Película – El milagro de Ana Sullivan

http://edukacine.blogspot.com/

The miracle worker.
EE.UU., 1962, 103 min., B/N.
Dirigida por Arthur Penn.
Interpretada por Anne Bancroft, Patty Duke, Andrew Prine, Inga Swenson.
Guión de William Gibson (también de la versión teatral).
Música: Laurence Rosenthal.
Fotografía: Ernesto Caparros.

Calificación: todos los públicos

ARGUMENTO:

Una joven maestra especializada en la enseñanza de sordomudos se empeña en recuperar un caso desesperado: la pequeña Hellen Keller, ciega, sorda y muda. Para ello se tendrá que enfrentar a la inteligencia de la niña, a su naturaleza violenta y a unos padres sobreprotectores.

DATOS DE INTERÉS:

– Se basa en la historia real de Hellen Keller y Anne Sullivan. Hellen Keller se convirtió en una famosa escritora, aprendió a leer en más de 3 idiomas el sistema Braille y se graduó de una prestigiosa universidad; además Helen y Ana vivieron juntas por más de 47 años.

– La obra ya fue representada antes con éxito en Broadway (1959), con Penn en la dirección y Bancroft y Duke en los papeles principales. Y antes (1956) se emitió una versión para la televisión.

– Las dos actrices protagonistas se llevaron ambas el Oscar de la Academia (actriz principal y actriz secundaria).

SUGERENCIAS PARA EL DEBATE:

– La película contrapone dos modelos educativos respecto a alumnos que presentan algún tipo de dificultad de aprendizaje y además de esto conductas disruptivas graves.

– La primera medida educativa que adopta la maestra es alejar a la niña del entorno familiar.

– Observa la impotencia de Hellen ante su necesidad apasionada de comunicarse y no poder hacerlo. Cuando lo hace se abre un mundo para ella y responde con generosidad. Cuando no puede, reacciona con reclamos violentos hacia sus padres y educadores.

– ¿Qué estrategias utiliza Ana para educar a Helen?

– ¿De qué manera hace uso en ocasiones de su autoridad?

– ¿De qué manera creen ayudar los padres a su hija?

– Observa las conductas de la niña a lo largo de la película. ¿Qué crees que provoca el cambio de actitud en ella? ¿Cómo la motiva o provoca su curiosidad la maestra?

– ¿Cuál es la relación de los padres con la maestra?

– Analiza los clichés, estereotipos e inercias que impiden el aprendizaje y la socialización de la niña: ideas preconcebidas, proteccionismo, refuerzos negativos, pesimismo, etc.

– Observa al personaje del hermano mayor de Helen. Representa la normalidad frente a su hermana. ¿Cómo se comportan los padres con él?

WEBS DE APOYO:

– Cine y discapacidad: web completísima sobre este tema. Incluye otras temáticas esenciales y sugerencias para debatir y reflexionar.

– Películas y discapacidades: listado de películas que abordan diversas discapacidades.

– Guía de películas: fichas de películas con temática similar.

– Audiocomentario sobre Hellen Keller.

– Lengua de signos: web con diccionario, traductor y ejercicios.

– Documental El país de los sordos, de Nicolas Philibert.

OTRAS PELÍCULAS:

(que abordan el proceso de enseñanza-aprendizaje, o la relación profesor-alumno)

– El pequeño salvaje, F. Truffaut (1969)

– Educando a Rita, L. Gilbert (1983)

– Lecciones inolvidables, R. Menéndez (1988)

– El club de los poetas muertos, P. Weir (1989)

– El indomable Will Hunting, Gus Van Sant (1997)

– Educando a J., C. Lahti (2001)

– Descubriendo a Forrester, Gus Van Sant (2000)

MATERIAL AUDIOVISUAL: ….


Desde EducaRueca os recomendamos ir a la página de EDUCACINE donde podréis encontrar esta información y mucha otra de gran valor.

Dinámica – ALMAS GEMELAS

Objetivo:

– Comprobar que los jóvenes no tienen gustos y preferencias muy distantes.

– Acercar posiciones desde el conocimiento de lo que nos une.

Participantes

– Todo el grupo-clase dividido en grupos de 5 componentes

Materiales

– Bolígrafos o lapiceros.

– Hoja fotocopiada con una serie de preguntas y respuestas iguales o similares a las siguientes:

Me gustaría ser: bebé, niño, chico, joven, adulto, viejo.

Mi fiesta preferida es: un bautizo, una boda, un cumpleaños, un santo, un guateque.

Prefiero: discoteca, campo, cine, playa, bosque, mar.

Me convierto en: león, pájaro, jirafa, elefante, canario, lechuza.

Elijo: tulipán, rosa, cactus, geranio, césped.

Cambiaría: mi voz, mi cara, mis piernas, mi pelo, mis manos.

Se me da muy bien: estudiar, holgazanear, cantar, despistar, divertirme.

Se me da muy mal: dibujar, ligar, pelear, suplicar, enfadarme.

Desarrollo

– Les pedimos que en unos minutos, cada uno subraye una sola respuesta de cada una de las frases.

– Cuando hayan terminado les pedimos que se junten en grupos de 5 los que se consideren más afines. Que comenten y vean en qué respuestas coinciden y lo expresen gráficamente (dibujos, cómics, etc.) en un mural dividido en dos partes por la diagonal, en una pondrán todas las coincidencias del pequeño grupo y en la otra todas las semejanzas.

– Al final en gran grupo se hace una valoración sobre lo que tenemos en común y que las diferencias suelen ser accidentales o muy personales.

Observaciones

Una sugerencia posible es que los grupos los hagamos previamente a fin de que dos alumnos muy antagónicos queden en el mismo grupo y puedan comprobar que es menos lo que les separa de lo que ellos mismos creen.

FUENTE ORIGINAL: http://w3.cnice.mec.es/recursos2

VISTA EN: http://cuadernointercultural.wordpress.com/recursos/

Dinámica – Me venden

Con esta dinámica lo que se pretende es hacer un «anuncio por palabras» para intentar «vender» a otra persona.

No se trata de redactar una gran parrafada, simplemente y de la manera más breve posible, tenemos que describir las cualidades de una persona del grupo a la que conocemos bien.

Una vez que tenemos el anuncio escrito se puede presentar a la clase de diversas formas:

Los lee todos una misma persona,

Los dejamos sobre la mesa y toda la clase, en fila de uno (cual serpiente multicolor) y sin montar mucho lío, van leyéndolos uno por uno,

Nos colocamos en dos círculos concéntricos y mostramos, según vamos girando, nuestro anuncio a cada una de las personas que encontramos frente a nosotrXs.

Una vez leídos todos nos sentamos para opinar sobre la dinámica. No puede faltar la pregunta que tanto recomendamos desde EducaRueca:

¿Cómo me he sentido? ¿Me agrada o me incomoda que se hable bien de mí? ¿Lo hacemos con suficiente frecuencia? ¿Estoy dispuestX a practicar este lado positivo de mi personalidad con más frecuencia? ¿Cuándo puedo poner en práctica esta actitud hacia las personas que me rodean?

Con esta dinámica estaremos trabajando un poco el conocimiento, un poco la autoestima y un poco la comunicación; pilares básicos en la cohesión grupal.

Tu hijo es una buena persona

Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable… En cambio, si una madre exclama “mi hijo es muy bueno”, casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que “no hace más que comer y dormir” (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: “¡Qué monos son… cuando duermen!”

Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de “problemas de la infancia”: problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos… Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema. Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos “problemas”, precisamente, a sus virtudes.

Tu hijo es generoso

Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!

Tal vez la mamá de Marta piense que su hija “no sabe compartir”. Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.

Tu hijo es desinteresado

Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada… pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?

