DESAPRENDIENDO EL MACHISMO

– Entrevista a Patrick Welsh, Vicepresidente de la Asociación de Hombres contra la Violencia en Nicaragua –

Patrick Welsh, nacido en 1960 en Irlanda del Norte, tiene experiencia de Cooperación Internacional en Nigeria y en América Central, y una larga trayectoria en la educación popular. Patrick es Vicepresidente de la Asociación de Hombres contra la Violencia en Nicaragua. A lo largo de diez años, un millar de hombres han pasado por los talleres que él dirige.

Si hablamos de machismo, ¿es distinta la situación en Centroamérica que en Europa?

El modelo de ser hombre es muy similar. A los hombres desde la familia, la escuela o la religión tradicionales y desde los medios de comunicación se nos han asignado unas actitudes, valores y conductas que no varían mucho de país a país. Nos han indicado y enseñado que debemos ser fuertes, tener poder y mandar. Ha habido y sigue habiendo, sistemas distintos de crianza y socialización para los niños y para las niñas, traducidos en símbolos, colores, valores, expectativas y atribución de derechos distintos. Los hombres no nacemos con el machismo en la sangre, es algo que aprendemos, y que, desde luego, podemos desaprender.

¿El machismo tiene diferentes manifestaciones según culturas o geografías?

Impresiona que el machismo sea algo tan universal y generalizado. Hay matices culturales, obviamente. Incluso en algunas culturas los hombres asumen tareas domésticas que en otras no son propias de los varones. Todo depende de cómo se construyen sobre el sexo biológico las diferentes identidades masculina y femenina, y de las creencias que se van inculcando.

¿Se puede pensar que algunas mujeres son machistas?

No es correcto plantear las cosas así. Lo que sucede es que las mujeres actúan dentro de los valores de un sistema machista. Hombres y mujeres tenemos roles asignados. Hasta que empecemos a reflexionar, analizar y hacer propuestas nuevas vamos a seguir en la misma situación.

En Nicaragua, ¿la revolución sandinista contribuyó a cambiar algo las cosas?

Las mujeres sandinistas lograron en la revolución muchos cambios y avances legales, pero la agenda feminista de género no fue incorporada. Al terminar la revolución, en el año 90, muchas mujeres se organizaron en diversos colectivos. Desde entonces el movimiento de mujeres ha sido el movimiento social más fuerte y organizado en Nicaragua.

Y los hombres ¿cómo reaccionan cuando se les invita a abandonar el machismo?

Nosotros les explicamos que eso del machismo es un asunto social, que no tiene nada que ver con la genética. Hay gente que cree que la valentía viene en la sangre. Algunos hombres nos han dicho: “yo soy agresivo, porque nací agresivo”. Nosotros les enseñamos a diferenciar lo que es agresividad de lo que es violencia. Sentimientos o emociones humanas que tenemos, como la ira por ejemplo, no deben orientarse hacia el uso de la violencia. Pero la reacción violenta es común en hombres que se sienten frustrados o que no tienen control de las situaciones. La violencia es la herramienta aprendida para manejar determinadas situaciones y conflictos entre personas o entre grupos.

¿La violencia es la más extrema manifestación del machismo?

Sin duda. La violencia de los hombres hacia las mujeres es, a menudo una violencia grave. Más de cien mujeres fueron asesinadas por sus compañeros el año 2004 en España. Pero hay violencia también entre los hombres. Un estudio que se hizo en México, hace ya unos años, identificó que las tres causas de muerte más frecuentes entre hombres en el Estado de Veracruz eran accidentes de tráfico y laborales, homicidios causados por otros hombres, y cirrosis hepática; y esas tres causas estaban relacionadas con hábitos típicos masculinos. Al conducir hay que ser el más veloz, no hay que ceder ni un centímetro a nadie. Al consumir alcohol se llega al límite para la salud, y aparece a menudo la bronca, no existe capacidad de escuchar o negociar. Hay un modo de ser hombre que no sólo es fuertemente negativo para las mujeres, sino que perjudica también a los propios hombres.

¿Crees posible la reeducación, la reinserción social de hombres maltratadores y de violadores?

Ese es un asunto polémico ahora en bastantes países. En los países del Norte los intentos de rehabilitación no han tenido los resultados esperados. Creo que eso ha tenido que ver con la doble opción que se ha ofrecido a los maltratadores: ir a la cárcel o pasar por un proceso de conciliación. Es claro que todos eligen el camino más fácil, nadie quiere acabar en la cárcel. Habría que buscar una manera de que esos hombres, voluntariamente, entren en un proceso de reflexión y cambio, analizando su forma de ser. Y no basta con contemplar cada caso individualmente, porque este es un asunto social y cultural que afecta a muchísimos hombres.

¿Qué métodos usáis para desaprender el machismo?

Trabajamos con una metodología de educación popular. Facilitamos espacios y procesos continuados en el tiempo, para que los hombres reflexionen sobre sus vivencias, sus valores y comportamientos. No les damos clases sobre género o masculinidad, nada de eso. Pondré un ejemplo: cuando trabajamos con los jóvenes sobre el tema de la violencia, hacen un listado de los juegos infantiles que practicaron y de sus formas de diversión actuales y analizan los elementos de agresividad, competitividad e incluso de violencia que hay en esos juegos. Luego, por grupos en la sala de capacitación, algunos juegan y los demás observan el juego. Sigue un análisis de lo que sucede y se toma conciencia de cómo lo juegos son un factor socializador de los valores pretendidamente masculinos. Es un aprendizaje vivencial. Se descubre la raíz social de muchos sentimientos y comportamientos. Cada grupo hace, al final, propuestas que suelen ser distintas.

¿Qué papel pueden jugar las mujeres para que los hombres desaprendan su machismo?

En Nicaragua comenzamos algunos grupos de hombres que deseábamos cambiar nuestras ideas y comportamiento. Pero hemos tenido una relación muy cercana con la Red de Mujeres contra la Violencia, que aglutina a más de 350 grupos de mujeres. Algunas participan en nuestro consejo asesor, nos dan apoyo y nos acompañan. Eso nos parece muy importante, porque nosotros queremos que lo que hacemos contribuya al bienestar de las mujeres.

¿Y qué ayudas y métodos aporta esa Red de Mujeres?

Hay Asociaciones de Mujeres en Nicaragua que ya tienen una experiencia de muchos años. Ellas nos facilitan la convocatoria, igual en la ciudad de Managua que en comunidades campesinas, para aglutinar a grupos de hombres y facilitan también después espacios mixtos de mujeres y hombres para que puedan compartir un trabajo conjunto. El trabajo de educación popular que habían iniciado en los años ochenta algunas mujeres los sistematizaron y nos ayuda mucho ahora al proponer adaptaciones para los hombres.

¿Cuesta mucho cambiar?

Cuesta descubrir en uno mismo actitudes, valores y conductas que anteriormente no tenía identificadas como machistas. Por ejemplo, muchos hombres nicaragüenses piensan que es la cosa más natural que sus mujeres les tengan que pedir permiso para salir de casa. Otros no entregan todo su salario en casa, se reservan una parte que gastan en beber y beber. Cuesta cambiar. Hay mucha resistencia interna y mucha presión externa para llegarlo a hacer.

¿Qué cambios trae este esfuerzo?

Unas relaciones más humanas y gratificantes, que no se basan en el dominio de los hombres y la subordinación de las mujeres, sino en la armonía y equidad. Buscamos juntos, hombres y mujeres, otro modo de ejercer el poder en la vida privada y en los espacios públicos, unas relaciones verdaderamente democráticas, donde exista capacidad de escuchar, de aportar, de construir colectivamente en libertad y sin miedo. Las mujeres ganan, sus derechos humanos son respetados. Pero, al abandonar el machismo, los hombres salimos ganando también: nos damos cuenta de que no tenemos siempre la razón ni la verdad, nos hacemos más sensibles, expresamos mejor nuestros sentimientos y emociones no sólo con nuestras mujeres, sino también con nuestras hijas e hijos.

¿Podemos entendernos, hombres y mujeres?

Los hombres, en primer lugar, tenemos que aprender a escuchar. La comunicación interpersonal es uno de los temas que más trabajamos. Equipamos a los hombres con herramientas prácticas, para que, cuando aparezca un conflicto en la pareja, puedan tener una conversación entre dos personas iguales y no acudan a la violencia, a los gritos y los golpes para resolverlo.

¿Hay algún termómetro para medir el cambio?

El compromiso con la justicia y la equidad de género es también un compromiso con la democracia. Ese compromiso no puede considerarse verdadero si no tiene su expresión práctica en el reparto equitativo del trabajo dentro de los espacios privados y públicos.

FUENTE: infosolidaria.org

Orfandad política, en homenaje a María José Urruzola , amiga y maestra

HOMENAJE A Mª JOSE URRUZOLA , AMIGA Y MAESTRA

El 28 de abril falleció de forma repentina Mª Jose Urruzola . Quienes la hemos conocido personalmente o a través de su obra , sabemos de su valiosa aportación a la lucha de las mujeres y a la Coeducación ; por encima de todo Mº Jose fue una mujer comprometida a tope , coherente ,generosa y con una capacidad pedagógica excepcional

El sábado 16 de junio un grupo de mujeres de la Rioja acudimos a Bilbao a participar en su homenaje con un pequeño espectáculo de danza oriental coordinado por Ana Elvira y las canciones de Belenteja .

La mejor forma de honrar su recuerdo es seguir adelante en nuestro trabajo por crear un mundo más humano y más coherente con las necesidades de la persona.

A continuación os enviamos uno de sus últimos artículos , y recordaos que
desde la asociación feminista Laguz seguimos profundizando en la línea que ella y otras mujeres comenzaron hace doscientos años. Nos encontrareis en

laguz_am@hotmail.com.
¡ Hasta siempre Mari José ¡

ORFANDAD POLÍTICA

Si en el programa “Políticamente incorrecto “ convocan a cinco hombres para hablar de las elecciones en EEUU, a la vez que en la primera cadena se hace una mesa para comentar lo mismo, convocando a seis hombres, si hay que elegir entre dos hombres para que gobiernen el mundo, si la Banca dirigida por hombres decide quién es el más conveniente de los dos ,si Bin Laden y sus seguidores nos imponen sus métodos, si todas las Comunidades autónomas del Estado Español están regidas por hombres excepto una ,y lo mismo ocurre en los partidos políticos de Euskadi. Si todos los medios de comunicación del Estado Español excepto dos están regidos por hombres. Si los recientes premios “Principe de Asturias” se dan a cinco hombres por sabios y científicos, si cuando Medem quiere mostrar la gente que ha trabajado por el pueblo vasco y elegir las opiniones que considera más representativas ,selecciona en un porcentaje cercano al cien por cien, a hombres, si el modelo de sexualidad que vende la televisión todos los días es masculino, si la prostitución se defiende haciendo ver que es razonable cubrir las necesidades de los hombres, si no nos escandaliza en la práctica , que haya hombres que asesinan a las mujeres por el hecho de serlo. Si el Gobierno y las Instituciones oficiales llaman a esto paridad , si… entonces, es que el mundo se ha quedado huérfano de madre. Tiene numerosos padres, pero no tiene madre.

