Deconstruyendo la «normalidad» masculina.(Apuntes para una «psicopatología» de género masculino.

• Fisher, Robert, El Caballero de la Armadura Oxidada,Obelisco. Barcelona. 1994.

• López, Teresa, «El hecho de ser mujer», El País, Madrid. 24-1-1999.

• Lozoya, José Angel, «Política de Alianzas: El Movimiento de Hombres y el Feminismo», Jornadas Feministas, Almuñecar (Granada), Julio 1999.

• Marques, Josep Vicent. y Osborne, Raquel, Sexualidad y Sexismo, UNED, Fundación Universidad Empresa, Madrid, 1991.

• Naifeh, Steven y White, Gregory, Por qué los hombres ocultan sus sentimientos, Javier Vergara, Buenos Aires, 1990.

• Parker, Mac. Los hombres el aislamiento y el sexo, Vermont, 1985.

• Sau, Victoria, Diccionario Ideológico Feminista, Icaria. Barcelona 1990.

• Valcárcel, Amelia, «La difícil de la libre existencia», El País, Madrid 24-1-1999.

• Valle del, Teresa y Sanz Carmela, Genero y Sexualidad,UNED Fundación Universidad u Empresa. Madrid 1991.

* Comunicación presentada en las Jornadas sobre MUJER Y SALUD, Jerez de la Frontera, febrero de 1999. José Ángel Lozoya Gómez es miembro del Colectivo de Salud SPECULUM. Tel. 954228294.

ENLACES SOBRE EL TEMA: Artículos sobre masculinidad en Edualter:

– José Ángel Lozoyola: ¿Qué es eso de la identidad masculina?

– José Ángel Lozoyola: Los hombres ante el cambio de las mujeres

– Laura E. Asturias: Construcción de la masculinidad

– Luis Bonino: El problema de la violencia masculina

– Luis Bonino: Los varones frente al cambio de las mujeres

– Daniel Cazés: El feminismo y los hombres

– George Marx: Interacción de hombres profeministas con mujeres feministas

– Oswaldo Montoya: Entre machos nos entendemos: la complicidad masculina

– Tod Sloan y Rubén Reyes: La deconstrucción masculina

– Ana Criquillón: La cuestión masculina: ¿otro problema femenino?

– Jennie Ruby: De tal palo, tal astilla: Cómo los niños se hacen hombres

Libro – EL HAREN PEDAGÓGICO / Violencia y diferencial sexual en la escuela

VIOLENCIA Y DIFERENCIA SEXUAL EN LA ESCUELA

Autoras: Graciela Hernández Morales y Concepción Jaramillo Guijarro
Publicado en el libro El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar. Ed. Graò, Barcelona. 2000

Los seres humanos somos seres sociales, lo que viene a significar que comprendemos el mundo, damos forma a nuestras ideas, nos expresamos y existimos gracias a las relaciones que establecemos con otras personas. Esta necesidad primaria de relación es un hecho relevante al que no siempre se le presta la suficiente atención. Sin embargo, profundizar en él es fundamental para entender qué son y por qué se producen manifestaciones violentas, así como para valorar aquellas prácticas que de un modo u otro las hacen impensables (Rivera, 1998).

La relación implica intercambio. Para que el intercambio sea posible es necesaria cierta disposición para escuchar y atender lo que otras u otros tienen por decir y aportar; así como cierta capacidad para expresar lo que se quiere, se es, se piensa y se siente.

Relacionarse implica también conflicto, porque en el intercambio se ponen en juego formas diversas de posicionarse ante las cosas y el mundo, las cuales, con mucha frecuencia, no son coincidentes. Los conflictos no conllevan necesariamente confrontación o enfrentamiento, sino que nos dan cuenta de la existencia de palabras, deseos y experiencias diversas que necesitan de mediación para que puedan ser dichas, escuchadas y reconocidas.

La búsqueda de mediaciones requiere partir de sí (Piussi y Bianchi, 1996), es decir, que cada cual hable desde su experiencia, se ponga en juego en primera persona (Rivera, 1994), y preste atención, desde ahí, a lo que el otro o la otra aportan. Significa también la voluntad de tender puentes con el fin de hacer comprensibles las diferencias, no para llegar a consensos o para que lo más conflictivo se calle, sino para que las relaciones se puedan dar sin miedos o cortapisas.

