En febrero de 1999, un grupo de 130 personas fuimos a Irak. Nos llevaba hasta allí el deseo de solidarizarnos con un pueblo que venía siendo pisoteado con embargos y puniciones desde hacía mucho tiempo (sin contar bombardeos preventivos con sus famosos “daños colaterales” añadidos que venían sufriendo desde el 91). Un pueblo que tenía además una larga historia de sufrimientos bélicos ya que estuvieron muchos años en contienda con Irán.
Un pueblo, cuyo único delito, es el de estar asentado en un territorio rico en petróleo y ser por tanto objeto de deseo de los poderosos de este mundo.
Antes de comenzar a escribir estas líneas, estuve tentada a echar mano de los múltiples apuntes que tomé en esos días tan intensos. Horas de grabación, cientos de fotografías…
Y finalmente decidí rebuscar en mis recuerdos, en la percepción que tuve del contacto con la gente en las calles, en los mercados, en las escuelas, en los hospitales.
En estos días se cumplen cuatro años de unos de los disparates genocidas más grandes de nuestro tiempo: la invasión y la guerra contra Irak por dos de los ejércitos más funesta y sofisticadamente armados del planeta. Con carta blanca para asesinar, torturar, robar, humillar, violar, vejar, y pasarse por el forro todas las disposiciones y convenciones internacionales sobre el respeto en tiempos de guerra.
Decía antes que prefería recurrir a mis emociones por aquellos días porque me gustaría poder transmitir parte del calor con que fuimos recibidos por aquellas gentes sencillas, empobrecidas, humilladas pero resistentes y esperanzadas, que reconstruían día a día lo que el enemigo arteramente destruía.
También recuerdo que hace cuatro años, muchos millones de personas, con un mínimo de sentido común nos dejamos la garganta en las calles para que no se mezclara nuestro nombre, para que no nos involucraran en algo tan inmoral y absurdo como esa guerra inventada por intereses bien concretos.
Aquí es donde me pregunto si los Tribunales Internacionales tienen alguna función o si son solo una costosa institución decorativa. Me pregunto si ese tristemente célebre trío de las Azores, esperpénticos jinetes del Apocalipsis, no rendirán cuentas a nadie por sus actos.
Una de las imágenes más estúpidas de la historia, la expresión más repulsiva del patriarcado.
Irak, que alguna vez fue un país, incluso uno bastante avanzado en muchos aspectos, es hoy la escenografía de una mala película bélica, dónde, para colmo de males, tanto los efectos especiales, como las bajas, son reales.
Las mujeres en el país de las mil y una noches.
Las mujeres en Irak, antes del 91 tenían una situación que podríamos calificar de privilegiada dentro del mundo árabe, e incluso habían alcanzado cotas de paridad que muchos países de occidente desconocían.
Conocí allí, en el 99, a muchas mujeres independientes, emprendedoras, que accedían a la universidad, que tenían presencia en las instituciones (había más parlamentarias en Irak que en el estado español), en los hospitales, las escuelas, y las pocas empresas que se mantenían en pie.
Vi mujeres jóvenes conduciendo coches, en las cafeterías, por la calle y con una vestimenta alejada de burkas y chadors.
Irak era el único país árabe donde existía la escuela mixta, el matrimonio civil como único reconocido por el estado, e igualdad salarial legislada.
La Federación General de Mujeres Iraquíes, que agrupaba en ese momento a alrededor de un millón y medio de mujeres (el 30% de la población femenina adulta) era una organización popular de adscripción voluntaria sin discriminación por razones de raza, política o religión.
Uno de los momentos más emotivos que recuerdo de ese viaje a Irak fue precisamente la recepción de la que fuimos objeto en la sede de la Federación de Mujeres de Bagdad.
Allí entre un aromático té acompañado de exquisitos dulces árabes, la responsable de esa organización, Haifa A. Yassin, nos contó entre la frustración y la esperanza, cuales eran los alcances de su trabajo y cual el papel a que habían sido relegadas las mujeres a consecuencia de bombardeos y embargos.
Nos contó que en 1981, la Federación recibió una distinción de UNESCO por sus logros en el terreno de la alfabetización; algo de suma relevancia si tenemos en cuenta que antes de 1968, el 80% de las mujeres eran analfabetas. En 1986, esa cifra se había reducido apenas al 6%, convirtiéndose el “objetivo cero” de nuestras hermanas iraquíes, en otra de las víctimas “colaterales” del horror.
La federación de Mujeres era consultada y podía intervenir activamente en los procesos que involucraran o afectaran a las mujeres y gracias a eso, entre otras cosas, nuestras hermanas iraquíes gozaban de cuatro semanas de vacaciones antes del parto y 76 días posteriores a él, además de tener derecho a una excedencia por seis meses en su trabajo con el 100% del salario y de un año con el 50%. Parece increíble, pero así era realmente. No quiero ni pensar como será ahora.
El trabajo de “hormiguitas” de las mujeres de la Federación no dejaba lugar a dudas. Nos parecía tan admirable que trabajaran tan duro para reconstruir día adía lo destrozado; que se fijaran metas y objetivos como si la situación no fuera tan desastrosa, que recordaran solidarizarse con las mujeres palestinas y con todas las desposeídas de la Tierra, que nos contaran que Irak era un país laico, aunque el Corán no hablara de la subordinación de la mujer, y que ellas desde luego creían en la igualdad de posibilidades ente hombres y mujeres.