Es una orfandad política que afecta negativamente a mujeres y hombres.

Si nos resignamos las unas y los otros , a vivir en esta situación como si no fuera posible otra, entonces, seguiremos oyendo hablar de las cosas “importantes” que hablan los patriarcas : la guerra , los atentados , los terroristas, el petróleo, la bolsa, los agujeros en el medio ambiente , la caza de las últimas especies animales ,el deterioro del mar, la privatización de las industrias públicas, el funcionamiento de la Banca, la carencia de identidad en la urbanización de las ciudades ,la Constitución Europea,la legalización de la prostitución…,pero oiremos hablar muy poco de las necesidades que suele tener la madre social: cómo mantener la vida, cómo hacer crecer a las criaturas ,como mejorar la alimentación, cómo cuidar a las personas mayores o incapacitadas , cómo administrar los bienes sin despilfarro, cómo conseguir que nadie pase hambre, que todo el mundo viva de su trabajo, cómo solucionar los conflictos sin matar, ni destruir, cómo dar más importancia ala educación y a la salud, cómo usar el agua y otras fuentes de energía para el bienestar de todas las personas y no en provecho de unos pocos ,cómo vivir la sexualidad como una expresión del sentir y no como una fuente de opresiones …

Y no sólo oiremos, sino que pronto empezaremos a ser conscientes ,mujeres y hombres, de las consecuencias de esta orfandad en nuestra propia vida. Quizás solo entonces, sentiremos profundamente esta grave carencia y la necesidad de que la sociedad actual, más mujeres y más hombres, reclamen el resurgimiento de esa madre social que renacera , si ellas y ellos aprenden a mirar el mundo desde otra perspectiva, construyen una concepción maternal de este planeta ,hacen necesaria la aportación de la maternidad y de la paternidad y deciden organizar la convivencia entre mujeres y hombres ,con criterios de justo reparto , de solidaridad, inteligencia , de reconocimiento y justa valoración mutuas, de respeto a la diferencia , a los proyectos propios de vida más allá de roles y programas culturalmente prefabricados ,con criterios al fín, de libertad.

Si así sucediera, entonces sí ,mujeres y hombres , habríamos recuperado la madre social, para nuestro bien.

Enviado por: Lucha de Mujeres

Libro – LA OTRA MIRADA

AUTORA: Encarna Garrido Montero

Método de Alfabetización de Mujeres

Para todas las personas, mujeres, hombres, grupos, colectivos… que luchamos contra la exclusión y la discriminación en cualquiera de sus formas

Indice:

1. Prólogo

2. Reflexionando

3. (1 y 2) Mujeres científicas

4. Las emociones

5. Gramática

6. 8 de Marzo

7. Historia de Mujeres

8. Países del mundo

9. Temas de actualidad

10. Lista de monitoras/es y alumnos/as

11. Bibliografía

Todos los archivos están en formato PDF, puedes descargar en:

http://www.nodo50.org/laotramirada/

encarnaARROBAnodo50.org

LA OTRA CARA DE LA INFANCIA

Autora: Marisol García Camargo

Jacqueline Zavala, «acomodadora de nubes»

Es una niña disfrazada de mujer. Aunque su físico corresponde a una joven de 22 años, no así su voz y sus gestos. Junto a la “niña que sueña con comerse las nubes”, vive un pasado de violencia, maltrato, falta de cariño y abuso infantil.

Como los seis millones de niños, niñas y adolescentes en América Latina que son objeto de agresiones de acuerdo con la UNICEF (www.unicef.org), Jacqueline navegó por los malsanos mares de los golpes físicos y de aquellos cuya recuperación es lenta, dolorosa, incierta…

A sus poco más de 20 años, las heridas de Jacqueline Zavala permanecen abiertas, los recuerdos intactos y la nostalgia agazapada. Su sombría infancia no es un hecho aislado, es más bien el retrato de una situación que se resiste a morir y por la que atraviesan miles de niños mexicanos.

Pese a que las experiencias de la infancia son clave en la conformación de la personalidad adulta, lo cierto es que los niños son víctimas de pobreza, explotación laboral, agresiones sexuales, prostitución, guerras y violencia.

Niñez al son de la música…

La cajita de pandora se abre. De ella brota esperanza, rabia y llanto, sentimientos que se expresan a través de una voz dulce, casi infantil, que en ocasiones se pierden entre los sonidos cadenciosos del móvil que pende del cortinero.

“Desde pequeña tuve que trabajar. Mis padres toda la vida se han dedicado al comercio. Entonces, toda la vida conocí la dinámica de los mercados, pues esa era mi vida. Lo que recuerdo, y no me gusta, es que sufrí muchas cosas que como niña nunca esperaba”.

Sentada en la acogedora sala de su departamento, rodeada de velas aromáticas, ángeles de resina y paredes de color pastel; Jacqui, como la llaman los amigos, clava sus enormes ojos cafés y continúa:

“Suena trágico decirlo, pero esa es la patética realidad. Desde que yo nací mi mamá me llevaba en brazos al tianguis porque ella tenía que estar atendiendo al cliente. Tú sabes, ofreciendo el producto y pues desde niña yo me crié en un mercado, al igual que mis otras hermanas.”

Fue precisamente este entorno el que le impidió tener una infancia “normal”, pues aunque esta vida la hizo ser responsable de sus actos, la privó de juegos y de la compañía de otros niños. “De niña lo que quieres es jugar, correr y ja, ja, ja, ji, ji, ji, pero esa parte de mi vida yo no la pude disfrutar.”

“Esas cosas pasan…”

El entorno del mercado y sus escasos seis años la hicieron víctima de acoso sexual por parte de un anciano. Acoso que se extendió por poco más de un lustro: “Nunca pude decir nada y el día que lo hice se armó una revolución…”

“Cuando los comerciantes se enteraron, casi linchan al tipo y casi lo matan. Y no te digo que fue feliz, pero bendito sea Dios, nunca lo volví a ver”.

– ¿Cómo era el acoso?

Su mirada se vuelve evasiva. Su manos, pequeñas y afables se tornan nerviosas; imparables retuercen las cintas de su sudadera roja.

“A veces tenía que levantarme temprano para poner el puesto, acomodar los casetes, limpiarlos. (…). Entonces yo toda desvelada me iba a dormir al carro y el hecho de que (éstos) se estacionen en la parte trasera de los tianguis le dio la oportunidad a esa persona para que en repetidas ocasiones me fuera a buscar…”

Su voz quebrada, continúa relatando: “Es muy sucio recordarlo, pero primero empezó con que me veía, me seguía, me buscaba, me veía, me veía. Así recuerdo que empezó.”

Después de estos ataques a baja escala, inexplicables para una niña, el acoso subió de tono. El señor “iba a comprar fruta y normalmente iba comiendo plátano, y el hecho de cómo se lo comía más bien era una referencia fálica. Ahora entiendo lo que hacía, pero en ese entonces a mí me daba mucho asco y eso fue el principio de lo más grotesco”.

El acoso no paró allí y llegó a límites insoportables cuando el anciano tocaba el cristal del carro y “se sacaba el pene y lo manipulaba”.

“Eso me originó un problema para ver a la gente de la tercera edad. No puedo tolerar ver gente de la tercera edad, me dan miedo y siento que en algún nivel los repudio”.

– ¿Cómo reaccionaron tus padres?

– Pues después de seis años creo que lo recibí yo mejor que ellos. Mi mamá, no sé si me entendió lo que le expliqué o necesitaba que se lo explicara de otro modo, me dijo que ese tipo de cosas pasaban.

“Cuando se enteró mi papá me dijo que a lo mejor yo lo provocaba. Durante mucho tiempo de mi vida creí que yo era la culpable de todo”.

Estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación, Jacqueline dice que ha superado esta parte gris de su biografía. “Ahora ya puedo tolerar que un anciano se siente a mi lado, sin sentir la necesidad de levantarme o golpearlo”.

La letra con sangre entra…

La violencia intrafamiliar ocurre en el 30.4% de los hogares capitalinos en forma de maltrato emocional, intimidación o abuso físico o sexual (www.unicef.org/mexico/programas/violencia). En esta estadística estuvo hace algún tiempo Jacqueline.

A ratos, como ahora, pareciera como si se desmoronara. Sus risas se asoman con menos frecuencia. Sus ojos de ciruela se tornan rojizos cuando habla de sus relaciones familiares.

La admiradora de Gabriel García Márquez, la “escuintla” como se autonombra, habla sobre el maltrato físico y emocional del que fue víctima cuando tenía entre seis y siete años. Los victimarios: sus padres, practicantes adictos de la premisa “la letra con sangre entra”.

“En el caso de mi hermana, la más grandes, pues si era que la ponían a leer y si leía mal pues le daban su jalón de cabellos ¿no?, pero conmigo era muy distinto. Conmigo eran horas enteras (en las) que mi papá se sentaba ahí y (era) golpe seguro si me equivocaba.

“Era de llegar al otro día con las calcetas arriba de las rodillas, con la falda todavía cubriendo las calcetas y con el suéter y, aunque hiciera el calor que hiciera, no me lo podía quitar porque traía los brazos moreteados, las piernas moreteadas.

“Un día traía un raspón de aquí a acá -señala las piernas-, pero era porque me caí de las escaleras cuando mi papá me pegó. Eran golpes muy notorios”.

Los hechos dejaron el ámbito privado del hogar para terminar en el departamento de trabajo social de la primaria. Los pleitos entre los padres y la profesora. Las amenazas del progenitor de Jacqueline de sacarla de la escuela para “evitarse la bronca”.

Tal situación se descubrió cuando, en medio de la clase, la entonces niña gritó por el dolor que le causó un roce en su pierna golpeada. En ese momento, la profesora la interrogó y la llevó al baño. “Ahí me pidió que me levantara la falda, yo me esperaba lo peor… Aparte yo era víctima de acoso en otro lado.”

Él me ordenó: acuéstate

Jacqueline solloza. Las palabras seguras se humedecen por las lágrimas que escurren tímidamente por sus mejillas rellenitas. Las seca rápidamente.

Esta vez, el golpe fue más duro. Hablar de daño en un abuso es pleonasmo, pero el que éste provenga de “un amigo”, aumenta su potencia.

Como en innumerables casos, el intento de violación se dio en la casa de un conocido. El festejo por el cumpleaños de un amigo, Martín, al que sus padres y ella misma fueron invitados, fue el escenario.

“El primo de Martín era mi amigo. Él, junto con un compañero, me llevó a su habitación”, cuenta Jacqueline.

El abuso sexual lo protagonizó un adolescente de 14 años. “Entre juego y juego me dijo acuéstate y yo le dije que no. Él me ordenó: acuéstate. Lo que hizo su amigo fue agarrarme de las muñecas contra la cama. Recuerdo perfectamente como alzó la falda de mi vestido, y me jaló mis pantaletas. Hasta la fecha odio ese tipo de pantaletas”.