Detrás de cada manifestación de violencia hay siempre un conflicto provocado por las diferencias: diferentes opiniones, valores, aspecto, cultura, raza, origen, sexo, forma de estar, de vivir, etc. El conflicto provocado por las diferencias se convierte en violencia cuando hay personas que las interpretan, no como una riqueza, sino como una expresión de inferioridad de “lo otro”. El origen de la violencia es, pues, la incapacidad de reconocer al otro o a la otra. Este sentimiento lleva a vivir las diferencias como una amenaza, un estorbo o un motivo de inquietud y sus consecuencias van desde la ignorancia o negación de las otras personas, hasta la infravaloración o la exclusión mediante formas diversas, entre las cuales, la agresión física es la más extrema. (Jaramillo 1999).

Debido a algunos cambios sociales recientes (la llegada y el asentamiento de personas procedentes de otros países) y a los cambios de la propia escuela (el paso de la escuela segregada a la mixta, la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los 16 años, la integración en los centros de alumnas y alumnos con necesidades educativas especiales), en ella hoy conviven alumnos y alumnas entre los que hay una gran disparidad. A la diversidad de procedencias, culturas, situación económica, social y personal, hay que sumar la propia de un espacio social en el que conviven diferentes generaciones: personas adultas, niñas, niños y jóvenes.

Todas estas circunstancias hacen de la escuela un espacio que se caracteriza por la heterogeneidad de quienes lo habitan. Un espacio en el que se hace más necesario que nunca cuidar las relaciones con el fin de que las diferencias sean una riqueza, una ocasión para el intercambio y el aprendizaje mutuo y, por el contrario, no se vivan como algo que dificulta la labor del profesorado y, en general, la vida escolar.

Violencia sexuada

La interpretación jerárquica de las diferencias y la aceptación de la violencia como un método legítimo para resolver los conflictos que éstas provocan, tiene su origen en la dificultad de reconocer la primera de las diferencias que viene dada en el mundo, que es la diferencia sexual. Una parte importante de nuestra tradición cultural ha pretendido silenciar esta diferencia al reconocer sólo la existencia de un sujeto “neutro”, sin sexo, desde el que se ha definido la categoría de lo humano. Pero hoy sabemos que este sujeto no es asexuado porque esa definición de lo humano sólo ha contemplado la experiencia masculina del mundo. Un mundo que incluye también a las mujeres, pero no como personas que tienen su propia experiencia, sino como una parte de él que no tiene voz propia y que, por tanto, tiene que ser definida por otros. (Sau, 1986).

La incapacidad de reconocer a las mujeres como sujetos que pueden decirse y decir el mundo desde su experiencia, las ha situado en el lugar de “lo otro” inferior, complementario o subordinado y, en lecturas más recientes, igual. (Diótima, 1996). Desde ese neutro-maculino se ha construido un orden simbólico y social patriarcal que acepta la violencia como medio para resolver posibles conflictos provocados, ya no sólo por la diferencia sexual, sino por cualquier otro tipo de diferencias. Una violencia que se manifiesta de modos muy diversos que van desde la exclusión hasta la agresión física, pasando por todas y cada una de las formas de discriminación que conocemos.

Por eso, se puede afirmar que la violencia no es neutra sino que es sexuada, de sexo masculino (Instituto de la Mujer, 1998), porque en su origen está la incapacidad de reconocer la primera diferencia (el otro sexo). Esto no quiere decir que la violencia esté determinada biológicamente, pero si que está unida a la experiencia histórica de los hombres y a su manera de relacionarse con las diferencias.

Quien usa la violencia instrumentaliza las relaciones, usa a las personas para alcanzar determinados fines o logros, sin prestar atención a las necesidades ajenas, sin importarle demasiado el proceso para lograr lo que pretende. Entiende, además, que quien más tiene y más poder ostenta, más vale. Por eso, la violencia tiene que ver con el poder, en tanto que conlleva jerarquía y dominio. Para quien lo tiene es una forma de mantenerlo e incrementarlo, para quien no lo tiene es un modo de hacerse valer, hacerse escuchar y lograr cierto control sobre otras personas.

En definitiva, “ejercer violencia es imponer pensamientos o valores con la fuerza, es hacerse valer con el miedo, es no entrar a dialogar, es excluir e infravalorar todo lo que pone en cuestión el poder de quien la pone en marcha y la utiliza.” (Instituto de la Mujer, 1998).