La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego “si te he visto no me acuerdo”? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?

El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.

Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice “hambre”, “agua”, “susto”, “pupa”; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice “mamá”. Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo… Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: “papá, mamá, venid, os necesito”, no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?

Tu hijo es valiente

Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. “¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!” Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.

Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. “Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar” es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.

Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras… son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.

Tu hijo sabe perdonar

Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos…

Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. “¿Será posible?” “Mírala, no le pasa nada, era todo cuento”.

No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? (”Mamá se ha estado portando mal…”). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.

Tu hijo sabe ceder

Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.

Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un “Tontanchante”, “la tontería que se engancha y es un poco repugnante”, y que todos los de su clase tienen ya. “Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?” “¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero…!” Ya tenemos crisis.

Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.

Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos “salimos con la nuestra” cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.

Tu hijo es sincero

¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público “¿Por qué esa señora es calva?” o ¿Por qué ese señor es negro?” Que contestase “Sí” cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar “Sí” a nuestra retórica pregunta “¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?”

Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese “feo vicio”. Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.

Tu hijo es un buen hermano

Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: “Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para ti sólito. Pero te seguiré queriendo igual”. ¿No le parece que estaría “un poquito” celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.

Tu hijo no tiene prejuicios

Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir “vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles”? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.

Tu hijo es comprensivo

Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.

Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años (”De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis…”) La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.

La semilla del bien

Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.

Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la “falta de disciplina”, que se hubieran evitado con “una bofetada a tiempo”. Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo “adecuado” para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.

Dr. Carlos González, pediatra

Extractado de “Bésame Mucho”

FUENTE: AMPA La Latina

¿ALUMNOS? ¡PERSONAS!

Al acabar la primera evaluación, estuve un buen rato hablando con Sonia, una chica de mi tutoría, aunque no es, ni ha sido, alumna mía en ninguna asignatura. Quizá por eso es más fácil plantear según qué cosas y hablar de forma más directa y sin condicionantes.

La razón de la entrevista era de peso: los ocho suspensos que había tenido en su estreno en segundo de bachillerato. Desánimo, frustración, ganas de abandonar, pérdida de toda ilusión… Y no eran suspensos injustos: eran fruto de la desgana, de la falta de alicientes, de la incapacidad ante el esfuerzo que se le pedía.

Tras un buen rato de charla -y de hacer de psicólogo gratuito- salió de la conversación algo más animada. Al cabo de unos días, cuando la tormenta ya había amainado, volvimos a hablar para establecer un plan de actuación: cómo enfrentarse al esfuerzo que supone el estudio de manera gradual, progresiva, pero constante. Durante los meses pasados, cada vez que nos cruzábamos por un pasillo intercambiábamos gestos -por mi parte, interrogativos; por la suya, respuestas mímicas de poco convencimiento, o bien de satisfacción por pequeños logros alcanzados-. Volvimos a hablar brevemente alguna vez para que el listón del trabajo no bajara.

Ayer viernes, vino a verme a la hora del descanso: quería darme las gracias porque había bajado a tres suspensos en la segunda evaluación. Cuando le respondí que el mérito era suyo, tan sólo me comentó: de acuerdo, pero sin las palabras de ánimo que me dijiste hace unos meses, yo no habría seguido adelante.

A veces cuesta muy poco elevar el punto de mira de los alumnos, cuando sus ánimos están por los suelos: hacerles volar algo más alto en vez de arrastrarse por el suelo. Y creo que debemos intentarlo. Yo no sabría dedicarme exclusivamente a enseñar Latín y Griego, olvidándome de que delante tengo personas; con sus complejidades y sus defectos, pero que a veces están gritando en silencio que alguien les eche una mano.

FUENTE: DOCEO ET DISCO-ΔΙΔΑΣΚΩ ΚΑΙ ΜΑΝΘΑΝΩ

Nos ha gustado este artículo especialmente ahora que encontramos a algunXs profes un tanto desencantadXs por la desaparición del 0. Anima saber que hay gente que jamás le ha reconocido bondad alguna. Nota de: Educarueca

La maldición de ‘Dumbo’

Recuerda a la famosa película de dibujos animados, pero es real. ‘Petita’, una elefanta asiática del parque Terra Natura, en Benidorm, sufre a diario el rechazo de sus semejantes, especialmente el de los machos y a veces el de las hembras, «por no responder a los cánones de belleza» de estos animales. Con sólo 2.900 kilos de peso -la media entre sus compañeras es de 4.000 kilos-, los huesos de la mandíbula y la órbita craneal muy marcados y sus patas excesivamente largas, ‘Petita’, de 34 años, pasa mucho tiempo sola e, incluso, debe correr para evitar las agresiones de algunos machos.

Éstos la repudian y optan por hembras más sanas para relacionarse y procrear, como ‘Tania’, ‘Yasmin’ y ‘Motki’, las más ‘guapas’ por su constitución fuerte, atlética y con carácter, según el biólogo conservador de Terra Natura, Daniel Sánchez. Éste prefiere no llamar fea a ‘Petita’, aunque reconoce que es marginada por sus congéneres, que la consideran «un ejemplar débil», si bien al ojo humano nada la distingue de las otras doce hembras que integran la manada de Terra Natura, la más grande de esta especie en Europa.

A ‘Baba’, un elefante de 5.800 kilos, no le gusta su presencia, la repele y cuando él sale a la pradera -narró Sánchez-, «ella corre hacia las partes más elevadas del recinto, pues sabe que al macho le cuesta llegar por su gran corpulencia». Pero ‘Petita’ no está sola. Su única amiga se llama ‘Kaisoso’, una elefanta procedente de Birmania que, por esas cuestiones del destino y 25 años después, coincidió en Terra Natura con dos amigas de su infancia, ‘La Grande’ y ‘Momo’. Cuando estas tres hembras se vieron de nuevo mostraron «signos evidentes de un efusivo y cálido reencuentro», relata el biólogo. «Está comprobado que los elefantes mantienen comportamientos sociales complejos y que poseen una gran memoria».

Idéntica situación se produjo con ‘Baby’ y ‘Cita’. Compartieron su infancia y juventud en un circo europeo y después de 15 años volvieron a verse. Fue un momento «de especial emoción», recuerda Sánchez. «El reconocimiento fue inmediato, tanto olfativo y visual como sonoro, y desde entonces son inseparables, incluso de noche».

Estas «amistades» son miradas con envidia por ‘Petita’, quien observa cómo ‘Momo’ y ‘La Grande’ rinden pleitesía al macho ‘Baba’, a quien acarician, huelen y barritan. Y aunque ‘Kaisoso’, la amiga de ‘Petita’, también bebe los vientos por ‘Baba’, siempre tiene tiempo para acudir junto a la pobre elefanta solitaria para demostrarle su cariño.

ALBERTO SANTACRUZ/BENIDORM

Fuente:http://www.elcorreodigital.com

Visto en: Bloge@ndo – Donde además encontraréis una interesante propuesta didáctia para trabajar este artículo

LA GESTIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL AULA

Ponencia presentada en las Jornadas de Educación Integral, organizadas por
AEDEA, y celebradas en Septiembre de 2006 en Vitoria

La palabra vocación viene del latín “vocatio-onis” que quiere
decir “llamada”, “petición”. Me parece especialmente sugerente
esta etimología para este contexto en el que nos encontramos de la
educación. Como muchos de vosotros yo llegué a la enseñanza
porque sentí, efectivamente, una llamada. Pero también es
evocadora dicha etimología para entender en qué consiste
fundamentalmente la tarea de educar: en escuchar las peticiones
que nos hacen los alumnos a través de la manifestación de sus
necesidades.