Su voz baja de volumen al describir la imagen, para siempre congelada en la memoria: “Eran unos calzoncitos de corte competo que tenían encaje en todo el borde, en las orillas y abajo, y en la parte de atrás un moñito de encaje. Me acuerdo que nada más me los vi en los tobillos. Comencé a temblar y a llorar.

“Pero te digo que si de algo tengo que agradecer en este vida es de tener suerte. No tiene otro nombre, es suerte. Me acuerdo que en ese instante, oí que iba subiendo alguien. Era Carmelita (la madre de Martín). Cuando vio lo que pasaba, golpeó a su sobrino y al otro pendejo lo corrió de su casa. Le dijo mil cosas, le dijo: ¡pendejo!, ¿qué le hiciste a la niña?”.

Sus últimos imágenes de esa hiriente escena se remiten a Carmelita levantándola de la cama, secándole las lágrimas, peinándola y pidiéndole que nunca dijera nada.

“Son cosas que una nunca olvida. Las haces parte de tu vida. Y ese tipo de cosas de algún modo te aconsejan qué hacer en un futuro”. Producto de esas dos experiencias traumáticas, Jacqueline durante mucho tiempo no soportó ser tocada de las piernas, ni sentarse sobre las piernas de su abuelo o ver ese tipo de ropa interior.

– ¿Tus padres se enteraron?

– Hasta la fecha no lo saben…

Tú eres demasiado pendeja

El maltrato emocional en los niños es la forma de violencia más recurrente. No se expresa en brazos o piernas marcadas, sino en el alma, allí donde los analgésicos son inservibles.

A pesar de que Jacqueline dice no odiar a sus padres por las heridas hechas, abiertas y vueltas a abrir, “es mucho lo que les reprocharía a mis padres, porque nunca quisieron taparle el ojo al macho. Porque nunca quisieron taparme uno de los ojos para que yo no me diera cuenta de toda la verdad”.

Las preferencias por las otras dos hermanas, la mayor y la más pequeña, eran evidentes. Recuerda: “A veces cuando yo me veía con los zapatos rotos y les decía a mis padres que ya no tenía, ellos sí tenían palabras en la boca para decirme ‘¡no tengo dinero!’, pero al otro día a mi hermana la más chica le compraban un par de zapatos teniendo ya tres“.

Su vida transcurrió entre los deseos y anhelos de ser como su hermana Claudia, la mayor. Ella era el ejemplo, el orgullo de sus padres. Claudia “fue la niña abanderada, fue la niña que cada año se sacaba el primer lugar en el salón… la niña a la que si a papi le decía cómprame unos zapatos se los compraba.. fueron muchas cosas.

“Siempre creí que me trataban diferente porque yo era demasiada tonta. Me acuerdo que ella dijo que de grande iba a ser doctora y yo con el afán de parecerme a ella, dije lo mismo”.

Su madre, tajante, corto sin aspavientos sus aspiraciones, diciéndole: “¡no! Porque tú eres demasiado pendeja para poder ser doctora. ¿Por qué no te dedicas a otra cosa?”.

Actualmente Jacqueline vive en un departamento compartido. Sin embargo, la primera salida del hogar paterno ocurrió a los cuatro años, cuando, en medio de una pelea, su hermana mayor la corrió de la casa:

“De hecho ni siquiera salieron a buscarme. Yo regresé sola. Tres horas después, yo regresé. Era de noche, no recuerdo la hora, pero sé que era de noche y me quedé sentada en la esquina”.

El trato desigual “entre mi hermana y yo, era muy evidente. Yo sé que hay muchas personas que pueden decir que es mi paranoia, que estoy loca y mil cosas más, pero cuando sabes que es cierto y que tu locura no puede más que la realidad, entonces ahí es cuando sabes que no es cierto.”

Sus corazonadas se convirtieron en certezas cuando su madre, hace algunos años, se lo confirmó: “Un día platicando con mi mamá le dije que yo quería saber cómo decidieron tener una segunda hija, refiriéndome a mí, por supuesto.

Secamente, la madre le contó que ella, Jacqueline, había sido el “amarre” para retener al esposo que la iba abandonar por otra mujer. Sin la menor muestra de inhibición, la abofeteó con la dureza de las palabras: “Un día decidí que la mejor opción era amarrarlo con otra hija y ¿adivina quién fue el amarre?”

El remedio telenovelesco surtió efecto.

En busca de un padre

“¿Qué cómo me afectaron estas experiencias?, creo que (sólo) hace falta ver las actitudes que tengo a esta altura de mi vida. Una de las terapeutas me dijo: pues nada más te digo que vas a repetir cánones, pero necesito que estés consciente de ello; cuando busques una pareja, no vas a buscar una pareja con la cual vivir, vas a buscar a un padre.”

La profecía se autocumplió. Jacqueline se declara capaz de todo cuando se siente protegida por un hombre. Se muestra, también, inclinada a buscar amigas que la apapachen y se conviertan en una especie de madre. “No sé que tan bueno o malo sea, pero es real”.

Las relaciones de pareja se vieron también trastocadas por estas experiencias. En el caso de su vida sexual, Jacqueline se enfrentó con muchos miedos. “Físicamente me sentía sucia, decía que era fea, imperfecta… bueno (me ponía) adjetivos al derecho y al revés”.

La primera vez que tuvo relaciones sexuales fue una prueba decisiva: “llore, no porque me haya dolido, no porque haya sentido algo. De hecho no sentí nada. Pero lloré porque yo sabía que me estaba sometiendo a algo que me había hecho daño tanto tiempo”.

Esas son pendejadas…

La Convención de los Derechos del Niño, ratificada por el Senado de nuestro país, establece el derecho al respeto, a la comprensión y al amor de los padres (Convención de los derechos del niño hacia el siglo XXI, p.416).

“A pesar de que lo único que tengo hasta la fecha es el bautizo, mis papás siempre fueron de la idea de que su hija tenía que llegar virgen al matrimonio. De hecho hasta la fecha mi mamá me dice: es que yo quiero que llegues virgen al matrimonio. Pues el día que se entere, se va a infartar ¿no?, pero la verdad no me interesa si se entera o no, y si se infarta no es mi problema.

“Mi papá un día me dijo que tenía que recordar, y recordarlo para siempre, que las mujeres en algunos casos no sirven para otra cosa que para coger. Hace dos años eso me lo dijo”.

Pese a ello, “ya no les reprocho nada. Ya todo se los reproche. Hace cuatro años (…) me peleé con mi padre y le grité que por qué nunca me había dado un beso en la frente o por qué nunca me llevó un regalo del día del niño o de mi cumpleaños, lo que fuera. Él me respondió que esas eran pendejadas”.

De la bulimia a la anorexia

Resultado de la violencia intrafamiliar, la carencia de afecto y el trato desigual, sobrevinieron problemas alimenticios.

Éstos iniciaron cuando el peso de Jacqueline se fue por los aires. Sin embargo, el verdadero problema “fueron todos los ataques de violencia intrafamiliar que acontecieron”.

Los apodos, insultos y chistes alusivos a su complexión no se hicieron esperar. Así, durante un año, el provocarse el vómito después de comer se volvió en práctica obligatoria: “Era normal para mí el hecho de que comiera y terminara hincada en el inodoro volviendo el estómago”.

Al ver los resultados expresados en 15 kilos perdidos durante dos meses, “se me ocurrió dejar de comer”. Su integridad física pendía de un hilo.

Su incursión en los caminos de la bulimia y la anorexia terminó en la sala de un hospital, hecho al que le precedió un desgaste físico y emocional, el despostille de sus uñas, la caída de su pelo, la palidez y la suspensión por más de seis meses de la menstruación.

Los siguientes días fueron difíciles. A los rigurosos hábitos alimenticios, le siguieron terapias interminables, cuatro psicólogos, culpas y, sobre todo, miedos. “Ahora te lo puedo contar y te puedo decir que yo fui bulímica, yo fui anoréxica”.

Acomodadora de nubes

A los 17 años comenzó a trabajar formalmente en una panadería, en una “fábrica de sueños” como ella la llama. “A mí me encantaba un pan, no por su sabor, sino por su nombre y por lo que representaba. Me encantaba acomodar las nubes”.

Ahora Jacqueline se come las nubes, pero no las hechas de harina, sino de sueños. Después de vivir en un núcleo familiar inseguro, violeto y que la rechazaba, “la extravagante” se dice feliz:

“Jacqueline es una niña que se resiste a morir y que nunca va a envejecer porque es la que me da la vida que tengo, la que me hace ser tan efusiva, la que me hace buscar la felicidad”. Después de todo, “las sonrisas no caducan”.

FUENTE: http://www.tintero.org/ver.php3?id_article=47

Tintero: quienes somos

Presentación del proyecto

Autor/es: Tintero / Publicado: Martes 11 de abril de 2006

Entre la cotidianidad, cabe lo nuevo, lo que anhela nacer de pronto. Ante la necesidad de escribir y publicar, Tintero es una propuesta de periodismo universitario independiente, con el objetivo de informar de manera distinta a la de los medios, sobre el acontecer social.

Dentro de este esfuerzo colectivo hay una necesidad de crecimiento, de aprendizaje, pero sobre todo de ejercer de una manera creativa el periodismo.

Los autores de los escritos que se encuentran aquí, hemos estado en el anonimato por largo tiempo; queremos que este espacio sea un laboratorio experimental en donde tú también participes, dándonos críticas y sugerencias.

¿QUÉ ES ESO DE LA IDENTIDAD MASCULINA?

AUTOR: José Angel Lozoya Gómez

La identidad, entendida como un modo personal de identificarnos y diferenciarnos de los y las demás, es un concepto teórico que puede ayudar a conocernos, pero cuando hablamos de identidad masculina nos estamos refiriendo inevitablemente al concepto de identidad de genero, es decir, a las características adjudicadas a la masculinidad, en un momento histórico, o geográfico, y en un contexto cultural y social determinado.

Lo masculino no es ninguna esencia, el hombre nace y el varón se hace. Las características que solemos identificar como masculinas no son innatas, sino consecuencia de un proceso de socialización que pretende relaciones de dominación entre los sexos. La identidad o mejor dicho, la condición masculina es por tanto un producto social, un resultado que podemos modificar en uso de nuestra libertad, si deseamos una sociedad en la que ningún sexo oprima al otro.

Las diferencias biológicas entre la mujer y el hombre son naturales y no modificables, y aunque no las conozcamos en toda su extensión, porque serian necesarias unas condiciones de libertad inexistentes para que pudieran expresarse, los trabajos de John Money y Anke Ehrhardt demostraron que del mismo sustrato biológico, se pueden producir diferencias muy marcadas en lo qué respecta a la masculinidad y la feminidad, a partir de etiquetar a un niño como chico o chica y educarlo en consecuencia. Al menos desde entonces parece haber consenso en que las diferencias observables entre mujeres y hombres se deben fundamentalmente a la socialización, que es la encargada de fomentar o reprimir las actitudes e intereses que se considera adecuados a cada sexo.