La vinculación de la masculinidad con la violencia no forma parte sólo del pasado. Desde el punto de vista educativo, es preciso profundizar en las razones por las que niñas y niños, aún siendo socializados y educados en contextos familiares, escolares y sociales comunes, tienen actitudes y comportamientos significativamente distintos en su relación con las diferencias. (Miedzian, 1995)

En la vida escolar seguimos encontrando expresiones de violencia originadas por la dificultad de los niños de reconocer la diferencia sexual. A través de muchos mecanismos, y no sólo en la escuela, aprenden que la diferencia de los sexos no es realmente de los sexos, sino que las diferentes son las niñas, mientras que los “normales”son ellos. Con este aprendizaje, muchos creen que pueden hacer comentarios de todo tipo, incluida la burla, sobre el cuerpo de las niñas, o que pueden subirles la falda o tocarlas sin su permiso. Pero a muchas de estas situaciones se les resta importancia o se las interpreta como fruto de una curiosidad natural. De este modo se normalizan actitudes y comportamientos que significan violencia hacia ellas y, en general, hacia las mujeres.

A los niños se les enseña todavía a no llorar, a ocultar sus sentimientos, su miedo o la propia vulnerabilidad y como consecuencia de ello, aprenden a utilizar la fuerza como medio para resolver frustraciones o conflictos y a poner en un segundo plano los sentimientos, las necesidades ajenas y las relaciones con otras personas. Su socialización y educación aún no ha superado un modelo de masculinidad que incluye como uno de sus referentes principales el culto y la fascinación por la fuerza y la pretensión de omnipotencia. Aprenden así una forma de relacionarse con “lo diferente” que no sólo no se cuestiona, sino que, en muchas ocasiones, les otorga reconocimiento y visibilidad. En este orden de cosas, es cada vez más frecuente ver niñas y chicas recurriendo a la violencia para hacerse escuchar, para dejar de ser las víctimas y para buscar ese reconocimiento.

Sin embargo, esta forma de ver la realidad, aunque ha impregnado gran parte de nuestra cultura y ha tenido mucha fuerza simbólica, nunca ha abarcado al conjunto de la experiencia humana; de hecho podemos observar que existen formas diversas de ser hombre y de ser mujer, unas más libres que otras y en contextos de mayor o menor justicia social. Junto a esto, está cada vez más extendida la idea de que es innecesario el uso de la violencia para que los hombres sean considerados «hombres de verdad». (Bonino, 1999).

El lenguaje de los derechos

Para hacer frente a la violencia en todas sus formas, nuestra sociedad ha creado el lenguaje de los derechos, el cual ha permitido evitar muchas discriminaciones al considerar a todas las personas iguales ante la ley. Sin embargo, los derechos no garantizan por sí mismos que las personas se reconozcan, se valoren, se escuchen y se expresen. Por otra parte, junto a su extensión a un número cada vez mayor de personas, se ha producido cierta confusión entre dos realidades bien distintas: «la igualdad de derechos» con «todas las personas son iguales».

Desde esa misma lógica, se confunde con cierta asiduidad “la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres” con “hombres y mujeres son iguales”. Lo primero tiene que ver con la necesidad de justicia social y de reconocer que unos y otras están capacitados para realizar las mismas tareas y ocupar los mismos espacios. Pero, detrás de lo segundo se suelen esconder ideas difusas que no siempre se corresponden con lo real. (Mañeru et al., 1996)

Por ejemplo, la afirmación “hombres y mujeres son iguales” sirve para no reconocer abiertamente que la violencia es un patrimonio más masculino que femenino, o para que este hecho pase desapercibido o no se considere significativo. Incluso tratándose de formas de violencia que tienen como protagonistas siempre a hombres y cómo víctimas siempre a mujeres, pocas veces se habla de violencia masculina o de violencia contra las mujeres, tal y como sería de esperar. Lo que suele suceder, más bien, es un acercamiento a estas situaciones como si fueran neutrales, acuñando términos que evitan relacionarlas con uno u otro sexo.

Con cierta frecuencia, cuando se dice que “hombres y mujeres son iguales” se está diciendo realmente que las mujeres han de ser iguales a los hombres, han de asumir sus actitudes y valores para tener el mismo reconocimiento social. Todo ello contribuye, por un lado, a invisibilizar a las mujeres o a hacerlas visibles sólo en la medida en que son discriminadas, oprimidas o víctimas; y por otro, a mantener intacto ese referente neutro-masculino al que nos hemos referido antes. Esta no es una cuestión baladí, ya que se ha escrito mucha historia, se ha hecho mucha política y se han elaborado muchos criterios pedagógicos en función de esta premisa.