Los autores del libro “Carta a los maestros que empiezan”,
recogen aquel fragmento de Frankenstein en que éste reclama a su
creador una mujer, una compañía. Le está exponiendo, pues, una
necesidad pero el Dr. Frankenstein se asusta y el miedo le hace
abdicar de su función educadora al no atreverse ni siquiera a mirar
aquella conmovedora petición de compañía. Lo que viene a
continuación todos lo conocemos: la criatura se pierde.
Es cierto que a veces es difícil atender esas peticiones cuando la
expresión de las mismas alcanza tal virulencia que devienen en
verdaderos conflictos y de estos voy a hablar un poco ahora.

Tenemos una visión negativa de los conflictos por muchos
motivos: porque cuando hablamos de ellos la imagen que aparece
es la de alguien vocinglero, exaltado, raptado y cautivo por el
problema; porque en la enseñanza nos vinieron conflictos nuevos
cuando ya habíamos aprendido a amansar los antiguos; porque
había una cierta sensación de estafa en todos aquéllos que, como
yo misma, habíamos elegido una carrera para trabajar y enseñar a
personas de una franja de edad y hemos acabado haciéndolo con
edades y en circunstancias que no eran las que deseábamos
porque además de que nos gustaba esa edad nos gustaba la idea de
preparar para la Universidad a chicos que habían elegido de
antemano que ése era su objetivo; y, finalmente, hay que
reconocer que se nos ponen los pelos de punta cuando hablamos
del tema porque como dicen Nardone y Fiorenza (2004) “el
cambio, cualquier cambio que se introduzca dentro de un sistema,
se encuentra, siempre y de todas formas con la resistencia al
cambio propia del sistema” e intuimos que éste tema de los
conflictos, más que otros, pone a prueba precisamente esta
resistencia nuestra al cambio.
Este punto de vista negativo sobre los conflictos puede ser
sustituido por otro positivo si:

1º) Los consideramos como una consecuencia inevitable de la
diversidad (no tanto escolar como humana). La realidad es plural
y, si bien, esa pluralidad es fuente de enriquecimiento, lo cierto es
que también es causa de contraste, divergencias y
enfrentamientos. Se diría que es consustancial a la naturaleza
humana y que no abominar de los conflictos, aceptarlos y
gestionarlos de forma beneficiosa para todos sea lo único que
podemos hacer desde un punto de vista casi de sentido común
pues como dice J.M. Carbó (2004) “quejarnos de los conflictos o
aborrecerlos no es una buena posición. ¿Qué pensaríamos de un
médico de guardia que se quejara de los enfermos que visitan la
sala de urgencias? Su obligación es atender a quienes sufren, por
muy lamentables que sean las circunstancias.”.

2º) En segundo lugar nos ayudará también el verlos como una
oportunidad de aprendizaje complejo pues la buena resolución de
los mismos requiere poner en marcha recursos que tienen que ver
tanto con la comprensión racional, como con el manejo de las
emociones que su aparición suscita, como con el control de los
procesos senso-motores que aparecen durante el mismo.
En etología se sabe que aquellos animales que tienen experiencia
en el combate, como por ejemplo los lobos, desarrollan rituales
pacíficos de resolución del mismo, al contrario de otros animales,
como los pájaros, cuya inexperiencia les conduce a no entender
otra salida para el enfrentamiento que no sea la de la huida o la
muerte del otro contrincante.
La escuela es un excelente “continente” para este aprendizaje tan
delicado que consiste en aprender a ver la alteridad del otro y en
aceptar dicha alteridad como una compañía y no como una
amenaza..
Una manera de intervenir, aunque indirectamente, en los
conflictos sería favoreciendo, precisamente, el desarrollo socio-
emocional del niño y esto se consigue creando espacios (la hora
de tutoría es uno y privilegiado) para el autoconocimiento y la
interacción con los demás.
J. M. Carbó (2004) realiza un interesante análisis de cómo ha
cambiado la población escolar en estos últimos años como
consecuencia de los cambios sociales que se han vivido (aumento
de la emigración, desintegración de la familia tradicional…). Estos
cambios han generado la aparición de un tipo de alumnado que
presentan en un primer plano lo que Maslow (citado por Carbó)
llamaba las motivaciones de déficit sin cubrir. Éstas son aquellas
necesidades que nos permiten sobrevivir y que son de dos tipos:
físicas (comida, descanso…) y emocionales (pertenencia a un
grupo y afecto). Sólo cuando éstas están cubiertas, la persona
puede entregarse a las necesidades de crecimiento y desarrollo.
Plantea Carbó que “los grupos humanos encargados de satisfacer
las necesidades de déficit han sido hasta ahora la familia y los
amigos, mientras que los encargados de cubrir las necesidades de
crecimiento eran la familia y la escuela”. El problema estribaría
en que ahora la situación ha cambiado y los alumnos llegan a la
escuela con esas necesidades básicas al descubierto y estamos
intentando satisfacer necesidades, las de crecimiento y desarrollo,
que ellos no tienen y al mismo estamos desatiendo las que ellos sí
presentan y, a su modo, manifiestan y es por este motivo por el
que plantea Carbó que “los alumnos conflictivos son a menudo
los que conservan suficiente salud mental como para oponerse a
un sistema que los margina”.
La autoridad sobre otro depende de la capacidad que tengas para
satisfacer sus necesidades y quizás deberíamos empezar a pensar
que hemos perdido autoridad sobre nuestros alumnos, entre otros
motivos, porque no estamos realmente satisfaciendo sus
necesidades sino que les ofrecemos recursos para solventar otras
que ellos no tienen.

El ya mencionado J. M Carbó piensa que parte de los disturbios
existentes en los colegios pueden ser explicados de este modo:
“No disponiendo de recursos para satisfacer estas necesidades en
el marco escolar (no tienen buena base ni conocimientos
intelectuales, ni hábitos de estudio, ni resistencia a la frustración,
etc.) deben destacar en otros ámbitos en los que sí son eficaces: la
indisciplina, el descaro, el atrevimiento, el boicot, la complicidad
en el delito, la amenaza… Es decir, que sólo sienten motivación
por los aspectos escolares que satisfacen sus necesidades de
déficit, y estos aspectos no se encuentran en el currículum ni en la
programación”.

Introducir estos aspectos no es tan difícil como pareciera al
principio. Yo lo hago mediante pequeñas experiencias. Algunas
veces, por ejemplo, les propongo que, voluntariamente, salga uno
y los otros, después de estar mirándolo durante unos minutos en
silencio, empiecen a levantar la mano para, voluntariamente
también, decir tres cosas que les gustan de la persona que ha
salido. Os leo uno de los testimonios que recogí. Se trata de un
chico muy tímido, de 2º de ESO, al que le cuesta relacionarse con
el resto de la clase:

“Espero que no te importe lo de las faltas de ortografía pero esto
me sale de un tirón y me saldrá más de una. Perdóname, porfa.
Me he sentido muy bien porque la gente te dice lo que piensa, así
te vas más contento a casa, con más alegría gracias a tus
compañeros, que esas cosas no te las dicen nunca pero cuando te
las dicen, puedes hacerte más amigo del compañero gracias al
ejercicio. Por eso pienso que podríamos hacer más ejercicios de
este tipo, había personas que lloraban al decirle unas cosas tan
bonitas y es que eso va tan bien…”

Como muestra de lo que podía ser este trabajo en el aula hemos
adjuntado unos materiales para que sirvan a modo de ejemplo y
que están extraídos de diversas fuentes.

La inclusión de estos “nuevos contenidos” requiere, en mi
opinión, algo a lo que los docentes, en general nos negamos o
sólo aceptamos resignadamente: descargar (¡aún más!, solemos
exclamar) los programas de contenidos académicos. Esto me
parece necesario, sobre todo, en 1º y 2º de ESO porque creo que
sólo así podríamos luego ofrecer un 3º y 4º de calidad. Sólo desde
la experiencia y elaboración de los vínculos personales (con los
profesores, compañeros…) tendríamos la receptividad de nuestros
alumnos abierta a todos aquellos otros contenidos que ya no son
de sobre vivencia sino de desarrollo y optimización de los
recursos.