No conozco ningún defecto o virtud, de comportamiento o carácter, que lo sea sólo en un sexo. Tampoco sé de ninguna corriente de pensamiento, que al defender la existencia de diferencias no resalte estas y minimice las semejanzas, y como consecuencia vea la necesidad de educar de forma diferente a niñas y niños, enfrentándonos a la tendencia de las dicotomías a la jerarquización, es decir, al peligro de reproducir relaciones de poder entre los sexos.

COMO SE CONSTRUYE LA SUBJETIVIDAD DEL GENERO MASCULINO.(Apuntes inconclusos).

Los hombres son una parte de la humanidad pero han venido presentándose como modelo de toda ella, evitando de esta forma la necesidad de que ellos o su poder se vean cuestionados. Esta situación explica porqué para muchos, ser hombre sea ser importante, y para todos suponga privilegios, aunque estar a la altura de las circunstancias conlleve unos costes personales y sociales tan grandes que obliguen a cuestionar si merecen la pena.
La importancia del sexo desde antes del nacimiento es patente en muchas culturas (china, India,…) y en los deseos de no pocos padres y madres. Cuando se interroga a alguien sobre si prefiere niño o niña, además, se le está preguntando implícitamente, por la disposición a asumir las diferencias que implica convivir con y criar a una u otra persona: cosas que habrá que reforzar, problemas que habrá que prevenir, etc.

En cuanto nacemos, o la ecografía permite conocer el sexo del feto, la familia empieza a hacer proyectos y dar pasos que tengan en cuenta esta circunstancia, que determina el nombre y condiciona casi todo lo que tenga que ver con él: la ropa, los colores, los juguetes, etc.

Desde que nace se trata de fomentarle unos comportamientos y reprimirle otros, al tiempo que se le transmiten ciertas convicciones de lo que significa ser varón. Esto es así incluso en el caso de los hijos de madres feministas y padres por la igualdad, porque el propósito de educar un niño no sexista, obliga a reforzar valores poco frecuentes entre sus iguales e inculcar una actitud critica frente a las manifestaciones más censurables del modelo masculino tradicional, que inevitablemente le llegaran en forma de exigencias a través de múltiples canales: la familia, la escuela, la televisión, sus iguales, etc.

El proceso de construcción de la subjetividad masculinidad se prolonga a lo largo de toda la vida (no termina nunca,) e intenta reducir las diferencias potenciales entre los hombres para ajustarlos a un modelo preexistente, que trata de aumentar las diferencias que podrían tener con las mujeres, a las que se unifica en torno a otro modelo. Aunque no se consigue evitar diferencias entre los hombres, ni el parecido de muchos a bastantes mujeres, la sociedad actúa como si lo hubiese conseguido.

El problema no reside en decirle a un niño que es biológicamente diferente de una niña, el conflicto radica en como hacerle ver, a pesar de lo que escucha y observa, que no tienen porque ser socialmente desiguales, ni son justas la cantidad de implicaciones que los roles tienen en el plano de los derechos y las obligaciones.

Se percibe que ser hombre es SER IMPORTANTE, porque al menos se es ante la pareja y la descendencia. Pero sobre todo llama la atención que «todos» tengamos sensación de transcendencia, como si estuviéramos en este mundo para cumplir una misión, no se sabe cual, que depende de nosotros y para la que debemos preservar el grado de autonomía necesario, sensación que contribuye a reforzar el temor a perdernos en la relación de pareja.

El AISLAMIENTO es otra de las claves de la educación masculina. Es una característica típica del poder y por tanto de los grupos que lo ejercen, que dicen sentirse incomprendidos y poco considerados para evitar atender a las criticas e intentar conservar el poder. Pero en el caso de los hombres, este recurso tiene como contrapartida hacer mas dolorosa cualquier angustia por el hecho de no poder compartirla. Todos -y todas- sabemos lo que alivia, el solo hecho de contar un problema. Pero es frecuente en los hombres, la sensación de no poder o no saber compartir: «los problemas gordos me los trago solo».

Educados para COMPETIR y triunfar se les presenta la confianza como peligrosa, (somos esclavos de lo qué decimos y dueños de lo que callamos). No es recomendable comentar las propias dudas sobre algo que pensamos hacer o defender a nuestros rivales (en el trabajo, la política,…) por que lo pueden usar para vencernos.
El VALOR se nos supone al tiempo que se nos exige reiteradamente demostrarlo.

Hay quien dice que ocultamos los SENTIMIENTOS y puede que algunos lo hagan para evitar comprometerse, pero mas bien parece que a fuerza de negarlos, de no reconocerlos ni expresarlos, como todo lo que no se utiliza se atrofian y acaban siendo como bonsáis, tan graciosos como pequeños.
Los niños nacen con capacidad para expresar sus emociones pero se les socializa fuera de ellas o se les enseña a expresar la ternura a través de la rudeza, (apretones de mano, palmadas en la espalda, exigencia,…).

Nos dijeron que los hombres no lloran y aprendimos a controlar las lagrimas (y el resto de los sentimientos) para lograr el reconocimiento, hasta el punto de pedir excusas cuando no lo conseguimos (perdón no pude controlarme,) aunque luego y en determinadas circunstancias, te echen en cara que no sepas hacerlo. Los privilegios cuestan caros y en el campo de los sentimientos, todo lo que ganamos en poder lo pagamos en represión emocional.

Hace poco discutíamos en el grupo de hombres de Sevilla, si nos parecíamos mas a caballeros dentro de una armadura oxidada, que nos impedía contactar emocionalmente con los y las demás o a Pinocho, un muñeco de madera luchando por humanizarse, al que le crece la nariz con cada mentira.

Orientados hacia una META que dé forma y sentido a sus esfuerzos. Los hombres son entrenados entre la exhortación y la humillación (ganador o perdedor) buscando que sean competitivos, controlados e independientes.
La necesidad de una meta les acompaña siempre, por eso se dice que padecen el síndrome de Ulises, el héroe mitológico que se pasó la vida intentando llegar a Itaca sin darse cuenta que la vida era el camino. Recuerdo una entrevista al primer astronauta hijo de españoles (Michael López Díaz Alegría,) cuando le preguntaron cual era su meta después de conseguir aquella por la que tanto había luchado, ser astronauta, se hizo un silencio tenso, hasta que encontró la respuesta, «buscar otra meta». En las relaciones de pareja no es extraño que cuando ella dice sí, empiecen los problemas, si no hay otra meta el interés del hombre decrece y con él, el deseo.

Diversos autores coinciden en señalar que la identidad masculina se construye por oposición, por un proceso de diferenciación de lo femenino, más que como resultado de un proceso de identificación con otros hombres. Ser hombre es no ser mujer ni homosexual (al que se imagina como afeminado).Es mas frecuente que se diga a los niños que eso es cosa de niñas, que eso no es cosa de hombres.
La identidad de género no determina LA ORIENTACIÓN DEL DESEO SEXUAL, ni la homosexualidad tiene porque significar que la identidad de género no esté perfectamente asumida e interiorizada. Pero es curioso como muchos padres y madres que piensan que la orientación del deseo es de origen biológico, sospechando que de todas formas la educación es muy importante, tratan de prevenir una posible homosexualidad a través de una educación muy masculina, llegando a condicionar el contacto afectivo corporal, sobre todo, entre el padre y el hijo, abundando los padres y madres que tratan a sus hijos con más brusquedad, o los acarician y miman menos que a sus hijas.

Sobre un tema tan de moda como la IMPORTANCIA DEL PADRE, Corsi nos recuerda que desde el campo de la psicología evolutiva, se tiende a analizar casi exclusivamente el vinculo materno filial, ignorando casi por completo la figura del padre, a quien le adjudican un papel regulador en momentos posteriores. Como el vinculo primario del varón es con su madre, el proceso de construcción de la identidad masculina pasaría por el eje de separación-diferenciación, de modo que para llegar a ser varón en un mundo androcéntrico y homofóbico tendrá que reprimir las identificaciones femeninas y demostrar que él no es una mujer ni un homosexual.

Uno de los temas más discutidos, últimamente, es la importancia de que el niño (y la niña) crezcan con un padre presente qué les sirva de modelo de identificación, (qué haya más hombres entre el profesorado de preescolar y de educación primaria,…). Parece razonable que, aquí y ahora, es al menos mas cómodo tener ambos modelos como referentes, pero, coincidiremos en que es mejor no tener un padre presente que tener uno malo. Esto ultimo lo digo porque históricamente y hasta fechas muy recientes lo normal era tener a ese padre presente y no parece que sea casualidad, que la crisis del patriarcado haya coincidido con su alejamiento relativo. No obstante ahora se habla de la diferencia entre ser padre y hacer de padre, lo primero no tiene ningún mérito pero lo segundo implica la asunción de esa responsabilidad. También se habla de padre faltante frente a la idea de padre ausente, para aclarar que el padre presente no tiene porque incluir intercambio corporal y afectivo, ni el cumplimiento de la función de maternaje que es la que crea el vinculo que puede servir como modelo alternativo.

La COEDUCACIÓN se nos ha presentado desde la enseñanza como la formula para combatir el sexismo, pero lo masculino y sus valores sigue tomándose como ejemplo de normalidad, madurez, cordura y autonomía olvidando que los hombres tienen los problemas psicosociales de salud mas relevantes, relacionados con los estilos de vida, drogodependencias y violencias. En lugar de cuestionar el modelo masculino lo han convertido en «café para todos y todas». Una de las consecuencias mas llamativas es que se espera que para el año 2020 las expectativas de vida de las mujeres hayan retrocedido hasta igualarse a las de los hombres. Parece que seria más lógico caminar hacia un modelo «unisex» que tomando lo mejor de cada genero contribuyera a alargar la expectativas y la calidad de vida para todas y todos.

Aunque la ADAPTACIÓN DE LOS HOMBRES A LOS CAMBIOS impulsados por las mujeres, la hemos iniciado cada uno a nivel personal, presionados por las circunstancias y las mujeres con que nos hemos relacionado, desde mediados de los 70 en los países escandinavos y de los 80 en distintas ciudades españolas han ido apareciendo grupos de hombres que buscan compartir aquellas inquietudes que difícilmente surgen en las conversaciones entre varones, ni son fáciles de tener en presencia de las mujeres .En ellos se cuestiona la vigencia del modelo tradicional, se habla de los malestares masculinos o se analiza críticamente, (no en todos los grupos,) cómo contribuimos a reproducir relaciones de dominación.

En España, los primeros hombres que se plantearon, en voz alta, la necesidad de organizarse para el cambio, estaban vinculados afectivamente a mujeres feministas e interesados en el estudio de la sexualidad, y la primera vez que grupos de hombres han decidido pronunciarse públicamente contra el sexismo lo han hecho contra la violencia masculina en la pareja a raíz del asesinato de Ana Orantes. Lo primero es lógico tratándose de hombres que a pesar de todas las dificultades quieren compartir la vida intima con mujeres que exigen condiciones de igualdad y reciprocidad, lo segundo es la consecuencia de entender el amor como una buena amistad con momentos eróticos, en el que resulta inaguantable la contradicción masculina entre el placer y el cumplir, y lo ultimo porque era cómplice el silencio del colectivo masculino ante la forma mas sangrante de intentar evitar el derecho de las mujeres a la libertad.