Cuando se analiza la violencia sin tener en cuenta la diferencia sexual, se deja en la insignificancia la experiencia histórica de las mujeres que nos habla, no sólo de aceptar, sino de reconocer “lo otro” diferente, utilizando para ello la relación y la mediación de la palabra. Una práctica de las relaciones que hace civilización porque es lo que nos permite vivir humanamente (Librería de Mujeres de Milán, 1996). A través de esta experiencia, muchas mujeres han aprendido la importancia de prestar atención y cuidar a las demás personas y también la necesidad de exteriorizar los sentimientos, de reconocer los miedos y limitaciones, aceptando lo que nos caracteriza como seres humanos (hombres y mujeres): la necesidad de ir al encuentro del otro o de la otra para entrar en relación de intercambio, no porque seamos seres incompletos, sino porque somos seres carentes. (Jourdan, 2000).

Esto muestra la necesidad de dar relevancia a la disparidad humana para facilitar que cada cual, sea mujer u hombre, hable desde su experiencia, porque éste es el único camino para reconocerse y expresar deseos propios, sin necesidad de acatar, sin más, las expectativas impuestas. Sin esta práctica, no es posible ver todas las dimensiones de cada conflicto. Para que éstos salgan a la luz de un modo no destructivo es necesario ir más allá de un “te escucho porque te respeto o porque tienes derecho a que se te escuche” para llegar a un “qué podemos hacer tú y yo, qué acuerdos y qué mediaciones necesitamos, para que nuestra disparidad no sea un obstáculo sino una fuente de aprendizaje, de reflexión, de transformación”. O sea, abrirlos y hacerlos circular en su raíz, en la relación.

Prácticas que previenen la violencia

En las primeras etapas de la educación obligatoria, en las que hay más maestras que maestros, se tiende a aplicar un modelo educativo que valora al alumno o a la alumna en su totalidad, intentando no separar ni jerarquizar los aprendizajes cognitivos e intelectuales de los afectivos, físicos y relacionales. De esta manera, se presta también más atención a la particularidad y por ello se acepta con más facilidad la diversidad que existe entre el alumnado, fomentando y potenciando las relaciones entre escolares que ayudan no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas. Porque al aceptar la particularidad, se acepta también que no hay un modelo de “normalidad” al que aspirar o parecerse y las diferencias no se jerarquizan.

Este modelo educativo tiende a ir perdiendo relevancia al llegar a la secundaria, etapa en la que se convierte en prioridad la transmisión de conocimientos académicos. El profesor o profesora deja de tener una función educadora para tener una función docente y el alumno o la alumna dejan de ser considerados en su totalidad y en su particularidad para valorar principalmente su interés, su motivación y su capacidad para el aprendizaje de las materias que se enseñan. En este modelo, la diversidad se convierte en un problema porque se espera del alumnado una respuesta única: que se interese por el estudio, y quienes no muestran este interés (generalmente más alumnos que alumnas) se convierten con mucha facilidad en “conflictivos”. Los aspectos relacionales de la enseñanza pasan así a formar parte del currículum oculto y en lugar de potenciar y fomentar el intercambio, la relación, la convivencia, se considera necesario regular la vida escolar a través de normas y reglas generales para mantener un cierto orden que garantice a los centros cumplir con la que se considera su misión principal: la transmisión de conocimientos.

Este tránsito de la educación a la enseñanza, del magisterio a la docencia, significa no sólo un cambio en los objetivos y contenidos, sino un cambio en las prácticas educativas que se desplazan desde la lógica de la autoridad, hacia la lógica del poder. La distinción entre poder y autoridad es muy útil, aunque a veces resulte difícil hacerla porque el simbólico del poder ha tendido a confundirlas.

En la educación, la autoridad hace referencia a la capacidad que el profesorado tiene de enseñar. Y esta capacidad depende de su competencia académica, pero sobre todo de su disponibilidad para ponerse en relación con las alumnas y los alumnos y de que ellas y ellos le reconozcan como una persona de la que pueden aprender. Es esta autoridad la que permite enseñar y aprender, mientras que el poder sirve para aprobar y suspender, pero no necesariamente supone un intercambio de conocimiento o un aprendizaje (Jourdan, 1998).