¿Qué cosas podríamos hacer y que ahora no hacemos? Os seguiré
explicando algunas de las cosas que yo hago. En un pasaje de sus
memorias Jodorowsky explica que estando un día con un amigo,
se dieron cuenta de hasta qué punto el lenguaje dificulta a veces
la comunicación y se propusieron enmendar todos los entuertos
que su uso incorrecto comporta: “… el lenguaje que nos habían
enseñado transportaba ideas confusas… decidimos dar su propio
sentido a los conceptos, haciendo algunos cambio… en lugar de
“nunca”, [decir] “muy poca veces”. En lugar de “siempre”… “a
menudo”. [En lugar de] Infinito, [decir] extensión desconocida.
[Sustituir] Eternidad [por] “fin impensable”. “Fracasar” [por]
“volveré a intentarlo”. “Me desilusioné”: “lo imaginé
erróneamente”. “Yo sé”: “yo creo”. “Bello, feo”: “me gusta, no
me gusta”. “Así eres”: “así te percibo”. “Lo mío”: “lo que ahora
poseo”. “Morir”: “cambiar de forma”…

Son siete u ocho líneas y no pone más de una docena de ejemplos,
pero para mí fueron suficientes para proponer a mis alumnos
pequeñas modificaciones en aquello que decían. Algunos se
quedaban indiferentes, interpretando mi interrupción como una
“rareza” más de una profesora, pero otros parecían, por la
expresión de su rostro, sentir un gran alivio. Una sustitución que
suele tener efectos impactantes es cuando propongo sustituir el
“no puedo” por el “no quiero”. Cuando un alumno pronuncia un
“no puedo” siento que ha hecho una opción entre dos
posibilidades: el debilitamiento o la responsabilidad. Con el “no
puedo” ha elegido debilitarse pues la responsabilidad que
comporta decir “no quiero” le parece excesiva. Es sólo una
fantasía ya que cuando tienen la oportunidad de cambiar el “no
puedo” por “no quiero” se les ve que adquieren una mayor
conciencia de su poder y también les deja de asustar de un modo
tan irracional el ejercicio de la propia responsabilidad.
He experimentado esto con alumnos propios y también con
alumnos de otros centros. Recuerdo que fue especialmente
conmovedor tratar este tema con unos alumnos de un Instituto de
Enseñanza Media al que me invitaron durante el curso 2002-2003.
El taller era vivencial e iba precedido de una breve intervención
mía sobre el planteamiento de las psicologías humanista en
general y la gestalt en particular. Era un día de invierno y
lloviznaba desde hacía muchas horas. Llegué al instituto y entré al
gimnasio -pues yo había pedido un lugar cómodo donde
pudiéramos movernos en libertad. Allí me esperaban unos quince
adolescentes con caras expectantes y algo asustados. El trabajo se
iba desenvolviendo en varias fases. En una de ellas, y después de
haber leído en común un cuento titulado El elefante encadenado,
tenían que sentarse a solas e inducidos por mí pensar en tres o
cuatro cosas que ellos sintieran “que no podían con ellas”. Podían
ser dificultades de aquel momento u otras pero que se repitieran
con cierta insistencia en sus vidas (“no puedo aprobar el curso”,
“no puedo aguantar el carácter de Fulanito”…) Les pedí que
fueran levantándose y que caminasen tomando conciencia del
espacio, de su forma de caminar, etc. Luego les dije que llevasen
su atención hacia los otros compañeros, que se en encontrasen con
ellos visualmente y, finalmente, les dije que se pusieran delante
de un compañero y, mirándole a los ojos, le dijese uno de los “no
puedo” que hubiese elegido. El otro tenía sencillamente que
asentir o decirle: “No, no puedes”. Hicimos cuatro encuentros con
esta estructura. Una vez finalizado el cuarto encuentro, les pedí
que se volviesen a poner delante de otro compañero y cuando lo
hicieron les dije: “Ahora mira a tu compañero/a y dile
exactamente lo mismo que antes pero en lugar de decir “no
puedo…”, empieza la frase diciendo: “No quiero…. y añades lo
mismo que hayas dicho antes”. Así lo hicieron. Yo notaba que
algunos habían entrado en un lugar profundo y poco frecuentado
de sí mismos. Me llamó especialmente la atención uno de los
chicos al que se le veía especialmente afectado. Estaba diciendo
“No quiero ser gay”. Antes había dicho: “No puedo ser gay”.

Ahora al repetir “no quiero ser gay”, “no quiero ser gay”… se
estaba dando cuenta de que dependía de él, de que estaba en sus
manos seguir sin aceptarse a sí mismo sometiéndose al calvario
que estaba viviendo o bien convertirse en el auriga de carruaje.
Empezó a sollozar y finalmente empezó a gritar a todos : “yo soy
gay”, “yo soy gay”… Había decidido y parecía que eso le hacía
feliz y le quitaba un gran peso de encima. Todos empezamos a
reirnos y a llorar, celebrando aquella declaración tan gozosa.
Ha sido a partir de escenas vividas como ésta y de otras, por
supuesto, vividas a nivel personal en las que yo he sido la
protagonista, que me he dado cuenta de lo importante que es
hacer, como decía al principio, pequeñas intervenciones
destinadas a que nuestros alumnos tomen conciencia de que el uso
que hacen del lenguaje puede condicionar toda una vida (la
propia y la de las personas que nos rodean).

A través de la PNL comprendí que eliminar el uso de
cuantificadores universales como siempre, nunca, jamás, todo,
nada, nadie… haciendo propuestas de concreción es parte de
nuestra tarea. Si oímos a algún alumno decir “Nadie me hace
caso” sabremos que de este modo está invitando,
inconscientemente, a los que tiene a su alrededor a que se
conviertan en ese misterioso nadie que no le hace caso nunca.
Desactivar esa auto profecía supone que le incitemos a precisar
preguntando, ¿quién no te hace caso? o ¿quién te gustaría que te
hiciera caso en este momento? También es recomendable
desterrar la presentación de creencias como juicios irrevocables y
esto es tan bien aplicable a nuestro propio lenguaje. Decimos: “Es
malo dar demasiada confianza a los alumnos” Y lo decimos así,
como si fuera una verdad sagrada e inamovible cuando es sólo
una creencia fácilmente revocable desde la experiencia: yo, sin ir
más lejos, puedo oponer mi propia experiencia que contradice
dicha formulación. Desterremos también las imprecisiones del
tipo. “Prometo mejorar mi comportamiento”, dicho así esto es
sólo un conjunto de palabras, pidamos de nuevo que concrete:
¿qué significa para ti mejorar el comportamiento?, ¿cómo
veremos los demás que efectivamente has mejorado tu
comportamiento?. Asimismo es peligroso el uso de operadores
modales de imposibilidad y obligación. Si oímos decir “Es
imposible ir por la vida diciendo la verdad” quizás convendría
preguntar ¿qué verdad te gustaría decir ahora mismo…?
Del mismo modo es importante estar atento al estilo explicativo
de nuestros alumnos si lo que deseamos de verdad es enseñar a
vivir. Seligman en su ensayo Aprenda optimismo (1990) nos
habla de cómo llegó a la conclusión de que el comportamiento
humano se encuentra controlado no solamente por los refuerzos
que va recibiendo del medio a medida que interactúa con él, sino
también por un estado mental propio del individuo y que está
constituido por las explicaciones que cada uno nos damos a
nosotros mismos de lo que nos ocurre. Seligman concluyó que
estamos determinados por las explicaciones que nos damos de lo
que nos sucede y estas explicaciones, a su vez, están
determinadas por la opinión que tenemos con respecto al lugar
que ocupamos en el mundo, si pensamos que somos valiosos o,
por el contrario, desistimos hace ya tiempo de alcanzar ninguna
valía.