BIBLIOGRAFIA:

• Corsi, Jorge,Violencia masculina en la pareja, Paidós, Barcelona,1995.

• Beauvoir, Simone de, El Segundo Sexo.

• Bonino, Luis, Deconstruyendo la «normalidad» masculina.(Apuntes para una «psicopatología» de género masculino.

• Fisher, Robert, El Caballero de la Armadura Oxidada,Obelisco. Barcelona. 1994.

• López, Teresa, «El hecho de ser mujer», El País, Madrid. 24-1-1999.

• Lozoya, José Angel, «Política de Alianzas: El Movimiento de Hombres y el Feminismo», Jornadas Feministas, Almuñecar (Granada), Julio 1999.

• Marques, Josep Vicent. y Osborne, Raquel, Sexualidad y Sexismo, UNED, Fundación Universidad Empresa, Madrid, 1991.

• Naifeh, Steven y White, Gregory, Por qué los hombres ocultan sus sentimientos, Javier Vergara, Buenos Aires, 1990.

• Parker, Mac. Los hombres el aislamiento y el sexo, Vermont, 1985.

• Sau, Victoria, Diccionario Ideológico Feminista, Icaria. Barcelona 1990.

• Valcárcel, Amelia, «La difícil de la libre existencia», El País, Madrid 24-1-1999.

• Valle del, Teresa y Sanz Carmela, Genero y Sexualidad,UNED Fundación Universidad u Empresa. Madrid 1991.

* Comunicación presentada en las Jornadas sobre MUJER Y SALUD, Jerez de la Frontera, febrero de 1999. José Ángel Lozoya Gómez es miembro del Colectivo de Salud SPECULUM. Tel. 954228294.

ENLACES SOBRE EL TEMA: Artículos sobre masculinidad en Edualter:

– José Ángel Lozoyola: ¿Qué es eso de la identidad masculina?

– José Ángel Lozoyola: Los hombres ante el cambio de las mujeres

– Laura E. Asturias: Construcción de la masculinidad

– Luis Bonino: El problema de la violencia masculina

– Luis Bonino: Los varones frente al cambio de las mujeres

– Daniel Cazés: El feminismo y los hombres

– George Marx: Interacción de hombres profeministas con mujeres feministas

– Oswaldo Montoya: Entre machos nos entendemos: la complicidad masculina

– Tod Sloan y Rubén Reyes: La deconstrucción masculina

– Ana Criquillón: La cuestión masculina: ¿otro problema femenino?

– Jennie Ruby: De tal palo, tal astilla: Cómo los niños se hacen hombres

Libro – EL HAREN PEDAGÓGICO / Violencia y diferencial sexual en la escuela

VIOLENCIA Y DIFERENCIA SEXUAL EN LA ESCUELA

Autoras: Graciela Hernández Morales y Concepción Jaramillo Guijarro
Publicado en el libro El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar. Ed. Graò, Barcelona. 2000

Los seres humanos somos seres sociales, lo que viene a significar que comprendemos el mundo, damos forma a nuestras ideas, nos expresamos y existimos gracias a las relaciones que establecemos con otras personas. Esta necesidad primaria de relación es un hecho relevante al que no siempre se le presta la suficiente atención. Sin embargo, profundizar en él es fundamental para entender qué son y por qué se producen manifestaciones violentas, así como para valorar aquellas prácticas que de un modo u otro las hacen impensables (Rivera, 1998).

La relación implica intercambio. Para que el intercambio sea posible es necesaria cierta disposición para escuchar y atender lo que otras u otros tienen por decir y aportar; así como cierta capacidad para expresar lo que se quiere, se es, se piensa y se siente.

Relacionarse implica también conflicto, porque en el intercambio se ponen en juego formas diversas de posicionarse ante las cosas y el mundo, las cuales, con mucha frecuencia, no son coincidentes. Los conflictos no conllevan necesariamente confrontación o enfrentamiento, sino que nos dan cuenta de la existencia de palabras, deseos y experiencias diversas que necesitan de mediación para que puedan ser dichas, escuchadas y reconocidas.

La búsqueda de mediaciones requiere partir de sí (Piussi y Bianchi, 1996), es decir, que cada cual hable desde su experiencia, se ponga en juego en primera persona (Rivera, 1994), y preste atención, desde ahí, a lo que el otro o la otra aportan. Significa también la voluntad de tender puentes con el fin de hacer comprensibles las diferencias, no para llegar a consensos o para que lo más conflictivo se calle, sino para que las relaciones se puedan dar sin miedos o cortapisas.

Detrás de cada manifestación de violencia hay siempre un conflicto provocado por las diferencias: diferentes opiniones, valores, aspecto, cultura, raza, origen, sexo, forma de estar, de vivir, etc. El conflicto provocado por las diferencias se convierte en violencia cuando hay personas que las interpretan, no como una riqueza, sino como una expresión de inferioridad de “lo otro”. El origen de la violencia es, pues, la incapacidad de reconocer al otro o a la otra. Este sentimiento lleva a vivir las diferencias como una amenaza, un estorbo o un motivo de inquietud y sus consecuencias van desde la ignorancia o negación de las otras personas, hasta la infravaloración o la exclusión mediante formas diversas, entre las cuales, la agresión física es la más extrema. (Jaramillo 1999).

Debido a algunos cambios sociales recientes (la llegada y el asentamiento de personas procedentes de otros países) y a los cambios de la propia escuela (el paso de la escuela segregada a la mixta, la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los 16 años, la integración en los centros de alumnas y alumnos con necesidades educativas especiales), en ella hoy conviven alumnos y alumnas entre los que hay una gran disparidad. A la diversidad de procedencias, culturas, situación económica, social y personal, hay que sumar la propia de un espacio social en el que conviven diferentes generaciones: personas adultas, niñas, niños y jóvenes.

Todas estas circunstancias hacen de la escuela un espacio que se caracteriza por la heterogeneidad de quienes lo habitan. Un espacio en el que se hace más necesario que nunca cuidar las relaciones con el fin de que las diferencias sean una riqueza, una ocasión para el intercambio y el aprendizaje mutuo y, por el contrario, no se vivan como algo que dificulta la labor del profesorado y, en general, la vida escolar.

Violencia sexuada

La interpretación jerárquica de las diferencias y la aceptación de la violencia como un método legítimo para resolver los conflictos que éstas provocan, tiene su origen en la dificultad de reconocer la primera de las diferencias que viene dada en el mundo, que es la diferencia sexual. Una parte importante de nuestra tradición cultural ha pretendido silenciar esta diferencia al reconocer sólo la existencia de un sujeto “neutro”, sin sexo, desde el que se ha definido la categoría de lo humano. Pero hoy sabemos que este sujeto no es asexuado porque esa definición de lo humano sólo ha contemplado la experiencia masculina del mundo. Un mundo que incluye también a las mujeres, pero no como personas que tienen su propia experiencia, sino como una parte de él que no tiene voz propia y que, por tanto, tiene que ser definida por otros. (Sau, 1986).

La incapacidad de reconocer a las mujeres como sujetos que pueden decirse y decir el mundo desde su experiencia, las ha situado en el lugar de “lo otro” inferior, complementario o subordinado y, en lecturas más recientes, igual. (Diótima, 1996). Desde ese neutro-maculino se ha construido un orden simbólico y social patriarcal que acepta la violencia como medio para resolver posibles conflictos provocados, ya no sólo por la diferencia sexual, sino por cualquier otro tipo de diferencias. Una violencia que se manifiesta de modos muy diversos que van desde la exclusión hasta la agresión física, pasando por todas y cada una de las formas de discriminación que conocemos.

Por eso, se puede afirmar que la violencia no es neutra sino que es sexuada, de sexo masculino (Instituto de la Mujer, 1998), porque en su origen está la incapacidad de reconocer la primera diferencia (el otro sexo). Esto no quiere decir que la violencia esté determinada biológicamente, pero si que está unida a la experiencia histórica de los hombres y a su manera de relacionarse con las diferencias.

Quien usa la violencia instrumentaliza las relaciones, usa a las personas para alcanzar determinados fines o logros, sin prestar atención a las necesidades ajenas, sin importarle demasiado el proceso para lograr lo que pretende. Entiende, además, que quien más tiene y más poder ostenta, más vale. Por eso, la violencia tiene que ver con el poder, en tanto que conlleva jerarquía y dominio. Para quien lo tiene es una forma de mantenerlo e incrementarlo, para quien no lo tiene es un modo de hacerse valer, hacerse escuchar y lograr cierto control sobre otras personas.

En definitiva, “ejercer violencia es imponer pensamientos o valores con la fuerza, es hacerse valer con el miedo, es no entrar a dialogar, es excluir e infravalorar todo lo que pone en cuestión el poder de quien la pone en marcha y la utiliza.” (Instituto de la Mujer, 1998).

La vinculación de la masculinidad con la violencia no forma parte sólo del pasado. Desde el punto de vista educativo, es preciso profundizar en las razones por las que niñas y niños, aún siendo socializados y educados en contextos familiares, escolares y sociales comunes, tienen actitudes y comportamientos significativamente distintos en su relación con las diferencias. (Miedzian, 1995)

En la vida escolar seguimos encontrando expresiones de violencia originadas por la dificultad de los niños de reconocer la diferencia sexual. A través de muchos mecanismos, y no sólo en la escuela, aprenden que la diferencia de los sexos no es realmente de los sexos, sino que las diferentes son las niñas, mientras que los “normales”son ellos. Con este aprendizaje, muchos creen que pueden hacer comentarios de todo tipo, incluida la burla, sobre el cuerpo de las niñas, o que pueden subirles la falda o tocarlas sin su permiso. Pero a muchas de estas situaciones se les resta importancia o se las interpreta como fruto de una curiosidad natural. De este modo se normalizan actitudes y comportamientos que significan violencia hacia ellas y, en general, hacia las mujeres.

A los niños se les enseña todavía a no llorar, a ocultar sus sentimientos, su miedo o la propia vulnerabilidad y como consecuencia de ello, aprenden a utilizar la fuerza como medio para resolver frustraciones o conflictos y a poner en un segundo plano los sentimientos, las necesidades ajenas y las relaciones con otras personas. Su socialización y educación aún no ha superado un modelo de masculinidad que incluye como uno de sus referentes principales el culto y la fascinación por la fuerza y la pretensión de omnipotencia. Aprenden así una forma de relacionarse con “lo diferente” que no sólo no se cuestiona, sino que, en muchas ocasiones, les otorga reconocimiento y visibilidad. En este orden de cosas, es cada vez más frecuente ver niñas y chicas recurriendo a la violencia para hacerse escuchar, para dejar de ser las víctimas y para buscar ese reconocimiento.