La práctica de la autoridad otorga más recursos para resolver los posibles problemas de la disparidad y está al alcance de todas las personas, tengan o no poder (no por casualidad fue reinventada por las mujeres). No se trata de una práctica nueva porque está y siempre ha estado principalmente en la experiencia de mujeres enseñantes. Pero como tantas otras experiencias de las mujeres de ahora y de la historia no han sido recogidas y tenidas en cuenta. Lo nuevo, por tanto, es hablar de ellas, darles nombre y reconocer el valor pedagógico y transformador que tienen (Mañeru, 1997).

La escuela es un espacio social y de relación en el que, además de otros contenidos escolares más o menos académicos, se aprenden fundamentalmente formas de estar, de comportarse y de relacionarse con las demás personas. Prevenir la violencia en la escuela contribuye a que la vida escolar sea fuente de bienestar para todas y todos. Además, también proporciona a las alumnas y a los alumnos una experiencia de relación que tiene una gran transcendencia en los demás espacios sociales en los que se desenvuelven en el presente y lo harán en el futuro.

El sentido común y la experiencia indican, que cuanto más en cuenta se tenga en la institución escolar la convivencia y las relaciones entre quienes la componen, más impensable será la violencia. Cuando analizamos situaciones de violencia en la escuela y en la vida social en general, nos damos cuenta que sólo podrían haberse evitado teniendo en cuenta las necesidades, los sentimientos, los deseos y las expectativas de las personas que las protagonizan. Y esto sólo puede hacerse a través de la escucha, la comunicación y el diálogo, es decir, mediante la relación que utiliza la palabra como mediación (y no la fuerza) y que tiene como fin el intercambio (y no la imposición). A continuación explicamos algunas de las dificultades que suelen presentarse en las relaciones que se dan en la comunidad escolar y algunas propuestas para mejorarlas.

Las relaciones con las familias

La presencia de padres y madres en la escuela es un hecho que, en determinadas circunstancias, permite al profesorado comprender mejor las necesidades, dificultades y estrategias a seguir con cada alumna o alumno. La propia LOGSE reconoce la importancia de la vinculación de las familias a la vida escolar y prevé fórmulas para que pueda darse.

Pero la ley no puede garantizar que la relación de madres y padres con la escuela se dé de forma fluida. A veces, para el profesorado, su presencia es más bien un estorbo, porque puede suponer más trabajo, o más dificultades. Así mismo, y quizás de modo contradictorio, su ausencia se considera falta de interés y un signo de despreocupación. Es como si no se supiera muy bien qué hacer con esa relación para que resulte provechosa.

Madres y padres, profesoras y profesores, cada cual con características propias, se dedican a la misma función social, la de educar y ayudar a crecer a niñas y niños. Esto, en lugar de ser considerado como una posibilidad real de intercambio, se vive a menudo de forma competitiva; y, entonces, la experiencia ajena no se ve como una fuente de aprendizajes y de nuevas preguntas que facilitan y estimulan el trabajo; es más, se la juzga desde una serie de criterios previos y ajenos a la propia relación.

No es extraño, por ejemplo, que cuando un profesor o profesora se coloca sólo como profesional de la enseñanza, considere que su formación avala su palabra y su saber, y que un padre o una madre sin la misma formación carece de la autoridad suficiente para poner en cuestión lo que se hace o se deja de hacer en el aula. Este planteamiento lleva a pensar que la participación de madres y padres debe consistir en recibir información y escuchar las recomendaciones que les da el profesorado. En esta concepción, las propuestas e iniciativas de las familias no tienen cabida y se quedan sin espacio para poner en juego en el ámbito escolar aquello que saben.

Del mismo modo, es más o menos común, que padres y madres consideren que su participación en la escuela ha de consistir básicamente en presionar para que se eduque adecuadamente a sus hijos e hijas. Detrás de esta actitud suele haber desconfianza o temor ante los modos de hacer de la escuela, lo que se traduce a veces en exigencias y en una necesidad de supervisar el trabajo del profesorado. Desde ahí se tiende a hacer juicios teniendo más en cuenta lo que otros y otras comentan que lo que cada profesor y cada profesora tienen por decir.