Él concluyó que hay tres dimensiones decisivas en la pauta
explicativa: la permanencia, la penetración y la personalización.

• La permanencia aquejaría a todos aquellos que interpretan
los contratiempos como algo que permanecerá en el tiempo
mientras que aquellos que se sobreponen a los fracasos son
aquellos que interpretan que la causa de estos fracasos es
temporal: no es lo mismo decir “siempre me fallas” que
decir “en esta ocasión sentí que me fallabas”, no es lo
mismo decir “siempre me pongo fatal en los exámenes” que
decir “el día en que hice este examen estaba cansado”.

• La penetración tiene que ver con el alcance que uno le da a
aquello que ocurre. Uno le puede dar un alcance universal o
particular. No es lo mismo decir “todos los profesores están
contra mí” que decir “parece que fulanito me tiene algo de
manía”. No es lo mismo decir frente a un examen
suspendido: “¡Qué tonto que soy!” Que decir “No estudié
suficientemente para este examen”.

• La personalización tiene que ver con el que delante de
cualquier situación negativa yo puedo buscar la
responsabilidad dentro (causa interna),“no tengo talento
para la lengua”, o fuera (causa externa) y diré entonces, por
ejemplo, “el examen era difícil”.

He tenido que comprimir por exigencia del tiempo aquello que
me gustaría transmitiros y creo que no sería completo si no dijera
que comparto plenamente lo que Claudio Naranjo nos enseña de
la necesidad de liberar la instintividad, entendido esto como una
despenalización del placer y un valoración de la espontaneidad
por encima de la necesidad de control que tanto y tan bien nos han
enseñado. Dicen los autores de Carta a los maestros que
empiezan que las personas somos homo sapiens y homo demens y
la educación de ningún modo puede consistir en domesticar la
locura sino en enseñar a vivir inmersos en la tensión del diálogo
entre sapiens y demens. Crear espacios y tiempos para ese homo
demens es también una tarea pendiente.

Todo lo que aquí estamos diciendo no tiene sentido si no se
aborda desde la perspectiva que propone Claudio Naranjo: desde
una enseñanza que se transmita por ósmosis, por contagio y que
sea sobre todo el contagio de una actitud. Decía Ángel Gabilondo
en un artículo recientemente publicado en El País que “no es
cierto que sólo se contagien las enfermedades, también se
contagia la salud. Quien ha tenido la suerte de conocer a alguien
así no lo olvida nunca”. Yo tuve esa suerte al conocer a Claudio
Naranjo y aquí estamos ahora todos los asistentes a estas jornadas
para extender la salud y que nuestros alumnos puedan decir
alguna vez que tuvieron la suerte de conocernos porque como ya
dijo Platón “la voz del maestro es mucho más decisiva que
cualquier libro”. Efectivamente parece que el conocimiento de la
humanidad, de aquello que es ser humano, sólo se puede
transmitir por contagio. Dicen Steiner que existe una especie de
“erotismo de las almas” y que toda tarea pedagógica para que sea
tal ha de estar impregnada de dicho erotismo, en el sentido de que
educar sea mostrar nuestra alma al alumno y que éste sienta la
atracción y el deseo de emularnos.

Se trata, en definitiva, de advertir la importancia de nuestra
profesión y empezar por nosotros pues somos nuestra mejor
herramienta de trabajo, pero también podemos ser la peor. En
Lecciones de los maestros el mismo Steiner lo expresa de este
modo: “Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene
de más vital el ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo
más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto (…) Una
enseñanza deficiente, una rutina pedagógica, un estilo de
instrucción que, conscientemente o no, sea cínica en sus metas
meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de raíz la
esperanza. La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y,
metafóricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la
gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad
del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el
aburrimiento, el gas metano del hastío”.

Por todo esto planteo allá donde voy la necesidad de incorporar a
los planes de formación del profesorado programas de
autoconocimiento para los docentes, de los cuales para mí el
programa que aquí presentamos es un buen ejemploTodas las
tareas que se realizan en una sociedad, como las que se realizan
en cualquier sistema, desde las más humildes a las más grandes,
desde las más oscuras a las más visibles, todas, digo, sin
excepción son necesarias y contribuyen al mantenimiento del
sistema. La tarea de educar aunque dure toda la vida se produce
más explícitamente en un periodo de la vida y la diferencia con
otras tareas es que en aquel espacio, en el del aula, está
escondido, como si de una pepita de oro se tratara, el futuro. No
puedo imaginar un futuro mejor que el de una sociedad de
individuos felices y por eso éste debería ser privilegiadamente
(también ha sido una enseñanza que me ha llegado a través de
Claudio Naranjo) el objetivo primero de nuestra tarea y yo creo
que la felicidad la obtiene uno cuando habita la casa del ser, del
atreverse a ser uno mismo y cuando esto nos facilita el contacto
amoroso con otros seres.

Nada de lo que aquí digo puede ser entendido como una
obligación a añadir al ya cargado equipaje del maestro, sino como
una posibilidad que las administraciones deberían favorecer para
que, aquellos que lo deseemos, podamos recuperar un poco la
ahora tan maltrecha dimensión utópica de mejora y evolución del
hombre con la que abordamos nuestra decisión primera de dedicar
nuestra vida a educarnos mientras educábamos a otros.

Juana Gallardo Díaz

jgallar4(arroba)xtec.cat

Película -LECCIONES INOLVIDABLES

Sinopsis – Drama: Jaime Escalante es el nuevo profesor de matemáticas en un instituto para jóvenes de origen hispano en un barrio de Los Angeles. Son alumnos dificiles que no esperan llegar a la universidad y aspiran tan sólo a algún trabajo que apenas les permita sobrevivir. Jaime tendrá que hacerles cambiar de opinión y exigirles fuertes sacrificios. Lo conseguirá a costa de graves riesgos para su salud por el exceso de trabajo al que se somete. (FILMAFFINITY)

Más información y muchas otras recomendaciones sobre buen cine:
http://www.pdipas.us.es/extracurriculares

Educar versus enseñar

Desde hace dieciocho años soy profesora de filosofía y de lengua castellana
en un instituto de enseñanza secundaria y quisiera recordar con todos
vosotros cómo hemos llegado a donde estamos en la enseñanza pública y,
al mismo tiempo, quisiera narrar parte de mi propia historia con la
enseñanza y con el SAT (programa de desarrollo personal creado por el
Dr. Claudio Naranjo y en cuyas siglas hay una triple alusión: a la palabra
sánscrita que designa Ser y Verdad, a las iniciales de Seekers After Truth,
Buscadores de la Verdad, y, a través del simbolismo fonético, a una visión
tripartita -emoción, cuerpo e intelecto- de la realidad humana).
A la muerte de Franco, no os asustéis si voy tan lejos pues el repaso es
somero, cuando empezamos a poder pensar en voz alta, la enseñanza
también fue, por supuesto, motivo de debate. En un principio, tal y como ha
señalado Antonio García Santesmases, el debate se situó entre aquellos
(democristianos principalmente) a los que les interesaba garantizar la
libertad de los padres a la hora de elegir el centro en el que educar a sus
hijos y aquellos otros (la izquierda en general) que planteaban la libertad de
cátedra de los profesores. El debate pues estaba, según plantea el propio
García Santesmases, entre el pluralismo dentro de los centros escolares
frente al pluralismo de centros educativos. En los años 80-85 la reflexión
seguía girando en torno al mismo eje, pero algo empezó a cambiar en la
segunda mitad de la década de los 80. En 1987 se produjo la huelga de
estudiantes, en 1988 la de profesores y, finalmente, la huelga general del
14 de diciembre de ese mismo año. Esta secuencia cambió el curso de las
cosas y desplazó los términos del debate.