Sin embargo, esta forma de ver la realidad, aunque ha impregnado gran parte de nuestra cultura y ha tenido mucha fuerza simbólica, nunca ha abarcado al conjunto de la experiencia humana; de hecho podemos observar que existen formas diversas de ser hombre y de ser mujer, unas más libres que otras y en contextos de mayor o menor justicia social. Junto a esto, está cada vez más extendida la idea de que es innecesario el uso de la violencia para que los hombres sean considerados «hombres de verdad». (Bonino, 1999).

El lenguaje de los derechos

Para hacer frente a la violencia en todas sus formas, nuestra sociedad ha creado el lenguaje de los derechos, el cual ha permitido evitar muchas discriminaciones al considerar a todas las personas iguales ante la ley. Sin embargo, los derechos no garantizan por sí mismos que las personas se reconozcan, se valoren, se escuchen y se expresen. Por otra parte, junto a su extensión a un número cada vez mayor de personas, se ha producido cierta confusión entre dos realidades bien distintas: «la igualdad de derechos» con «todas las personas son iguales».

Desde esa misma lógica, se confunde con cierta asiduidad “la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres” con “hombres y mujeres son iguales”. Lo primero tiene que ver con la necesidad de justicia social y de reconocer que unos y otras están capacitados para realizar las mismas tareas y ocupar los mismos espacios. Pero, detrás de lo segundo se suelen esconder ideas difusas que no siempre se corresponden con lo real. (Mañeru et al., 1996)

Por ejemplo, la afirmación “hombres y mujeres son iguales” sirve para no reconocer abiertamente que la violencia es un patrimonio más masculino que femenino, o para que este hecho pase desapercibido o no se considere significativo. Incluso tratándose de formas de violencia que tienen como protagonistas siempre a hombres y cómo víctimas siempre a mujeres, pocas veces se habla de violencia masculina o de violencia contra las mujeres, tal y como sería de esperar. Lo que suele suceder, más bien, es un acercamiento a estas situaciones como si fueran neutrales, acuñando términos que evitan relacionarlas con uno u otro sexo.

Con cierta frecuencia, cuando se dice que “hombres y mujeres son iguales” se está diciendo realmente que las mujeres han de ser iguales a los hombres, han de asumir sus actitudes y valores para tener el mismo reconocimiento social. Todo ello contribuye, por un lado, a invisibilizar a las mujeres o a hacerlas visibles sólo en la medida en que son discriminadas, oprimidas o víctimas; y por otro, a mantener intacto ese referente neutro-masculino al que nos hemos referido antes. Esta no es una cuestión baladí, ya que se ha escrito mucha historia, se ha hecho mucha política y se han elaborado muchos criterios pedagógicos en función de esta premisa.

Cuando se analiza la violencia sin tener en cuenta la diferencia sexual, se deja en la insignificancia la experiencia histórica de las mujeres que nos habla, no sólo de aceptar, sino de reconocer “lo otro” diferente, utilizando para ello la relación y la mediación de la palabra. Una práctica de las relaciones que hace civilización porque es lo que nos permite vivir humanamente (Librería de Mujeres de Milán, 1996). A través de esta experiencia, muchas mujeres han aprendido la importancia de prestar atención y cuidar a las demás personas y también la necesidad de exteriorizar los sentimientos, de reconocer los miedos y limitaciones, aceptando lo que nos caracteriza como seres humanos (hombres y mujeres): la necesidad de ir al encuentro del otro o de la otra para entrar en relación de intercambio, no porque seamos seres incompletos, sino porque somos seres carentes. (Jourdan, 2000).

Esto muestra la necesidad de dar relevancia a la disparidad humana para facilitar que cada cual, sea mujer u hombre, hable desde su experiencia, porque éste es el único camino para reconocerse y expresar deseos propios, sin necesidad de acatar, sin más, las expectativas impuestas. Sin esta práctica, no es posible ver todas las dimensiones de cada conflicto. Para que éstos salgan a la luz de un modo no destructivo es necesario ir más allá de un “te escucho porque te respeto o porque tienes derecho a que se te escuche” para llegar a un “qué podemos hacer tú y yo, qué acuerdos y qué mediaciones necesitamos, para que nuestra disparidad no sea un obstáculo sino una fuente de aprendizaje, de reflexión, de transformación”. O sea, abrirlos y hacerlos circular en su raíz, en la relación.

Prácticas que previenen la violencia

En las primeras etapas de la educación obligatoria, en las que hay más maestras que maestros, se tiende a aplicar un modelo educativo que valora al alumno o a la alumna en su totalidad, intentando no separar ni jerarquizar los aprendizajes cognitivos e intelectuales de los afectivos, físicos y relacionales. De esta manera, se presta también más atención a la particularidad y por ello se acepta con más facilidad la diversidad que existe entre el alumnado, fomentando y potenciando las relaciones entre escolares que ayudan no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas. Porque al aceptar la particularidad, se acepta también que no hay un modelo de “normalidad” al que aspirar o parecerse y las diferencias no se jerarquizan.

Este modelo educativo tiende a ir perdiendo relevancia al llegar a la secundaria, etapa en la que se convierte en prioridad la transmisión de conocimientos académicos. El profesor o profesora deja de tener una función educadora para tener una función docente y el alumno o la alumna dejan de ser considerados en su totalidad y en su particularidad para valorar principalmente su interés, su motivación y su capacidad para el aprendizaje de las materias que se enseñan. En este modelo, la diversidad se convierte en un problema porque se espera del alumnado una respuesta única: que se interese por el estudio, y quienes no muestran este interés (generalmente más alumnos que alumnas) se convierten con mucha facilidad en “conflictivos”. Los aspectos relacionales de la enseñanza pasan así a formar parte del currículum oculto y en lugar de potenciar y fomentar el intercambio, la relación, la convivencia, se considera necesario regular la vida escolar a través de normas y reglas generales para mantener un cierto orden que garantice a los centros cumplir con la que se considera su misión principal: la transmisión de conocimientos.

Este tránsito de la educación a la enseñanza, del magisterio a la docencia, significa no sólo un cambio en los objetivos y contenidos, sino un cambio en las prácticas educativas que se desplazan desde la lógica de la autoridad, hacia la lógica del poder. La distinción entre poder y autoridad es muy útil, aunque a veces resulte difícil hacerla porque el simbólico del poder ha tendido a confundirlas.

En la educación, la autoridad hace referencia a la capacidad que el profesorado tiene de enseñar. Y esta capacidad depende de su competencia académica, pero sobre todo de su disponibilidad para ponerse en relación con las alumnas y los alumnos y de que ellas y ellos le reconozcan como una persona de la que pueden aprender. Es esta autoridad la que permite enseñar y aprender, mientras que el poder sirve para aprobar y suspender, pero no necesariamente supone un intercambio de conocimiento o un aprendizaje (Jourdan, 1998).

La práctica de la autoridad otorga más recursos para resolver los posibles problemas de la disparidad y está al alcance de todas las personas, tengan o no poder (no por casualidad fue reinventada por las mujeres). No se trata de una práctica nueva porque está y siempre ha estado principalmente en la experiencia de mujeres enseñantes. Pero como tantas otras experiencias de las mujeres de ahora y de la historia no han sido recogidas y tenidas en cuenta. Lo nuevo, por tanto, es hablar de ellas, darles nombre y reconocer el valor pedagógico y transformador que tienen (Mañeru, 1997).

La escuela es un espacio social y de relación en el que, además de otros contenidos escolares más o menos académicos, se aprenden fundamentalmente formas de estar, de comportarse y de relacionarse con las demás personas. Prevenir la violencia en la escuela contribuye a que la vida escolar sea fuente de bienestar para todas y todos. Además, también proporciona a las alumnas y a los alumnos una experiencia de relación que tiene una gran transcendencia en los demás espacios sociales en los que se desenvuelven en el presente y lo harán en el futuro.

El sentido común y la experiencia indican, que cuanto más en cuenta se tenga en la institución escolar la convivencia y las relaciones entre quienes la componen, más impensable será la violencia. Cuando analizamos situaciones de violencia en la escuela y en la vida social en general, nos damos cuenta que sólo podrían haberse evitado teniendo en cuenta las necesidades, los sentimientos, los deseos y las expectativas de las personas que las protagonizan. Y esto sólo puede hacerse a través de la escucha, la comunicación y el diálogo, es decir, mediante la relación que utiliza la palabra como mediación (y no la fuerza) y que tiene como fin el intercambio (y no la imposición). A continuación explicamos algunas de las dificultades que suelen presentarse en las relaciones que se dan en la comunidad escolar y algunas propuestas para mejorarlas.

Las relaciones con las familias

La presencia de padres y madres en la escuela es un hecho que, en determinadas circunstancias, permite al profesorado comprender mejor las necesidades, dificultades y estrategias a seguir con cada alumna o alumno. La propia LOGSE reconoce la importancia de la vinculación de las familias a la vida escolar y prevé fórmulas para que pueda darse.

Pero la ley no puede garantizar que la relación de madres y padres con la escuela se dé de forma fluida. A veces, para el profesorado, su presencia es más bien un estorbo, porque puede suponer más trabajo, o más dificultades. Así mismo, y quizás de modo contradictorio, su ausencia se considera falta de interés y un signo de despreocupación. Es como si no se supiera muy bien qué hacer con esa relación para que resulte provechosa.

Madres y padres, profesoras y profesores, cada cual con características propias, se dedican a la misma función social, la de educar y ayudar a crecer a niñas y niños. Esto, en lugar de ser considerado como una posibilidad real de intercambio, se vive a menudo de forma competitiva; y, entonces, la experiencia ajena no se ve como una fuente de aprendizajes y de nuevas preguntas que facilitan y estimulan el trabajo; es más, se la juzga desde una serie de criterios previos y ajenos a la propia relación.

No es extraño, por ejemplo, que cuando un profesor o profesora se coloca sólo como profesional de la enseñanza, considere que su formación avala su palabra y su saber, y que un padre o una madre sin la misma formación carece de la autoridad suficiente para poner en cuestión lo que se hace o se deja de hacer en el aula. Este planteamiento lleva a pensar que la participación de madres y padres debe consistir en recibir información y escuchar las recomendaciones que les da el profesorado. En esta concepción, las propuestas e iniciativas de las familias no tienen cabida y se quedan sin espacio para poner en juego en el ámbito escolar aquello que saben.

Del mismo modo, es más o menos común, que padres y madres consideren que su participación en la escuela ha de consistir básicamente en presionar para que se eduque adecuadamente a sus hijos e hijas. Detrás de esta actitud suele haber desconfianza o temor ante los modos de hacer de la escuela, lo que se traduce a veces en exigencias y en una necesidad de supervisar el trabajo del profesorado. Desde ahí se tiende a hacer juicios teniendo más en cuenta lo que otros y otras comentan que lo que cada profesor y cada profesora tienen por decir.