Así mismo, tanto las familias como el profesorado no sienten reconocida socialmente su labor, a la vez que perciben cierto desbordamiento por un exceso de exigencias, ya que observan como gran parte de la sociedad les pide que resuelvan el conjunto de los problemas existentes. Pero esta situación no les lleva necesariamente a la complicidad, más bien al contrario, a veces, reproducen esta falta de reconocimiento. De este modo, las familias se convierten para las escuelas y viceversa, en una especie de chivo expiatorio, un lugar donde encontrar las causas de los problemas y al cual exigir que se pongan medidas efectivas que los resuelvan.

En definitiva, cuando todo esto ocurre, en el lugar de la escucha, del apoyo mutuo, de la búsqueda de estrategias conjuntas, se sobreponen las criticas, las exigencias, e incluso el silencio. Lo que produce, además, que se escondan los miedos, dificultades y en ocasiones aquello que se sabe. En ese contexto no es extraño que el interés por las notas o los contenidos académicos a impartir cobren protagonismo sobre otros aspectos educativos.

Junto a esto, es significativo el hecho de que son más madres que padres quienes acuden a los centros educativos, y quienes muestran mayor interés. Aunque los padres asumen cada vez más responsabilidades, siguen siendo ellas quienes de modo predominante se hacen cargo de esta función.

Con todo, se responsabiliza fundamentalmente a las madres de las conductas violentas o las malas notas del alumnado, incluso se las llega a culpabilizar por realizar otras actividades y desarrollar otros aspectos en sus vidas al margen de la maternidad. Este tipo de actitudes está vinculado en el fondo, con un modelo idealizado de madre que circula en la sociedad con mucha fuerza y que no se corresponde con lo que ellas, en lo concreto, viven y sienten. Por otra parte, la menor implicación, desinterés o ausencia paterna no se cuestiona con la misma fuerza y, en ocasiones, es incluso asumida y aceptada.

Este modo de valorar la figura materna y paterna minimiza las repercusiones negativas que tiene en chicos y chicas una relación deficitaria y, en ocasiones nula, con el padre; y no ayuda a que niños y niñas vean en sus madres una referencia positiva.

Es necesario, por lo tanto, desprenderse de prejuicios, interesarse por lo que cada madre o padre realmente aporta y necesita, y decir la verdad sobre lo que, como profesor o profesora, se hace, se sabe y se siente. Desde ahí es más fácil que la relación entre las familias y la escuela sea más real, abierta y fructífera.

Las relaciones entre el profesorado

En las relaciones entre el profesorado tampoco es fácil decir la verdad, o sea, aquello que realmente se siente, se sabe y se hace. Es común que en este tipo de interacciones se superpongan clasificaciones y baremos que vienen de fuera y que limitan la posibilidad de expresión y escucha, ya que no han sido elaboradas desde lo que cada cual realmente es, aporta y necesita.

Estas clasificaciones se expresan, por ejemplo, en el distanciamiento entre quienes llevan muchos años trabajando en la enseñanza y quienes inician esta andadura; también cuando distinciones como tener o no tener una licenciatura, tener o no tener una plaza fija, se convierten en un obstáculo para la relación. Por otro lado, tampoco es raro que en muchos claustros se formen bandos encontrados que, con cierta frecuencia, están vinculados en positivo o en negativo con el equipo directivo.

Todas estas clasificaciones se dan cuando los prejuicios, el prestigio o el dominio, se ponen por delante del intercambio y de la búsqueda de mediaciones; lo que siempre implica ciertas dosis de violencia. Violencia que se pone de manifiesto de formas diversas. Por ejemplo, cuando se presta menos atención a quien tiene menos formación, menos experiencia o menos edad; cuando no se apoya a quienes manifiestan tener problemas en el aula, o cuando no se facilita la creación de espacios para intercambiar experiencias (que no información). Y todas estas situaciones se producen entre personas que ocupan la misma posición dentro de la estructura escolar, es decir, que tienen el mismo poder. Lo que viene a significar que la distribución igualitaria de poder no facilita la interacción desde otro lugar, desde la autoridad (Jourdan, 1998).

Situarse en el poder supone también defenderse, lo que lleva a esconder o disfrazar lo que pasa en un aula como una manera de evitar interferencias y juicios por parte de los otros y las otras. De este modo, lo que pasa en cada clase no sale a la luz, impidiendo que las demás personas puedan conocer nuevas prácticas y aprender de ello.