La nuestra fue una huelga dura, difícil, con momentos de crispación y de
exaltaciones, que ahora con el paso del tiempo se pueden interpretar como
el canto del cisne del colectivo de profesores en tanto que colectivo, aunque
hay indicios como para pensar que no somos un cisne sino una suerte de
ave fénix que intenta resurgir de sus propias cenizas, la prueba es que
estamos aquí, la prueba es que somos muchos lo que queremos seguir
intentando cambiar y mejorar realmente nuestra práctica profesional.
Celebramos el final de la huelga en la antigua sala de fiestas Cibeles.
Todavía recuerdo nuestro regocijo en aquella noche de celebración y
también recuerdo la falta palpable de motivo para dicha celebración. En
medio de la oscuridad de la sala de baile, de la música y del humo,
dábamos saltos y recuerdo que en uno de aquellos saltos, me encontré en el
aire con un compañero y le dije: “¿Tú sabes que estamos celebrando?” “Yo
no, me contestó, pero hemos aguantado, hemos aguantado”. Y desde
entonces… desde entonces yo tengo la impresión de que es a lo que hemos
dedicado más energía: a aguantar.

A partir de ese momento, el problema ya dejó de ser el anteriormente
señalado para pasar a ser la enseñanza pública directamente el tema de
reflexión. Las diversas leyes se iban y se siguen sucediendo. Se promovió
la LODE con la idea de impulsar un funcionamiento democrático en los
centros, iniciativa que languideció, por no decir directamente que murió,
ante la falta de resultados que se hizo visible inmediatamente después de
su aplicación. Luego vino la LOGSE con la intención inicial de favorecer
en principio la resolución de tres conflictos:

a) Que los alumnos no se vieran forzados a elegir entre la opción de
continuar estudiando o dirigirse tempranamente hacia el mundo
laboral, lo que implicaba un tronco común para todo el alumnado.

b) No enfrentar tampoco a los alumnos al dilema puro y duro de
estudiar o no estudiar, de ahí la escolarización hasta los dieciséis
años.

c) Evitar la sospecha de una escuela cobarde que no se atreve a mirar de
frente las desigualdades y, por tanto, dar cabida a la diversidad en las
aulas.

La verdad es que la supuesta resolución de estos tres dilemas ha sido a
costa de crear un dilema mayor entre lo que Santesmases llama la escuela
pública comprensiva (comprensiva con la diversidad, con los más
desfavorecidos…) y la escuela concertada selectiva (selección que ha
permitido, por ejemplo, invertir la clara tendencia de épocas anteriores a
que los alumnos de la pública obtuvieran mejores resultados que los de la
privada en Selectividad).

Todo esto ha ido generando sensaciones, comentadas en diversos medios y
foros, de frustración y cansancio entre los profesores, pero no nos
equivoquemos, porque como dicen los alumnos de la escuela de Barbiana
en Carta a una maestra, es el descontento lo que nos cansa, no las horas.
Creo que fue el músico Schumann el que un día preguntó: “¿Han oído
ustedes una música alegre?” La pregunta era, evidentemente, retórica
porque ya contenía la respuesta que él se aprestó a dar: “Yo no”. Yo, al
contrario que él, pienso que sí, que hay música alegre: la suya, a su pesar, a veces lo es. Creo que entre todos podemos aspirar en la enseñanza a formar
algo más que una orquesta de instrumentos desafinados. Estoy convencida
de que sin esa confianza básica no hay educación. En este sentido,
comparto las palabras de Savater cuando dice que “En cuanto educadores
no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Es que la enseñanza
presupone el optimismo tal y como la natación exige un medio líquido para
ejercitarse (…) Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la
capacidad innata de aprender cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias,
hechos…) que pueden ser sabidos y merecen serlo, en que los hombres
podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento”. (El valor
de educar)

Creo, y aquí empieza mi historia personal, que esta confianza básica en la
educación la tenía desde que hice la opción de ser profesora, pero sin duda
es una confianza que aumentó al experimentar el programa SAT al que
aludí al principio.

¿Las diferencias entre el antes y el después?, podía señalar muchas pero he
escogido tres: la conciencia, la aceptación y el amor. Paso a decir
brevemente algo de cómo vivo yo estas tres experiencias.:

a) Conciencia: Ser consciente de lo que yo soy, de la realidad tripartita
explicada por Claudio Naranjo, fue para mí fundamental porque esta
conciencia arrastró felizmente numerosas microconciencias: la de
mis necesidades, la de mis deseos, la de mis sensaciones y mis
emociones… en definitiva, la conciencia de mi humanidad y, sólo
después de verla en mí, pude reconocerla en todos aquellos con los
que me relaciono en el ejercicio de mi profesión: compañeros,
alumnos, padres… Creo que eso es lo que debe ver en mi clase una alumna cuando hace dos años me regaló un libro en el que puso con
letra conmovedoramente esforzada: “Esta clase es muy agradable.
Cuando estamos contigo, tu presencia y tu voz es muy especial para
nosotros”. O esta otra que, después de pedirme permiso, me escribió
en la agenda este mismo mes de junio, que yo era buena profesora
“no sólo por la materia que nos enseñas sino porque nos enseñas a
ser alguien en esta vida porque nos das lecciones que aunque no
creas nos ayudan muchísimo”.

Esta conciencia fue la primera en aparecer cronológicamente (lo digo en
relación a los otros elementos seleccionados, la aceptación y el amor).

El
mismo año que entré en contacto con la terapia Gestalt, aterricé de golpe en
un primero de ESO, pues hasta el momento dada mi especialidad de
filosofía había trabajado siempre en bachillerato. Aterrizar en el planeta
ESO -como le han llamado los autores de un libro – fue para mí una
conmoción, conocer la gestalt lo fue también en otro sentido. Quizás por
eso formaron un mismo eco en mi interior y, enseguida, me encontré
analizando mi experiencia docente con todo aquello que estaba
aprendiendo de la gestalt..

Había leído que igual que nuestra percepción necesita cerrar las figuras
que llegan incompletas a nuestros sentidos, de nuestra mente emana una
necesidad asimismo de completud, de cerrar lo abierto, de acabar lo
inacabado, de tener, en definitiva, experiencias completas, pero había leído
también que muy a menudo, las experiencias quedan abiertas, como
heridas, formando lo que en el lenguaje de la gestalt se conocen como
gestals inconclusas o “asuntos pendientes”.

El ciclo de la experiencia, según esta teoría está constituido por diferentes
momentos y cada momento puede quedar interrumpido por la acción de un
mecanismo de defensa. Cada interrupción supone un fracaso en el contacto
y, por tanto, crea un déficit en la comunicación.