Así mismo, tanto las familias como el profesorado no sienten reconocida socialmente su labor, a la vez que perciben cierto desbordamiento por un exceso de exigencias, ya que observan como gran parte de la sociedad les pide que resuelvan el conjunto de los problemas existentes. Pero esta situación no les lleva necesariamente a la complicidad, más bien al contrario, a veces, reproducen esta falta de reconocimiento. De este modo, las familias se convierten para las escuelas y viceversa, en una especie de chivo expiatorio, un lugar donde encontrar las causas de los problemas y al cual exigir que se pongan medidas efectivas que los resuelvan.

En definitiva, cuando todo esto ocurre, en el lugar de la escucha, del apoyo mutuo, de la búsqueda de estrategias conjuntas, se sobreponen las criticas, las exigencias, e incluso el silencio. Lo que produce, además, que se escondan los miedos, dificultades y en ocasiones aquello que se sabe. En ese contexto no es extraño que el interés por las notas o los contenidos académicos a impartir cobren protagonismo sobre otros aspectos educativos.

Junto a esto, es significativo el hecho de que son más madres que padres quienes acuden a los centros educativos, y quienes muestran mayor interés. Aunque los padres asumen cada vez más responsabilidades, siguen siendo ellas quienes de modo predominante se hacen cargo de esta función.

Con todo, se responsabiliza fundamentalmente a las madres de las conductas violentas o las malas notas del alumnado, incluso se las llega a culpabilizar por realizar otras actividades y desarrollar otros aspectos en sus vidas al margen de la maternidad. Este tipo de actitudes está vinculado en el fondo, con un modelo idealizado de madre que circula en la sociedad con mucha fuerza y que no se corresponde con lo que ellas, en lo concreto, viven y sienten. Por otra parte, la menor implicación, desinterés o ausencia paterna no se cuestiona con la misma fuerza y, en ocasiones, es incluso asumida y aceptada.

Este modo de valorar la figura materna y paterna minimiza las repercusiones negativas que tiene en chicos y chicas una relación deficitaria y, en ocasiones nula, con el padre; y no ayuda a que niños y niñas vean en sus madres una referencia positiva.

Es necesario, por lo tanto, desprenderse de prejuicios, interesarse por lo que cada madre o padre realmente aporta y necesita, y decir la verdad sobre lo que, como profesor o profesora, se hace, se sabe y se siente. Desde ahí es más fácil que la relación entre las familias y la escuela sea más real, abierta y fructífera.

Las relaciones entre el profesorado

En las relaciones entre el profesorado tampoco es fácil decir la verdad, o sea, aquello que realmente se siente, se sabe y se hace. Es común que en este tipo de interacciones se superpongan clasificaciones y baremos que vienen de fuera y que limitan la posibilidad de expresión y escucha, ya que no han sido elaboradas desde lo que cada cual realmente es, aporta y necesita.

Estas clasificaciones se expresan, por ejemplo, en el distanciamiento entre quienes llevan muchos años trabajando en la enseñanza y quienes inician esta andadura; también cuando distinciones como tener o no tener una licenciatura, tener o no tener una plaza fija, se convierten en un obstáculo para la relación. Por otro lado, tampoco es raro que en muchos claustros se formen bandos encontrados que, con cierta frecuencia, están vinculados en positivo o en negativo con el equipo directivo.

Todas estas clasificaciones se dan cuando los prejuicios, el prestigio o el dominio, se ponen por delante del intercambio y de la búsqueda de mediaciones; lo que siempre implica ciertas dosis de violencia. Violencia que se pone de manifiesto de formas diversas. Por ejemplo, cuando se presta menos atención a quien tiene menos formación, menos experiencia o menos edad; cuando no se apoya a quienes manifiestan tener problemas en el aula, o cuando no se facilita la creación de espacios para intercambiar experiencias (que no información). Y todas estas situaciones se producen entre personas que ocupan la misma posición dentro de la estructura escolar, es decir, que tienen el mismo poder. Lo que viene a significar que la distribución igualitaria de poder no facilita la interacción desde otro lugar, desde la autoridad (Jourdan, 1998).

Situarse en el poder supone también defenderse, lo que lleva a esconder o disfrazar lo que pasa en un aula como una manera de evitar interferencias y juicios por parte de los otros y las otras. De este modo, lo que pasa en cada clase no sale a la luz, impidiendo que las demás personas puedan conocer nuevas prácticas y aprender de ello.

Estas actitudes no implican sólo dificultad para ver en el otro o la otra una fuente de aprendizaje, sino algo más elemental: que cada profesor y profesora reconozca y dé nombre a sus propias dificultades, deseos, aciertos o frustraciones. Esto contribuye a la burocratización del trabajo, ya que a falta de una medida que proviene de la propia relación, los papeles y las medidas impuestas desde fuera ganan protagonismo.

Por lo tanto, para reconocer aquello que ya se sabe (Piussi y Bianchi,1996), para poder aprender con lo que el otro o la otra aporta y para poder dar una medida sensata a la acción educativa, es vital una relación de intercambio y colaboración. Y para ello no es necesario que todo el claustro esté de acuerdo en todo, o que todo el claustro trabaje conjuntamente en todo; basta con poder establecer una relación significativa con, al menos, un compañero o compañera. Una relación que permita actuar con medida, o sea, atendiendo a aquello que realmente se tiene y es viable, dejando de lado la sensación de que nada se puede hacer, o de que nunca se hace lo suficiente. Esto da energía e incentiva la creatividad, diluye el cansancio y la sensación de impotencia cuando las cosas se hacen difíciles o insostenibles en el aula y, sobre todo, no da cabida a la violencia.

Las relaciones entre el alumnado

Entre escolares se dan conflictos cuyo origen no está en la escuela sino que viene del exterior, como por ejemplo no aceptar a determinadas chicas o chicos porque su aspecto, su imagen, su origen, su cultura, su religión, etc., son diferentes de los de la mayoría. Este tipo de conflictos suele tener mucho que ver con ciertas modalidades de liderazgo que reproducen estereotipos vinculados a la masculinidad: el valor de la fuerza física, de la rebeldía, de la agresividad, del dominio sobre otras u otros. Y que a su vez van unidos a una falta de reconocimiento de aquellas personas a las que se considera diferentes y a las que se define sólo por negación, interpretando sus comportamientos o sus formas de ser en términos de debilidad, sumisión, vulnerabilidad.

En otros tiempos, este tipo de liderazgo era sólo admitido en chicos, pero hoy está disponible para todo aquel o aquella que acepte estos criterios como suyos; por eso no es difícil observar chicas que también se apuntan a este modelo y chicos que aún perteneciendo a minorías culturales o de otro tipo, son aceptados como líderes en el momento en que adoptan esos patrones de comportamiento.

Este estilo de liderazgo es, sigue siendo, reforzado de un modo u otro no sólo en la escuela sino en otros contextos sociales. Las formas en que se manifiesta son muy variadas: por ejemplo cuando a los chicos se les valora más cuanto más fuertes y más grandes son; cuando en las actividades físicas o deportivas se prefiere a éstos y se excluye a las chicas o a los que no dan la talla; cuando las ganas de estudiar y los buenos resultados académicos no son motivo de reconocimiento porque se interpretan como signo de sumisión; cuando no se valora a las chicas en su conjunto sino sólo por su atractivo sexual para los chicos; cuando no ir “a la moda” o distinguirse de la mayoría en el aspecto físico es un motivo de crítica o de no aceptación; cuando expresar los sentimientos se convierte en muestra de debilidad … Este tipo de actitudes, cuando llevan al liderazgo y al reconocimiento, acaban por convertir en “normal” aquello que no sólo no lo es (en el sentido estadístico), sino que no es deseable. Además, con ello se contribuye a alimentar sentimientos de superioridad, que son el origen de toda violencia.

Las relaciones con el alumnado

Las relaciones entre el profesorado y el alumnado son de una gran disparidad natural e institucional y oscilan siempre entre la autoridad y el poder (Jourdan, Clara, 1998). De esta disparidad surgen muchos conflictos. Uno de ellos es que, con cierta frecuencia, y especialmente en la educación secundaria, el alumnado no reconoce la autoridad del profesorado. Este suele ser un conflicto originado más por alumnos que por alumnas y se dirige más frecuentemente hacia profesoras. En él influyen varios factores, por un lado, que la educación es obligatoria y que hay muchos alumnos (más que alumnas) que están en la escuela sin querer estar; por otro, que la labor educativa, sigue siendo una labor poco reconocida socialmente, una falta de valoración que el alumnado también reproduce.

Estos conflictos, si no se prevén y si no se actúa sobre ellos, acaban expresándose y viviéndose de forma violenta. Y sus manifestaciones son muy diversas: enfrentamientos con el profesorado, comportamientos que molestan, “boicoteo” de las clases, acciones agresivas contra las instalaciones, que, en muchas ocasiones, sólo se atienden cuando ya es demasiado tarde.

Cuando surge este tipo de problemas, en muchas ocasiones se atribuyen a un exceso de confianza con el alumnado, a un no saberse imponer, acusaciones de las que las profesoras saben mucho. De este modo, se proponen soluciones como ser “más duro”, hacerles saber “quien manda”, es decir, utilizar el poder que todo profesor o profesora tiene. Sin embargo, es un hecho que el poder no resuelve este tipo de problemas, al contrario, genera más violencia.

Así sucede, por ejemplo, cuando se valora al alumnado sólo por sus resultados académicos y las notas se viven como una manera de premiar o castigar. También cuando ante alumnos y alumnas “conflictivos” (que no tienen interés en las clases o en el estudio o que crean problemas de disciplina) se interviene sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento, imponiendo normas generales o recurriendo a sanciones (expulsiones, “sermones”, amenazas…. ).

Estas respuestas de la institución, en lugar de solucionar los problemas, suelen ser generadoras de violencia y acaban afectando, de un modo u otro, a toda la comunidad escolar. Por un lado, son vividas por quienes las sufren como muestras de exclusión o falta de atención a sus intereses o necesidades (es decir, más violencia). Por otro, al ser normas impuestas, suelen alimentar la voluntad de transgredirlas o sentimientos de rebeldía que se dirigen no sólo hacia el profesorado o la institución, sino hacia el alumnado que no es “conflictivo” y que se ve obligado a aceptar una dinámica de funcionamiento que no le tiene en cuenta. Además, estas respuestas son poco educativas, en el sentido de que muestran la incapacidad de tratar los conflictos derivados de la diversidad.

Y así se producen paradojas muy significativas, por ejemplo hablar en clase de la importancia de valores como el respeto a las diferencias, la convivencia, la cooperación, etc., sin atender a lo que ocurre en la propia clase, convirtiendo los valores en una teoría más por aprender y dando lugar a que en el discurso se acepten actitudes que luego no se practican.

Esta confianza en el poder a la hora de regular la convivencia, no presta atención a otros modos de estar, de comportarse y de relacionarse que también están presentes en la escuela y que la experiencia muestra que son mucho más eficaces: la mediación en los conflictos, la cooperación, la relación, la escucha.