Estas actitudes no implican sólo dificultad para ver en el otro o la otra una fuente de aprendizaje, sino algo más elemental: que cada profesor y profesora reconozca y dé nombre a sus propias dificultades, deseos, aciertos o frustraciones. Esto contribuye a la burocratización del trabajo, ya que a falta de una medida que proviene de la propia relación, los papeles y las medidas impuestas desde fuera ganan protagonismo.

Por lo tanto, para reconocer aquello que ya se sabe (Piussi y Bianchi,1996), para poder aprender con lo que el otro o la otra aporta y para poder dar una medida sensata a la acción educativa, es vital una relación de intercambio y colaboración. Y para ello no es necesario que todo el claustro esté de acuerdo en todo, o que todo el claustro trabaje conjuntamente en todo; basta con poder establecer una relación significativa con, al menos, un compañero o compañera. Una relación que permita actuar con medida, o sea, atendiendo a aquello que realmente se tiene y es viable, dejando de lado la sensación de que nada se puede hacer, o de que nunca se hace lo suficiente. Esto da energía e incentiva la creatividad, diluye el cansancio y la sensación de impotencia cuando las cosas se hacen difíciles o insostenibles en el aula y, sobre todo, no da cabida a la violencia.

Las relaciones entre el alumnado

Entre escolares se dan conflictos cuyo origen no está en la escuela sino que viene del exterior, como por ejemplo no aceptar a determinadas chicas o chicos porque su aspecto, su imagen, su origen, su cultura, su religión, etc., son diferentes de los de la mayoría. Este tipo de conflictos suele tener mucho que ver con ciertas modalidades de liderazgo que reproducen estereotipos vinculados a la masculinidad: el valor de la fuerza física, de la rebeldía, de la agresividad, del dominio sobre otras u otros. Y que a su vez van unidos a una falta de reconocimiento de aquellas personas a las que se considera diferentes y a las que se define sólo por negación, interpretando sus comportamientos o sus formas de ser en términos de debilidad, sumisión, vulnerabilidad.

En otros tiempos, este tipo de liderazgo era sólo admitido en chicos, pero hoy está disponible para todo aquel o aquella que acepte estos criterios como suyos; por eso no es difícil observar chicas que también se apuntan a este modelo y chicos que aún perteneciendo a minorías culturales o de otro tipo, son aceptados como líderes en el momento en que adoptan esos patrones de comportamiento.

Este estilo de liderazgo es, sigue siendo, reforzado de un modo u otro no sólo en la escuela sino en otros contextos sociales. Las formas en que se manifiesta son muy variadas: por ejemplo cuando a los chicos se les valora más cuanto más fuertes y más grandes son; cuando en las actividades físicas o deportivas se prefiere a éstos y se excluye a las chicas o a los que no dan la talla; cuando las ganas de estudiar y los buenos resultados académicos no son motivo de reconocimiento porque se interpretan como signo de sumisión; cuando no se valora a las chicas en su conjunto sino sólo por su atractivo sexual para los chicos; cuando no ir “a la moda” o distinguirse de la mayoría en el aspecto físico es un motivo de crítica o de no aceptación; cuando expresar los sentimientos se convierte en muestra de debilidad … Este tipo de actitudes, cuando llevan al liderazgo y al reconocimiento, acaban por convertir en “normal” aquello que no sólo no lo es (en el sentido estadístico), sino que no es deseable. Además, con ello se contribuye a alimentar sentimientos de superioridad, que son el origen de toda violencia.

Las relaciones con el alumnado

Las relaciones entre el profesorado y el alumnado son de una gran disparidad natural e institucional y oscilan siempre entre la autoridad y el poder (Jourdan, Clara, 1998). De esta disparidad surgen muchos conflictos. Uno de ellos es que, con cierta frecuencia, y especialmente en la educación secundaria, el alumnado no reconoce la autoridad del profesorado. Este suele ser un conflicto originado más por alumnos que por alumnas y se dirige más frecuentemente hacia profesoras. En él influyen varios factores, por un lado, que la educación es obligatoria y que hay muchos alumnos (más que alumnas) que están en la escuela sin querer estar; por otro, que la labor educativa, sigue siendo una labor poco reconocida socialmente, una falta de valoración que el alumnado también reproduce.