Nos contaron que tantos años de embargo, de ”petróleo por alimentos” (que realmente era petróleo a cambio de nada), de bombardeos discrecionales, de inspecciones continuas, no habían hecho casi mella en sus ánimos pero si las colocaban en la posición de vigías, en la obligación de estar alerta las 24 horas para conseguir la supervivencia de sus grupos familiares, a costa de interminables jornadas de trabajo, malvender sus escasas posesiones y partirse en mil pedazos para lograrlo.
No existían estadísticas ni registros sobre malos tratos antes del 91. El Islam, a su vez, prohíbe taxativamente el mal trato hacia la mujer, pero sin duda este fue creciendo en todos estos años como consecuencia de las situaciones vividas, con las secuelas de la angustia y neurosis de una guerra de estas características.
En la visita al refugio de Amirya, la representación terrenal de todos los infiernos, se hizo patente ante nuestra vista. Allí, una madre de siete hijos, una mujer aún joven notablemente envejecida, que había perdido seis de ellos en el ataque, nos contó con una entereza producto de tanto dolor acumulado, lo que sucedió en febrero de 1991.
El refugio de Amirya era una especie de bunker antiatómico construido en la época de la guerra entre Irán e Irak, cuyos planos fueron entregados a los llamados ”aliados”, por la empresa finlandesa que realizó la obra.
Una noche de febrero, en el refugio situado en un barrio periférico de Bagdad, pernoctaban unas 26 familias de inmigrantes jordanos, sirios y egipcios, además de por supuesto iraquíes. Un total de 400, de los cuales 142 eran menores de 10 años y el resto, excepto las madres, menores de 16, requisito indispensable para permanecer en el refugio.
El refugio convertido en objetivo militar para los aliados (así como escuelas, hospitales, etc.), se transformó en un horno donde literalmente fueron “cocidas” a más de 4000 grados, todas esas personas; niños y niñas y adolescentes con sus madres.
Como en Hiroshima y Nagasaki, los efectos térmicos del impacto hicieron que las personas quedaran recortadas como figuras fantasmales contra los muros, de forma indeleble, al igual que quedó esa imagen en nuestras retinas para siempre.
La mujer que nos contaba todo esto sin que se le escapara una lágrima (porque obviamente ya no le quedaban), había “salvado” su vida al salir un momento con su hijo más pequeño en busca de leche para alimentarle.
En el Museo e la Guerra, conocimos la historia terrible de otra mujer, Layla al-altar, una artista, plástica internacionalmente reconocida y que era demás Directora General del Centro Nacional de Arte de Irak. Un misil “inteligente” (como si en todo este despropósito pudiera encontrarse algo o alguien “inteligente”), destruyó su casa y sepultó con ella a Layla, su hija de 14 años y su marido.
Su delito había sido expresar como cualquier artista que se precie su sentir respecto a la invasión de su país a través de su obra. Como por ejemplo un gran retrato de Bush padre a la entrada del Hotel Hilton de Bagdad, en el suelo, hecho con mosaicos y con una inscripción que rezaba: asesino.
En el Hospital materno infantil de Bagdad, conocimos a decenas de niños y niñas, muchos de ellos bebés, con los días contados por los efectos del famoso ”uranio empobrecido”, que ostentaba el terrible privilegio de haber producido múltiples tipos de cáncer.
Las madres, impotentes y rabiosas, asistían desesperadamente maniatadas a la agonía de sus hijos e hijas. Nos pedían con la angustia reflejada en sus rostros que hiciéramos algo, que detuviéramos esa maquinaria del horror, como si aquello estuviera nuestro alcance.
Los médicos y el personal sanitario, bien preparados profesionalmente se veían absolutamente limitados por la falta de medicamentos tan básicos como antibióticos o calmantes. Veían morir ya por costumbre a niños y niñas que serían fácilmente curados en nuestro occidental mundo de privilegios.
En las escuelas, las maestras, daban verdaderas lecciones de vida; ayudaban a niños a niñas a elaborar estrategias cotidianas para que estos se concentraran en aprender, en jugar, en simplemente ser niños y niñas, cuando podían ver caer bombas solo con asomarse a las ventanas. Cuando no podían ni siquiera utilizar lápices de colores o lápices negros, los de grafito “de toda la vida”, porque a algún cerebro de guisante mandamás, se le había ocurrido que con no sés cuantos miles de toneladas de eso elementos” peligrosos”, se podían fabricar pequeñas bombas.
En el otrora maravilloso Zoco de Bagdad, del que a juzgar por las noticias debe quedar bien poco, nos dejamos cautivar por los olores y los sabores de la sensualidad árabe. Allí se concentraban muchas de las cosas destinadas infortunadamente a desaparecer por culpa de la furia, el despotismo, la avaricia, la cobardía y el sinsentido de los grupos de poder que gobiernan este mundo.
Hoy me cuesta, perdón debo decir, me duele pensar en Irak, me cuesta entender que clase de monstruo habita en el interior de los canallas. Me avergüenza pertenecer al mismo grupo animal que todos ellos.
Me duele pensar en una gente extremadamente amable y agradecida hacia quienes simplemente compartimos por un corto período de tiempo su dolor. Me duele pensar en el Barrio Antiguo de Bagdad, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, territorio de las mil y una noches, literalmente arrasado. Me duele pensar en la enorme cantidad de vidas perdidas estúpidamente. Me duele recordar que ese, que alguna vez fue un país, para su desgracia rico en petróleo, es hoy el escenario como decía al comienzo de una cutre película bélica, donde las víctimas, las verdaderas víctimas se cuentan siempre del mismo lado.
Luz Darriba
Abril de 2007
FUENTE: Revista Foeminas