No es mi propósito explicar aquí teoría, sólo quiero decir que empecé un
diario de experiencias interrumpidas en mi práctica docente y he aquí un
fragmento de este diario que entonces empecé. El primer paso del ciclo de
la experiencia es aquel que va del reposo a la sensación y este paso puede
quedar interrumpido por la represión de la misma sensación. Con este
mecanismo lo que hacemos es desensinbilizarnos y esto es lo que escribí:
“Las consecuencias de esta desinsibilización son importantes para aquel
que protagoniza esta derrota sin lucha alguna. ¿Pero qué pasa si aquello
frente a lo cual nos desensibilizamos no es un “aquello” sino un “aquél”?
¿Qué sucede si ese aquél tiene doce años y lo vemos cada día? Ese “aquél”
se llama Manuel, hace 1º de ESO y nunca he logrado que articulara una
frase completa. Un día me acerco a él, porque es imposible hacerme oír en
medio de unos que se insultan, de otro que saca un bocadillo para
mostrárselo con saña a Hasan, que está haciendo el Ramadán, etc. y
después de sortear esa carrera de obstáculos, llego por fin hasta Manuel y
cuando le pregunto algo, éste empieza a mover la cabeza de un lado a otro
dirigiendo su mirada quizás al cielo, quizás al aire, quizás al techo (¿quién
sabe hacia dónde mira Manuel?) y lo hace con la sonrisa del que llega de
muy lejos a un lugar ignoto e incomprensible. En este caso la desconocida
a la que sonríe soy yo, porque no nos engañemos, Manuel me ve de lejos
tres veces por semana durante una hora, un tiempo probablemente
insuficiente para que su cerebro registre una imagen coherente de mí.

Hoy, que he podido, por fin, acercarme a él contesta a mis preguntas con
sonidos que en el fondo salen de su boca sin articular y que yo intento unir
en un esfuerzo por encontrar una manera de entender el vaivén de su
mirada. Cuando estoy con él, Gabriel , otro compañero al que jamás logro
tener sentado más de dos minutos, ha visto que me he puesto al lado de
Manuel y viene hacia nosotros. Mientras yo intento construir un puente
entre Manuel y yo, Gabriel se dedica a poner bombas en la bóveda de ese
puente porque se coloca al otro lado y va diciéndole a Manuel que no me
haga caso, que no conteste a mis preguntas, que se vaya con él… Y como
veo que el vaivén de la cabeza de Manuel aumenta de velocidad, dividido,
como está, entre prestarme atención a mí -la gran desconocida- o prestar
atención al otro niño al que conoce más, aunque sea sólo a través de sus
constantes malos tratos, desisto de mi empeño, le digo que se tranquilice y
que ya hablaremos otro día… Pero le miento, le miento, su existencia en
aquel rincón de la clase me hace demasiado daño y a partir de ese día voy
a “reprimir” cualquier dato que proceda de él, con el resultado de que
durante varios días no veo” a Manuel , no “veo” que mira distraídamente el
chapotear de la lluvia en el patio mientras yo explico los pronombres, no
veo cuando recojo su libreta que ésta está casi vacía y que merece algo más
y algo distinto a aquel formal: “Tienes que esforzarte más, Manuel.
Firmado: Juana”. Tampoco veo que tiene doce años y que no sabe casi leer
ni escribir… y como yo no me entero de todo esto no voy a poder hacer
nada para ayudarlo. Y, quizás, pienso, Manuel está completamente solo
porque no sé si todos optamos por la misma “ceguera” frente a él. Quizás”.
Analicé muchas interrupciones del ciclo de la experiencia de este modo y
fue germinando en mí la convicción de que conocerme más a mí misma era
un camino para mejorar la calidad de mi presencia en las clases.

Jaume Carbonell, director de Cuadernos de Pedagogía, expone lo que él
considera el decálogo de la innovación educativa. El segundo mandamiento
de este decálogo dice: “El cambio educativo depende de lo que los
profesores hacen y dicen; resulta tan simple y tan complejo como esto”.
Pues bien de lo que hago, digo y, yo añado, siento yo me hice más
consciente con el SAT. Ser consciente de uno mismo es siempre interesante
pero lo es particularmente, en nuestra profesión cuando comprendemos
aquello que por evidente nos pasa a veces desapercibido y es que al enseñar
no transmitimos cosas o realidades sino que transmitimos significados, es
decir construcciones hechas por otros hombres, construcciones hechas por
nosotros mismos… y por eso es importante saber qué es uno y qué mapas
maneja para saber qué está transmitiendo. Ni somos máquinas ni nos
dirigimos a máquinas: lo queramos o no, en la escuela, con cada gesto, con
cada palabra, estamos contestando siempre a la misma y machacona
pregunta que gravita sobre cada una de las situaciones allí planteadas.
Dicha pregunta es ¿qué es eso de ser hombre?.

b) Aceptación: La aceptación es el segundo aspecto que he señalizado
como parte de mi aprendizaje en el SAT. De Claudio Naranjo he
aprendido a concebir y experimentar las situaciones y las relaciones
como un organismo vivo que tiende a la autorregulación. Fue un
me colocó, con extraordinaria
feliz hallazgo para mí porque
delicadeza, en brazos de la aceptación. Que acepte no quiere decir
que me resigne. En la resignación siempre hay algo de resentimiento
porque lo que estoy diciendo es: yo me resigno porque no tengo más
remedio, pero ¡ay! ¡cómo desearía que fueras o que las cosas fueran
de otro modo!… Aceptar en cambio es asentir sencillamente a lo que
hay.

Este tema de la aceptación implica a mi juicio elegir entre dos opciones:
“enseñar” o “educar”. El verbo enseñar proviene de otro que quería decir
“poner el sello”, educar, en cambio proviene de educare, “nutrir”, y
educere, “encaminar hacia”. Yo, personalmente, elegí hace tiempo nutrir y
encaminar hacia, porque advertí que lo otro, “querer poner el sello”, negar
la realidad tal y como es para adaptarla a mis deseos no sólo resultaba
estéril e ineficaz para los alumnos sino que también tenía un efecto
corrosivo sobre mi corazón.

Aceptar implica dar un espacio a las necesidades de los alumnos, que no
son exclusivamente las de adquirir conocimientos enciclopédicos. Yo lo
hago introduciendo pequeñas experiencias. Este año, por ejemplo, les
propuse un día que, voluntariamente, saliese uno y los otros, después de
estar mirándolo durante unos minutos en silencio, empezasen a levantar la
mano para decir tres cosas que les gustaban de la persona que había salido.
Os leo uno de los testimonios que recogí. Se trata de un chico muy tímido,
de 2º de ESO, al que le cuesta relacionarse con el resto de la clase:
“Espero que no te importe lo de las faltas de ortografía pero esto me sale de
un tirón y me saldrá más de una. Perdóname, porfa. Me he sentido muy
bien porque la gente te dice lo que piensa, así te vas más contento a casa,
con más alegría gracias a tus compañeros, que esas cosas no te las dicen
nunca pero cuando te las dicen, puedes hacerte más amigo del compañero
gracias al ejercicio. Por eso pienso que podríamos hacer más ejercicios de
este tipo, había personas que lloraban al decirle unas cosas tan bonitas y
eso va tan bien…”

La aceptación también afecta a nuestra concepción de la autoridad. Soy
consciente de abordar ahora un tema frente al que somos muy sensibles
los enseñantes. De hecho confieso haber tenido la tentación de eludirlo para
evitar la posible consecuencia de que se abra un debate en torno al mismo.
Espero, sencillamente, poder haceros llegar alguno de mis titubeos acerca
de él.

Plantea Philippe Meirieu en su libro Frankenstein educador una pregunta a
pedagogos y educadores: “¿Es posible abandonar toda veleidad de “hacer”
al otro y, si es que sí, no se cae entonces en la impotencia o el fatalismo?
Dicho de otro modo: ¿se puede ser educador sin ser un Frankenstein?”.
Voy a intentar contextualizar esta pregunta. Después de recordar aquella
sentencia de Kojève según la cual “el dominio es un callejón sin salida
existencial”, Meirieu plantea que, a veces, en la enseñanza nos colocamos
precisamente ahí, en ese callejón sin salida, y entonces el diálogo
imaginario podría ser, según Meirieu, éste, que serviría para cualquier
relación en la que está tan presente el tema del dominio que acalla
cualquier otro impulso o anhelo. Uno de los implicados diría:

“- Te quiero conforme a mis proyectos; te quiero para satisfacer mi deseo
de crear a alguien a mi imagen o a mi servicio; te quiero para que hagas
que me sienta importante, sabio, eficaz, “un buen padre” o un buen
enseñante; te quiero para estar seguro de mi poder.