Estos conflictos, si no se prevén y si no se actúa sobre ellos, acaban expresándose y viviéndose de forma violenta. Y sus manifestaciones son muy diversas: enfrentamientos con el profesorado, comportamientos que molestan, “boicoteo” de las clases, acciones agresivas contra las instalaciones, que, en muchas ocasiones, sólo se atienden cuando ya es demasiado tarde.

Cuando surge este tipo de problemas, en muchas ocasiones se atribuyen a un exceso de confianza con el alumnado, a un no saberse imponer, acusaciones de las que las profesoras saben mucho. De este modo, se proponen soluciones como ser “más duro”, hacerles saber “quien manda”, es decir, utilizar el poder que todo profesor o profesora tiene. Sin embargo, es un hecho que el poder no resuelve este tipo de problemas, al contrario, genera más violencia.

Así sucede, por ejemplo, cuando se valora al alumnado sólo por sus resultados académicos y las notas se viven como una manera de premiar o castigar. También cuando ante alumnos y alumnas “conflictivos” (que no tienen interés en las clases o en el estudio o que crean problemas de disciplina) se interviene sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento, imponiendo normas generales o recurriendo a sanciones (expulsiones, “sermones”, amenazas…. ).

Estas respuestas de la institución, en lugar de solucionar los problemas, suelen ser generadoras de violencia y acaban afectando, de un modo u otro, a toda la comunidad escolar. Por un lado, son vividas por quienes las sufren como muestras de exclusión o falta de atención a sus intereses o necesidades (es decir, más violencia). Por otro, al ser normas impuestas, suelen alimentar la voluntad de transgredirlas o sentimientos de rebeldía que se dirigen no sólo hacia el profesorado o la institución, sino hacia el alumnado que no es “conflictivo” y que se ve obligado a aceptar una dinámica de funcionamiento que no le tiene en cuenta. Además, estas respuestas son poco educativas, en el sentido de que muestran la incapacidad de tratar los conflictos derivados de la diversidad.

Y así se producen paradojas muy significativas, por ejemplo hablar en clase de la importancia de valores como el respeto a las diferencias, la convivencia, la cooperación, etc., sin atender a lo que ocurre en la propia clase, convirtiendo los valores en una teoría más por aprender y dando lugar a que en el discurso se acepten actitudes que luego no se practican.

Esta confianza en el poder a la hora de regular la convivencia, no presta atención a otros modos de estar, de comportarse y de relacionarse que también están presentes en la escuela y que la experiencia muestra que son mucho más eficaces: la mediación en los conflictos, la cooperación, la relación, la escucha.

La labor educativa se hace siempre en relación; la atención, el cuidado y la promoción de las relaciones que se dan en clase forma parte del trabajo de enseñar. Los conflictos que aparecen en estas relaciones competen al profesorado, dado su papel mediador en todo lo que acontece en el aula. Por eso es imprescindible diagnosticar la composición del grupo-clase y prever las posibles dificultades de motivación, de relación y de integración que pueden darse en ese grupo. No es suficiente partir sólo de diagnósticos individuales o de posibles dificultades de aprendizaje, sino que hay que observar con detalle las relaciones que se dan en el aula, con el fin de facilitarlas. Sólo a través de ellas, las alumnas y los alumnos aprenden no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas.

Las primeras etapas en la formación de un grupo-clase son cruciales para fomentar las relaciones y afrontar los posibles problemas que puedan aparecer. De esta manera, se actúa desde el principio y no sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento o de disciplina, porque entonces ya sólo parece posible recurrir a sanciones. Fomentado y practicando las relaciones el alumnado puede desarrollar estrategias, recursos propios y buscar mediaciones para expresar sus necesidades y deseos. Y para ello, también es necesario que el profesorado sepa y quiera escuchar.

Si las alumnas y los alumnos tienen los recursos necesarios y la posibilidad de expresar sus necesidades (que nunca serán homogéneas, siempre serán diversas), entonces es posible “contratar” o “acordar” las normas de funcionamiento y convivencia, normas que regulen los límites y lo que no es tolerable. Y para ello hay que partir siempre de cada clase concreta porque sus circunstancias y su realidad cambian en el tiempo y de un aula a otra. De esta manera se facilita la escucha y la atención a las diferencias y no se ocultan los conflictos, sino que se habla de ellos. Esta forma de actuar enseña a las alumnas y a los alumnos a responsabilizarse de lo que ocurre en una clase y seguramente a rechazar la violencia como solución aceptable.

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