La labor educativa se hace siempre en relación; la atención, el cuidado y la promoción de las relaciones que se dan en clase forma parte del trabajo de enseñar. Los conflictos que aparecen en estas relaciones competen al profesorado, dado su papel mediador en todo lo que acontece en el aula. Por eso es imprescindible diagnosticar la composición del grupo-clase y prever las posibles dificultades de motivación, de relación y de integración que pueden darse en ese grupo. No es suficiente partir sólo de diagnósticos individuales o de posibles dificultades de aprendizaje, sino que hay que observar con detalle las relaciones que se dan en el aula, con el fin de facilitarlas. Sólo a través de ellas, las alumnas y los alumnos aprenden no sólo a aceptar o tolerar las diferencias, sino a relacionarse con ellas.

Las primeras etapas en la formación de un grupo-clase son cruciales para fomentar las relaciones y afrontar los posibles problemas que puedan aparecer. De esta manera, se actúa desde el principio y no sólo en el momento en el que ya han aparecido problemas graves de comportamiento o de disciplina, porque entonces ya sólo parece posible recurrir a sanciones. Fomentado y practicando las relaciones el alumnado puede desarrollar estrategias, recursos propios y buscar mediaciones para expresar sus necesidades y deseos. Y para ello, también es necesario que el profesorado sepa y quiera escuchar.

Si las alumnas y los alumnos tienen los recursos necesarios y la posibilidad de expresar sus necesidades (que nunca serán homogéneas, siempre serán diversas), entonces es posible “contratar” o “acordar” las normas de funcionamiento y convivencia, normas que regulen los límites y lo que no es tolerable. Y para ello hay que partir siempre de cada clase concreta porque sus circunstancias y su realidad cambian en el tiempo y de un aula a otra. De esta manera se facilita la escucha y la atención a las diferencias y no se ocultan los conflictos, sino que se habla de ellos. Esta forma de actuar enseña a las alumnas y a los alumnos a responsabilizarse de lo que ocurre en una clase y seguramente a rechazar la violencia como solución aceptable.

BIBLIOGRAFÍA
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PIUSSI, Anna María y BIANCHI, Letizia (1996): Saber que se sabe. Mujeres en la educación. Icaria editorial, Barcelona.

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SAU, Victoria (1986): Ser mujer: el fin de una imagen tradicional; Icaria, Barcelona.

CARTA DE UNA MADRE

Queridos todos:

Me voy. Volveré cuando sepáis dónde están guardadas las bolas de naftalina, cuando nuestra casa ya no tenga secretos para ninguno de vosotros, cuando seáis capaces de descifrar los códigos de los botones de la lavadora, cuando logréis reprimir el impulso de llamarme a gritos si se acaba la pasta de dientes o el papel higiénico. Volveré cuando estéis dispuestos a llevar conmigo la corona de reina de la casa. Cuando no me necesitéis más que para compartir.

Ya sé que me echaréis de menos, estoy segura. También yo a vosotros, pero sólo desapareciendo podré rellenar los huecos que vuestro cariño me produce… Sólo podré estar segura de que verdaderamente me queréis cuando no tengáis necesidad de mí para comer o para vestiros o para lavaros o para encontrar las tijeras. Ya no quiero ser la reina de la casa, estoy harta, me he cansado de tan gran responsabilidad y he caído en la cuenta de que si sigo jugando el papel de madre súper no lograré inculcaros más que una mentalidad de súbditos. Y yo os quiero libres y moderadamente suficientes y autónomos.

Ya sé que vuestro comportamiento conmigo no es más que un dejarse llevar por mi rutina; también por eso quiero poner tierra por medio. Si me quedo, seguiré poniéndoos todo al alcance de la mano, jugando mi papel de omnipresente para que me queráis más.

Sí, para que me queráis más. Me he dado cuanta de que todo lo que hago es para que me queráis más, y eso me parece tan peligroso para vosotros como para mí. Es una trampa para todos.

Palabra de honor que no me voy por cansancio, aunque sea una lata dormirse todas las noches pensando en la comida del día siguiente y hacer la compra a salto de mata cuando vienes del trabajo y, a la larga, pesa mucho la manía de ver siempre un velo de polvo en los muebles cuando me siento un rato en el sofá, y la perenne atracción hacia la bayeta y la cera. Pero no es sólo por eso. No. Tampoco me voy porque esté harta de poner la lavadora mientras me desabrocho el abrigo ni porque quiera estar más libre para hacer carrera en mi trabajo. No. Hace ya mucho tiempo que tuve que elegir una perpetua interinidad en mi profesión porque no podía compatibilizar una mayor dedicación mental al trabajo profesional con la lista de la compra. Me voy para enseñaros a compartir, pero sobre todo me voy para ver si aprendo a delegar.

Porque si lo consigo, no volveré nunca más a sentirme culpable cuando no saquéis notas brillantes o cuando se quemen las lentejas o cuando alguno no tenga camisa planchada que ponerse.

La culpa de que sea imprescindible en casa es sólo mía, así que desapareciendo yo por unos días, os daréis cuenta vosotros de que la monarquía doméstica es fácilmente derrocable y quizá yo pueda aprender la humildad necesaria para ser, cuando vuelva, una más entre la plebe.

Cuando encontréis la naftalina no dejéis de avisarme. Seguro que para entonces yo también habré aprendido a no ser tan excesivamente buena. Puede ser que ese día no nos queramos más, pero seguro que nos querremos mejor.

Besos. Mamá.

C. de Santos – «Ser Humano»

FUENTE: CEIP San Walabonso

VISTO EN:
http://menendezypelayo.bitacoras.com

Dinámica – 120 MILLONES DE NIÑxS INVISIBLES

120 millones de menores no están escolarizadXs

2/3 son niñas

Les pedimos que analicen los datos que les hemos dado desde perspectivas matemáticas.

¿Y ahora qué? Escuchamos muy brevemente, y sin entrar a debatir, alguna de las ideas que estos dos datos les han sugerido.

Dividimos la clase en dos grupos:

GRUPO 1: están escolarizadXs

GRUPO 2: no están escolarizadXs

El grupo 1 se divide en grupos de cuatro o cinco personas. Cada grupo busca el mayor número de pequeños movimientos que podemos hacer para que este dato cambie. Empezamos desde lo más elemental que puede ser llegar a casa y compartir el dato con nuestra madre, padre, vecina o quien encontremos a la hora de comprar el pan…

Cuantas más acciones encontremos en las que podemos intervenir directamente mayor seguridad tendremos de que algo se está moviendo para cambiar las cosas.

Podemos ir subiendo la edad y ver qué intervenciones pueden hacer las personas con unos pocos más años de los que tiene la gente que forma ese aula-grupo y así hasta que lleguemos a abuelos y abuelas.

El grupo 2 también se divide en grupos de cuatro o cinco personas: Van a recoger datos para elaborar un comunicado conjunto que explique el por qué de su situación y propuestas para salir de ella.

¿Sabe alguien por qué son muchas más las niñas no escolarizadas que los niños?

La esperanza de vida en la mayor parte de los países que viven esta situación se encuentra entre los 35 y los 45 años.

FUENTE de los datos: http://www.enredate.org/letras/

Recursos y materiales de UNICEF: https://www.unicef.es/educa/biblioteca

Vete a la cama

Algunos hombres leerán el artículo y lo verán desde el otro lado; también son estupendos, pero escasean…

Mamá y Papá estaban mirando la televisión cuando Mamá dijo:
estoy cansada, es tarde, me voy a la cama.

Fue a la cocina a preparar los bocadillos para el día siguiente. Puso en remojo los recipientes de las palomitas, sacó la carne del congelador para la cena del día siguiente, controló si quedaban bastantes cereales, llenó el azucarero, puso las cucharitas y los cuencos del desayuno en la mesa y dejó preparada la cafetera. Puso la ropa húmeda en la secadora, la ropa sucia en la lavadora, planchó una camisa y cosió un botón, recogió los juguetes, puso a cargar el teléfono y guardó la guía telefónica. Regó las plantas, ató la bolsa de basura y tendió una toalla. Bostezó, se desperezó y se fue al dormitorio.

Se paró un momento para escribir una nota a la maestra, contó el dinero para la excursión y cogió un libro que estaba debajo de la silla. Firmó una felicitación para un amigo y escribió la dirección en el sobre, escribió una nota para el charcutero y colocó todo junto a su bolso. Mamá a continuación se lavó la cara con las toallitas, se puso crema anti-arrugas, se lavó los dientes y las uñas. Papá gritó “pensaba que te estabas yendo a la cama“. “Estoy yendo“, dijo ella.

Puso un poco de agua en el bebedero del perro y sacó el gato al balcón, cerró la puerta con llave y apagó la luz de la entrada. Dió una ojeada a los niños, les apagó las luces y la televisión, recogió una camiseta, tiró los calcetines a la cesta de ropa y habló con uno de ellos que estaba todavía haciendo los deberes. En su habitación puso el despertador, preparó la ropa para el día siguiente, ordenó mínimamente el zapatero. Añadió tres cosas a las seis de la lista de las cosas urgentes, dijo sus oraciones y visualizó el alcanzar sus propios objetivos. En ese momento, Papá apagó la televisión y anunció “me voy a la cama“. Y lo hizo, sin otros pensamientos.

¿Nada extraordinario? ¿Os preguntáis por qué las mujeres viven más tiempo? Porque están hechas para los largos recorridos (y no se pueden morir antes, tienen demasiadas cosas que hacer).
Manda este “e-mail” a cinco mujeres fenomenales, lo apreciarán, y a algunos hombres que tengan la inteligencia de poder apreciarlo. Después….

¡¡¡VETE A LA CAMA!!!

pd. recibido por correo electrónico

Dinámica – LAS CHICAS PIENSAN QUE LOS CHICOS …

LAS CHICAS PIENSAN QUE LOS CHICOS …

Formamos grupos de chicas y chicos por separado. No es conveniente que los grupos tengan más de 4 personas. Así será más fácil formarlos sin tener que mover mesas y sillas. 2 delante que se giran forman grupo con 2 atrás. Grupos reducidos favorecerán también que la participación sea más plural y aquellas personas que dicen menos en grupos grandes tengan su oportunidad.

Escriben en papelitos separados cada una de las frases que según su opinión puedan completar la que le hemos dado.

Tendrán unos 15 minutos para ponerse de acuerdo y escribir sus conclusiones.

Pasado este tiempo comenzamos un debate en pleno dando lectura a las distintas opiniones. Para el pleno sí que es conveniente formar un círculo.

Si permanencen en sus filas durante el pleno se acostumbrarán a dialogar con la profesora o el profesor pero no aprenderán las normas de un debate respetuoso con las demás opiniones.

Como es posible que durante el debate hayan surgido muchos prejuicios podemos dar algunas normas que nos ayuden a desmontarlos:

Mejorar el conocimiento que se tiene de la otra persona.

Emplear más a menudo el pensamiento posi­tivo.

Profundizar para una comunicación más com­pleta.

Distinguir/separar individuo de grupo.

Por último preguntaremos si alguien se ha sentido mal en algún momento de la actividad. Si se ha sentido que ha recibido insultos u ofensas y trataremos de ofrecer reparación si necesario.

En otra ocasión podemos hacer la misma dinámica con la frase:

Los chicos piensan que las chicas …