A lo que el otro, inevitablemente, contestaría:

– Pero te condenas a ser sometido, y me condenas a serlo, porque no puedo
ser tú sin tomar tu puesto y destruirte; no puedo parecerme a ti sin
manifestar mi libertad y escapar a tu poder, no puedo cumplir lo que deseas
sin sentir la necesidad irresistible de romper mis cadenas y girar contra ti la
violencia que llevas en ti.”

Es un diálogo como dije imaginario, que cumple una función simbólica, la
de expresar el tema que a menudo se ventila en las aulas: el del poder. La
dinámica es perversa y compleja, no maniquea. Los roles se alternan, las
víctimas son los verdugos y los verdugos son las víctimas.

Cuando cuestiono el que el poder sea un tema tan importante en la
enseñanza, no estoy cuestionando la autoridad en nuestra tarea como
docentes, sino que me inclino más por la recuperación de la autoridad en su
significado más genuino que en latín tiene, entre otros significados, el de
“hacer crecer”. Sólo el cuidado y el amor hacen crecer. No quito valor o
necesidad a elementos como las medidas disciplinarias que son, a mi juicio,
indispensables en tanto que suponen la transmisión de una información
relevante en el proceso de socialización, como es la de la existencia de
unos límites. Pero de ningún modo podemos permitir que se conviertan en
figura de nuestras reuniones y debates y, a veces, eso ocurre en claustros y
reuniones de equipos docentes. Hablar en exceso de los problemas
contribuye a mantenerlos. Por eso deberían ser, en mi opinión, breves y
efectivas, las comunicaciones destinadas a tramitar este tema.
Será de este modo como la educación dejará de gestionar tanto el tema del
poder para ocuparse más de otro tema a mi juicio descuidado hasta ahora:
el tema del amor.

c) El amor: Claudio Naranjo dice en uno de sus libros que “la
verdadera crisis es una crisis de relaciones humanas, más bien la
crisis de un mal antiguo en las relaciones humanas, una incapacidad
de relaciones fraternales, de verdaderas relaciones amorosas, un mal
antiguo que ahora hace crisis porque se hace insostenible” (La
agonía del matriarcado). Lo que vivimos es pues una crisis de amor,
de ahí que él plantee el desarrollo de una “pedagogía del amor”.

Fromm recoge en su libro El arte de amar una definición de Marx a
propósito del amor, según la cual el amor, para que no nos haga
desdichados, tiene que ser un amor “productivo”, en el sentido que
logremos añadir a nuestra condición inicial de personas que amamos, la de
ser amados. Fromm pone ejemplos de cómo sucede esto en diferentes
ámbitos: en el ámbito de la terapia, por ejemplo, el amor se da cuando el
terapeuta empieza a sentir que es curado por su paciente, en el ámbito de la
educación esto se produce cuando el profesor aprende de sus alumnos y
esto sólo puede darse, como deduzco por mi propia experiencia, cuando las
personas implicadas se relacionan en su globalidad y combinan y
comprometen en la relación sus ideas, pero también sus sensaciones y
emociones.

Que el amor era importante ya lo supieron los griegos que parece,
efectivamente, que lo supieron milagrosamente casi todo. Cuentan en este
sentido que Aristóteles recibió el encargo de una familia muy rica de
Atenas de que instruyera a su joven hijo. Él aceptó el encargo, pero al
tercer día envió al joven a su casa con un recado para sus padres: “Diles a
tus padres que yo no puedo enseñarte nada”. Extrañados los padres, cuando
recibieron el mensaje fueron a preguntarle a Aristóteles por el motivo de
tan drástica determinación y Aristóteles les contestó: “Es que vuestro hijo
no me ama”.

Amar y ser amados parece que sea una buena base para el ejercicio de
nuestra actividad, pero estoy convencida de que sólo se puede dar lo que se
tiene. Por este motivo, para el desarrollo de esa pedagogía del amor, es
necesaria una formación integrativa del profesorado que nos permita una
mayor y mejor conexión entre su propia dimensión intelectual, sensitiva y
emocional.

Quizás estas ideas suenen extrañas a una parte de la comunidad educativa
pero comparto plenamente la creencia de Claudio Naranjo de que “para que
renazca el espíritu es necesario hablar otros idiomas, es necesario despertar
a la sed, dejar de sentirse que se está lleno” y en estos momentos parece
que, para nosotros, los enseñantes, “despertarse a la sed”, consiste,
precisamente, en mirar hacia direcciones diferentes a las habituales… y sólo
así la educación se convertirá en un acto simple y primario de mamar,
mamar, como decía Shakespeare, la leche de la ternura humana.

Otro artículo de esta misma autora:

http://educarueca.org/spip.php?article433

EL EFECTO PIGMALION

¿INFLUYEN LAS EXPECTATIVAS DE LOS PADRES SOBRE LOS HIJOS?

AUTOR: Pepe López

Cuenta una leyenda mitológica griega que el rey Pigmalión esculpió una estatua con la figura ideal de la mujer. A Pigmalión le gustó tanto su obra que quiso que se convirtiera en un ser real. El deseo fue muy fuerte e hizo todo lo que pudo para conseguirlo. Pidió ayuda a Venus Afrodita, la diosa del amor, la cual colaboró en que su sueño se hiciera realidad. Así nació Galatea, su mujer ideal.

Cuando alguien anticipa un hecho, existen muchas probabilidades de que se cumpla. A este fenómeno en Psicología Social se le llama: “realización automática de las predicciones”; también se le conoce como “El Efecto Pigmalión, o la profecía que se cumple a sí misma”.

Existen muchos estudios de pedagogos y psicólogos que confirman este hecho, entre ellos el de Rosenthal. Éste dio a los profesores de una escuela una relación de alumnos y les dijo que tenían una capacidad superior, sin embargo, todos habían sido elegidos al azar. Este grupo realizó más avance intelectual que el resto. El profesorado esperaba mejores resultados y los tuvieron, con lo que la profecía estaba cumplida.

“El Efecto Pigmalión” requiere de tres aspectos: creer firmemente en un hecho, tener la expectativa de que se va a cumplir y acompañar con mensajes que animen su consecución.

Este fenómeno se da cuando hay relaciones de dependencia entre las personas: padres e hijos, profesores y alumnos… El porqué sucede, estaría relacionado con una energía sutil que las personas somos capaces de enviar a otras; también interviene la que pone en marcha el chico para adaptarse a lo que se espera de él y, así sentirse tenido en cuenta, positiva o negativamente.

Conviene revisar nuestras expectativas, pues, a veces, actuamos de forma contradictoria. Por ejemplo, le decimos al hijo que estudie, pero creemos que no lo hará, dado que lo hemos intentado muchas veces. Ese proceso ha estado salpicado con frases del estilo: “Así no aprobarás; no haces más que ver la televisión”. Sin darnos cuenta, estamos colaborando en que el hijo cumpla lo que pensamos.

Lo que los padres y las madres esperamos de los niños y niñas tiende a cumplirse. Por tanto, necesitamos tener expectativas constructivas que les permitan sacar lo más brillante de ellos mismos y desechar las negativas, pues les llevan a la degradación y a la merma personal.

FUENTE: http://www.craaltaribagorza.net

Nota de EducaRueca: El efecto pigmalión en la Escuela es un libro que creemos está agotado (autores: R. Rosenthal y L. Jacobson _ Ed. Marova) aunque podemos intuir su importancia.